| Pasquin. |
Marfodio, tuto vegno spaventato
e non so si en le spalle sto ferito. |
| Marfodio. |
¿Del traditor Paschin forse ay fugito? |
| Pasquin. |
Non, ma di buona voglia ritirato. |
| Marfodio. |
¿Quanti inimici nostri ay ammazzato? |
| Pasquin. |
Ni un con mano armata, ben coldito,
perche quel Mondo va tuto smarrito
per le prodese che con luy e fato. |
| Marfodio. |
Non dico questo, ferma per Dio il passo,
che anchora par che di paura fugi
e di me perche voltasti il fianco. |
| Pasquin. |
Diro il vero fugir mi fe yl fracazo
li tiri, le bombarde li archibugi
ma sopra tute cose un moro bianco.
|
P or muchos años el libro de Relaciones, memoriales y cartas de Rafael Peregrino, escrito con suma habilidad por el Secretario de Estado que fué de Felipe II para vindicarse de las acusaciones de los tribunales y darse por víctima paciente de injustas persecuciones, ejemplo lastimoso de la crueldad del sino, ha servido al juicio de su persona, andando de mano en mano impreso en todas las lenguas y en multiplicadas ediciones, no por apología hecha de puño propio, parafraseada y puesta en la trompeta de la fama por el autor mismo, antes por Retrato al vivo del natural de la fortuna de Antonio Pérez, como título que aplicó más tarde al libro, ya que pasaba sin objeción ni respuesta.
Siglos adelante vino á dársela, hasta cierto punto, el Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro. Persuadido de que en las Relaciones «la verdad se halla frecuentemente alterada, el sentido histórico camina forzado á un fin, y son, más bien que narración imparcial, alegato jurídico en propia defensa,» acometió el estudio del personaje acopiando materiales de la época que le dió notoriedad desdichada, y bosquejó otro retrato[45] en que, si por algo asoma la pasión humana, se ve influída de la conmiseración que no dejan nunca de despertar en almas generosas los grandes infortunios.
Con ser mucho el mérito del cuadro, tiene aún algún otro defecto, notado, dicho sea en verdad, donde la facilidad de comunicaciones consentía la disposición de elementos que no estaban al alcance del primer investigador. El Sr. Bermúdez de Castro no sabía que ya desde el siglo anterior circulaban en Inglaterra importantes documentos de la historia de Antonio Pérez; las cartas confidenciales que había dirigido al Conde de Essex, conservadas entre los papeles reservados de Antonio Bacon[46]. No pudo tampoco haber á las manos la correspondencia oficial de los embajadores de España en Francia, sustraída del Archivo de Simancas; y como hallara en la marcha de los sucesos lagunas infranqueables, buscó en el criterio vehículo con que pasarlas; recurso criticado por M. Mignet, al advertir que los pormenores, á su parecer de pura invención, amenguan el valor y la autoridad de tan buen trabajo.
No son, sin embargo, de fantasía todos esos pormenores: bastantes de ellos se encuentran, en una ú otra forma, en las cartas familiares de Antonio Pérez, dando ocasión, cuando más, á la conjetura de haberles prestado fe por familiares, el mismo que desconfiaba de la veracidad de las Relaciones. Es fácil la comprobación, ya que la Colección de las Cartas, por rara, fué incluída en el Epistolario español que ordenó D. Eugenio de Ochoa[47].
El citado Académico francés M. Mignet, teniendo por base el estudio de Bermúdez de Castro, dispuso además del contingente de papeles conservados en los Archivos de París, que son muchos, contándose los referidos que pertenecieron al de Simancas y los de la Colección importante llamada de Llorente, llevados á Francia por el autor de la Historia crítica de la Inquisición, secretario que fué del Supremo Tribunal de la misma. Tuvo igualmente á su disposición la correspondencia encontrada en Flandes por el hispanófilo M. Gachard, y, por último, el registro del State paper office de Londres; valiosos recursos en manos de quien sabía utilizarlos con maestría.
El nuevo libro que dió á la estampa, tres años después que el de Bermúdez de Castro[48], es aceptado por la crítica cual retrato verdadero. Ha de ser permitido pensar, no obstante, que pudiera ser más acabada la pintura. Sea porque los artistas se satisfacen más de las obras á grandes rasgos; sea porque también en el ánimo del historiador extranjero vibró la cuerda simpática de la piedad, parando mientes en la inmensa desventura del expatriado, las sombras de la figura que presenta están desvanecidas ó atenuadas. Es Antonio Pérez sin género de duda; es, en conjunto, el privado de Felipe II, tal cual debe de estar en la historia universal: no es todavía el de la historia de España, más severa en el juicio, más obligada á discernir los motivos en que lo sustente.
Con posterioridad al libro de M. Mignet se han hecho en nuestro país investigaciones que van aportando más y más claridad á los sucesos del reinado de Felipe II (como á los otros), á medida que se desarrollan las colecciones de documentos inéditos. En no pocos de los que han servido á los estudios especiales; en el de La Princesa de Eboli, de D. Gaspar Muro, por ejemplo, hay piezas indispensables á la biografía ó historia definitiva de Antonio Pérez.
Algunas más, conocidas y aprovechadas por M. Mignet, mencionadas igualmente por el P. Le Long en la Bibliothèque historique de la France, dió á luz M. A. Morel Fatio al formar, con otros manuscritos interesantes de la Biblioteca Nacional de París, el tomo que tituló España en los siglos xvi y xvii[49]. Los relativos á Antonio Pérez son 57 cartas: las siete incluídas en la serie dada á la prensa en vida de su autor, aunque limadas y compuestas con aquel cuidado que el ex-secretario de D. Felipe ponía en lo que había de andar á vista de todos; las 50 íntimas, en casi totalidad dirigidas al Condestable de Francia, Duque de Montmorenci, ó á su secretario. La circunstancia de estar todas éstas juntas en un volumen, encabezadas por cédula que el Rey Felipe II envió al Condestable anterior, ofrece presunción de haber sido sacadas del Archivo particular de la casa, al formar Béthune la Colección de documentos relativos al reinado de Enrique IV, en la que tiene el volumen el número 3.652.
M. Morel Fatio ha compuesto con ellas capítulo de su libro[50], emitiendo el juicio que de Antonio Pérez su autor tenía formado, sin que lo modifique la penosa impresión de las declaraciones que hace. «Las peticiones de favor y dinero al Rey; las protestas de adhesión dictadas por el hambre; las adulaciones bien pensadas en objeto y precio, no inspiran, dice, más que conmiseración. Si no puede estimarse del mismo modo la práctica de sacar partido de los secretos de Estado, no por ello debe juzgársele con demasiada severidad, porque el sentimiento harto complejo que definimos por la palabra patriotismo, no había nacido en el siglo XVI. No solamente el suelo, la raza, la nacionalidad, el medio, no representaban en aquella época lo que hoy representan, sino que el afecto á la patria se confundía entonces y aun se resumía en muchos conceptos, en el de la persona del soberano. El proceder de Felipe II no era de naturaleza para fortificar en su Ministro ese patriotismo personal. Perseguido en tierra extranjera, Pérez se consideraba desligado del juramento de fidelidad. Socorrido y protegido por Enrique IV, se creía obligado, como en efecto lo estaba, á conducirse como verdadero vasallo de éste, aun cuando las circunstancias del compromiso que le ligaba al Rey de Francia tuvieran la consecuencia de ir directamente contra los intereses de su antigua patria. Se cometería, pues, un anacronismo calificando de traición la conducta política de Pérez después de su salida de España. Permitido es lamentar que hombre de tan notable inteligencia se viera llevado por la fuerza de los acaecimientos á emplearla en beneficio de los enemigos de su país; mas no hay razón con que condenarle en absoluto, porque no tenía conciencia de los deberes que ni comprendían ni practicaban sus contemporáneos[51].»
El contemporáneo Gregorio Letti hizo estudio especial del patriotismo en España[52], que no abona semejantes consideraciones, sugeridas, bien se ve, por el mismo espíritu de compasiva benevolencia que blandeaba en Bermúdez de Castro y en M. Mignet la dureza del sentimiento de justicia, á favor del atractivo que mantienen los escritos de aquel maestro en las artes de la seducción y del artificio; acaso también por influencia inadvertida de ideas en paralelo.
Contemporáneos de Antonio Pérez impuestos en sus más secretos manejos, familiarizados con su conversación y confidencia, enemigos declarados de España y de su Rey, le juzgaron de otro modo. ¿Daremos crédito, con preferencia á las declaraciones de los antiguos, á la crítica más ilustrada de los modernos, ó habrá todavía que dejar la decisión á tribunal de Más Señores?
La prudencia no es opuesta á revista de autos; no vagará, no, la exposición más completa, eslabonando por antecedentes las cartas de la Colección Béthune (copiadas nuevamente de los originales con su misma puntuación y ortografía), con las de la Colección Birch[53]; agregando tal cual papel inédito; citando de los conocidos los precisos al esclarecimiento tan sólo de lo que hizo Antonio Pérez fuera de España.
Manos á la obra.
Vencida la insurrección de Aragón, andaba oculto por la frontera de Francia Antonio Pérez, «como perro de fidelidad natural, que apaleado y mal tratado de su señor ó de los de su casa, no sabe apartarse de sus paredes[54].» Esperaba todavía que abriera Dios los ojos del entendimiento á quien podía remediar su situación; pero en tanto se aproximaban al último retiro de Sallent los soldados del ejército real, que se tendrían por afortunados poniéndole la mano encima.
Decidido á franquear los Pirineos por recurso único de salvación, despachó á su amigo Gil de Mesa con carta fechada á 18 de noviembre de 1591, en que pedía asilo y protección á Catalina de Borbón, hermana de Enrique IV, en términos discretamente dirigidos á mover juntamente la piedad y el interés de la Princesa de Bearn[55], y á medida de los deseos y las necesidades del momento, respondió la política tanto como la compasión á la demanda[56], brindándole acogida en Pau.
Allí se fraguó inmediatamente el intento de una invasión francesa que atizara la llama de la guerra de Aragón, yendo á vanguardia Gil de Mesa, Manuel Don Lope, los otros amigos y compañeros del emigrado, ya que él de su persona no fuera de ayuda, por ser hombre delicado[57], ó más propiamente dicho, por no ser hombre de armas tomar. La empresa fracasó, volviendo á pasar los montes, desbaratados y corridos, los invasores, con desencanto primero del instigador, consentido días antes hasta el punto de responder con altivez y amenazar[58] á las insinuaciones oficiosas de someterse á la autoridad de aquel amo de que se decía perro fiel, apaleado.
Pensó M. Mignet que desconcertado el Rey Felipe II en la venganza con la huída de Pérez; temeroso del mal que con la revelación de los secretos de Estado fuera capaz de hacerle, procuró volviera á España con engaño, fin de las referidas indicaciones; y ya que no lo consiguiera, intentó matarlo, ganando á las personas menos sospechosas á su natural suspicacia, como eran el genovés Mayorini, compañero de evasión, y el aragonés Gaspar Burces, también fugitivo[59]. El literato francés se fundaba en el dicho del mismo Pérez[60] y en algún precedente de ofertas hechas para su captura cuando estuvo en Sallent[61], no recordando, sin duda, otros de más importancia.
Sentenciado en rebeldía Antonio Pérez, el Capitán general de Aragón, D. Alonso de Vargas, dió pregón en Zaragoza ofreciendo 6.000 ducados por su persona, según uso jurídico que hoy todavía practica la culta Inglaterra. La suma era más que suficiente para despertar la codicia de aquéllos que en cualquier época y ocasión, desde la de Judas, hallan buena la ganancia en mercadería de sangre ajena. Tal creyó Bermúdez de Castro[62], y de creer es que Gaspar Burces, como cualquiera otro de los que amagaron á la vida del prófugo, obedecían al interés del lucro combinado con el de hacerse perdonar delitos propios, mientras que la credulidad resiste cuentos como el de la hermosaza, galanaza, gentilaza, muy dama, que, perdida de amor, vino á confesar á Pérez la celada que le tendían[63], ó los más cautelosos en que atribuye el interesado á D. Juan de Idiáquez y al Rey los intentos de borrarle de la lista de los vivos, por mayor realce de aquellos relatos de persecución nunca vista, de infortunios sin igual en monstruo de la fortuna, que le servían de pasaporte y bordón de peregrino. El papel de avisos enviados al Rey, que ahora sale á luz por vez primera[64], servirá de esclarecimiento.
De todos modos, temeroso de asechanzas, en el Bearn, Antonio Pérez[65], nada tenía que hacer. Su actividad, su espíritu intrigante, su ambición, y sobre todo el odio en que los otros estímulos se alimentaban, necesitaba teatro de acción[66], y el examen de la política europea le indicaba propicio á la satisfacción de la venganza el de Inglaterra. Tomó, pues, desde luego el plan de ensayarlo[67], no sin aprovechar el tránsito por Francia, porque el monarca Enrique IV, aunque de momento tuviera harto que hacer con la Liga, tanto como Isabel de Inglaterra era adversario tenaz de la política y del poder de Felipe II.
Preparado el terreno por medio de carta fechada en Pau el 9 de diciembre de 1591 y relación de los inconmensurables infortunios[68], acompañando á la Princesa Catalina fué á encontrar al Rey en Tours, logrando largas entrevistas, auxilio pecuniario y la aquiescencia de los proyectos que iba madurando, por objetivo de intento. Enrique IV comprendió al punto la utilidad que le reportarían gestiones encaminadas á dar unidad é impulso á cualquier empresa contra España; recibiéndole, pues, desde luego á su servicio, como maestro de lengua española[69], tomó á cargo el viático hasta Londres, haciéndole acompañar por el Sr. Vidasme de Chartres, portador de carta autógrafa en que hacía á la Reina Isabel recomendación expresiva en punto á lo que podía prometerse de las revelaciones del ex-Ministro, utilizadas las cuales en lo que conviniera á sus intereses, pedía le despachara para emplearlo él con utilidad de las dos coronas[70].
Pérez, independientemente, había despachado por sí al precursor ó heraldo de siempre, Gil de Mesa, con otra carta á la Reina Isabel, repetición de los doloridos ayes de la persecución y la desventura, petición de amparo y deseo encarecido de servirla[71].
La primera noticia de la estancia en Inglaterra es la que da Bacon, de haberle visitado el Conde de Essex en Simbury; de allí se trasladó á Londres, alojándose en el palacio del mismo Conde, mientras se buscaba la habitación que ocupó luego en casa del Maestrescuela de San Pablo[72].
Poco tiempo necesitó la penetración del ex-Secretario de Estado para darse cuenta exacta de la política del reino, oyendo á uno de los que más la influían. El Conde de Essex, joven, impetuoso, popular, favorito de la Reina Isabel, en asuntos de gobierno tenía balanceada la influencia por la circunspección de los Consejos del lord Tesorero Cecil, barón de Burghley, antiguo y experimentado Ministro. Mientras el primero, deseoso de fama, procuraba el principio de una campaña ofensiva contra Felipe II, en estrecha unión con Francia, Cecil quería medir la asistencia que se diera á Enrique IV, por las ventajas positivas que produjera á cambio; y como precisamente por entonces, casi vencida la Liga, había abjurado el Príncipe de Bearne, aspirando á concluir con la conquista de la opinión lo que no había logrado del todo con las conquistas de las armas, Burghley pensaba no haber razón que aconsejara otros procedimientos que los apropiados á entretener la guerra en Francia y en los Países Bajos, alejándola de Inglaterra.
La Reina se inclinaba decididamente á la política del Ministro, así por la confianza que le merecía su saber, por tanto tiempo acreditado, como por responder de momento á las condiciones de prudencia, circunspección y economía de carácter propio. Antonio Pérez no tenía, pues, que vacilar: el interés de Enrique IV, á quien ya servía; el que el rencor le hacía mirar como personal suyo, estaban al lado del Conde ambicioso y decidido.
Puesto el empeño en granjearse la amistad y el concepto del magnate, por aquellos resortes flacos del corazón humano, fué dando interés á las entrevistas frecuentes y largas que á solas tuvieron en el palacio de Walsingham[73], hasta desarrollar por completo el plan que, hiriendo de muerte al Monarca católico, procuraría al caudillo británico gloria inmarcesible y cuantiosa riqueza[74].
Felipe II no había querido entender nunca que «el Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra;» tenía en abandono y sin defensa los puertos; flacas y necesitadas de todo las armadas, incapaces por el número de cubrir el vasto imperio de las Indias Orientales y Occidentales, y de asegurar la venida de los tesoros en que consistía el secreto de su poder. El día que los tesoros faltaran, faltaría necesariamente el nervio de la guerra: á impedir la llegada, apoderándose de ellos, había de dirigirse, por consiguiente, el cálculo del enemigo inteligente y activo, sin perjuicio de cualquier diversión preparatoria de un golpe bien dirigido á la reputación del poderío. Tanto más sensible y ruidoso sería este golpe, cuanto se aproximara más al centro de los estados del Rey; cuando se diera en una de las ciudades de la Península española, y la de Cádiz entre todas ofrecía probabilidad; seguridad, podía decir, de éxito cumplido.
Ni Pérez carecía de elocuencia con que hacer de este discurso semilla fructífera, ni le faltaban en toda especie datos estadísticos con que mostrar la perspectiva de la cosecha. El Conde le fué escuchando con agrado; acabó por aceptar completamente las ideas, estimándole oráculo en negocios de España[75], y á seguida las insinuó en la corte, manteniéndolas frente á la oposición de Burghley á empresas de aventura.
Con no ser nada escrupulosa la Reina Isabel, sentía repulsión por un hombre que de tal manera se servía de los secretos de su amo: no había sido bastante la carta autógrafa de Enrique IV para acordarle audiencia, ni se la había dado el Lord tesorero, teniéndolo desde un principio, naturalmente, por enemigo político y antipático agente, bien que no desconocía ser muy capaz para su intento[76]. La insistencia del favorito Conde alcanzó, no obstante, que franqueara Pérez las puertas del palacio real, favor seguido de pensión anual de 130 libras[77], dejando al tacto y la imaginación del insinuante emigrado mostrar su reconocimiento y hacerse agradable á Isabel con la relación de aventuras galantes y cuentos de la corte de España[78].
Así referidos en los documentos del archivo de Bacon los primeros pasos de Antonio Pérez en Londres, debe rectificarse la relación que de los mismos hizo Bermúdez de Castro. Por principio consigna este escritor que Pérez se negó en París á admitir la pensión que le ofrecía Enrique IV; que pasando á Londres rehusó igualmente, sin vacilar, la que la Reina deseaba asignarle al dispensar señalado y obsequioso recibimiento á su persona, asegurando que, aunque dispuesto á servir á tan generosa protectora, conservaba esperanzas de arreglar en España sus negocios, y no quería recayera en sus hijos la pena señalada por las leyes á los pensionados de Reyes extranjeros sin licencia del propio.
Antonio Pérez ocultó por conveniencia la verdad del caso; al Rey de Francia escribió «que le engañaban los que decían que gozaba pensión ni socorro de un franco de Rey ni Reina desde que salió de España, sino del pan que había comido de S. M. y de Madama su hermana. En el tiempo de Inglaterra, de la liberalidad del Conde de Essex había vivido[79].» Bermúdez de Castro lo creyó al pie de la letra, pues añade que, en vista de sus razones, mandó Isabel al Conde de Essex que le alojase en su ostentoso palacio, donde gozó de los placeres del favor y la opulencia.
Gustaba Isabel (sigue diciendo) de escuchar anécdotas de la corte, singularmente las de amores de Felipe II. El encanto particular de la conversación del Ministro, los hábitos y pláticas, con el distintivo de la elegancia, prestaban nuevo aliciente de curiosidad á los secretos que poseía.[80]
Un tanto amengua luego tan brillante situación, contando cómo las damas de Isabel le motejaban de traidor á su patria y á su señor con manifestaciones de desagrado que hubieron de obligar á la Reina á sincerarse de la acogida que tenía en palacio. «Mylores, dijo en presencia de sus cortesanos; no os maravilléis de que honre á este traidor español, porque guardo mucha obligación al Sr. Gonzalo Pérez, su padre[81];» y obligada debía de estar, en efecto, al Secretario de D. Felipe por las mortificaciones de que le libró reinando su hermana María, esposa del Príncipe de España.
Fuera de la corte no merecía mejor concepto Antonio Pérez. Si los allegados al Conde de Essex seguían naturalmente el ejemplo del magnate, los agasajos de uno de ellos, de Francisco Bacón, que le recibía á mesa y mantel en Twickenham-Park, dieron origen á un testimonio irrecusable. Lady Bacon escribía á su hijo Antonio estas frases:
«Lástima tengo de vuestro hermano, viendo que le acompaña en casa y en el coche ese Pérez, sanguinario, vanidoso, profano, dilapidador[82]. Temo que semejante compañía desvíe la bendición del Señor Dios... Un miserable como él[83] no puede llevar otra mira que vivir á expensas de Francisco[84].»
Mas nada de esto quitaba al emigrado la satisfacción de ver en vías de hecho los vengativos proyectos dirigidos contra la patria, ya que no de otro modo pudiera alcanzar al objeto de la ira que le cegaba. En Walter Raleigh, en Drake, en Hawkins, en todos aquellos corsarios ansiosos de botín, tenía que hallar fáciles auxiliares; en el Conde de Essex estaba asegurado el impulso[85]. Todavía tentaba la fidelidad de los prisioneros españoles para que sirvieran de guías á las expediciones[86], y desdichado el que, desechando las insinuaciones, caía por su cuenta. Por semejante falta había conseguido que le entregaran á un sargento de los de la Invencible, y teníalo en su casa sometido al más bárbaro tratamiento sólo por el placer diabólico de descargar en un español su encono.[87]
Sin perjuicio de las gestiones activas, escribió por entonces las Relaciones, bajo el nombre de Rafael Peregrino, no por ocultar el suyo, transparente en las aventuras: por procurarle atractivo mayor en la curiosidad de las gentes. «El libro estaba formado con habilidad y soltura; es el estilo pesado para nosotros por la afectación continua de que se reviste y los giros que le adornan; pero en su tiempo era un modelo: la incesante digresión que rompe el hilo de las narraciones; las sentencias que, como Tácito, derrama la obra; la abundancia de conceptos y dulzura de las imágenes, encantaron á los hombres ilustrados[88].» «Dispuesta con arte magistral la exposición de aventuras, cautivando la benevolencia y la conmiseración en favor de su persona, hacía más odiosa la de su ingrato é implacable perseguidor[89].»
Tradujo el libro al latín un español llamado Ciprián[90]; se tradujo también al holandés[91], como arma política que avivara el sentimiento de insurrección en las Provincias Unidas[92], destinando al mismo objeto en Aragón otro libro titulado Un pedazo de historia de lo sucedido en Saragosa de Aragón á 24 de septiembre de 1591. Ambos fueron amparados por el Conde de Essex, y probablemente á su costa impresos, aunque la voz pública admitiera por editora á la Reina[93].
Las cartas de remisión con dedicatoria que envió Antonio Pérez á los principales personajes de Inglaterra, Burghley, Lord Southampton, Lord Montjoy, Lord Harris, Sir Robert Sidney, Sir Henry Unton, al mismo Conde de Essex[94], dicen lo satisfecho que había quedado de sus obras, y desautorizan otro de los conceptos de Bermúdez de Castro que debe rectificarse.
Consigna nuestro crítico que desde la llegada á Inglaterra usó Pérez para cerrar las cartas un anillo romano, en cuya piedra estaba labrada una virgen vestal con la lámpara encendida sobre la cabeza, y la inscripción Dum Caste, luceam, queriendo manifestar de alegórico modo, que sólo la reserva, la humildad y la modestia podrían libertar de naufragio á los que, peregrinos como él, vagaban por tierras extrañas[95]. La declaración es de Pérez mismo[96], y tan incierta como las más que hacía.
Las cartas originales existentes en la Biblioteca Nacional de París, cuyas copias acompañan á la presente exposición, conservan el sello de lacre en que distintamente se ve el laberinto cerrado y el Minotauro con el dedo en la boca; emblemas que los señores ingleses atribuyeron al orgullo y el peligro de sus funestos amores; simbolismo apropiado á quien hacía del misterio condición utilitaria.
Á juicio de M. Mignet recreció la saña de Felipe II la aparición del libro de las Relaciones, que por toda Europa denunciaba sus perfidias y crueldades. El vengativo Monarca trató otra vez de deshacerse del autor por medio de dos irlandeses pagados por el Conde de Fuentes para matarle: les fueron ocupadas en Londres las cartas acusadoras, y confesado el intento, sufrieron la última pena[97]. El Rey de España fracasó igualmente en el empeño de despertar contra el proscripto los recelos de la corte de Inglaterra[98].
El propósito de asesinato hizo realmente mucho ruido por entonces en Londres: varios historiadores, Birch, el mismo Pérez, lo consignan; pero es asunto, lo mismo que el de otros intentos contra la vida de Isabel, que dista mucho de la claridad y de las pruebas que harían falta á una afirmación cual la hizo M. Mignet. Á los irlandeses se les ocuparon papeles escritos en cifra en que únicamente aparecía evidente el nombre de Antonio Pérez: lo que decían no llegó á saberse; las declaraciones de los presos fueron contradictorias, si bien en el tormento acabaron por confesar haber sido despachados por el Conde de Fuentes con el fin de dar muerte al refugiado[99].
La segunda inculpación á Felipe II se apoya en basamento más flaco todavía: en una carta escrita por el interesado al Conde de Essex[100], y M. Mignet no paró mientes en que de palabra y por escrito repitió más adelante en Francia que en la tierra de Egipto (que así nombraba ya á su patria) los Faraones maquinaban sin cesar contra su crédito; con lo que se viene á descubrir ser táctica practicada, así para disimulación del doble juego de sus acciones, como al propósito de mantener en boga la idea «de los peligros y rugidos con que le cercaba la persecución[101].»
Así y todo, vivía en Inglaterra lo bastante bien para sentir que los riesgos por aquella parte se acabaran. Llamado por Enrique IV el mismo año de 1593, buscó en el mal estado de la salud, por causa de las penas y los trabajos, excusa de demora[102]; dejó á favor de otros pretextos que transcurriera todo el año de 1594, oponiendo, á nuevos mandatos comunicados por el Embajador de Francia[103], protestas de adhesión, por la que había de ser el Rey Enrique último de sus amores, pensando descansar y morir á su lado[104], causas ó incidentes que fueron entreteniendo el tiempo[105], y motivaron la embajada del Sr. Gil de Mesa, encargado en ocasiones semejantes de decir de viva voz lo que no era bueno quedara escrito[106]. Sólo cuando Enrique, declarada la guerra á España, le escribió directamente con fecha 30 de abril, manifestando el deseo de hablar de asuntos de importancia, á cuyo fin rogaba á la Reina le consintiera hacer el viaje y al Conde de Essex que lo facilitara[107], se resignó á emprender la marcha declarando, y esta vez por escrito, al Conde, que separarse de él era tanto como morir, porque á su lado vivía[108].
Otra carta por demás curiosa, enviada por aquel entonces á Bacon por M. Standen[109], da á conocer las impresiones de despedida. Estando comiendo, dice, con mylady Rich[110], el Sr. Pérez y Sir Nicolás Clyfford, entró Sir Robert Sidney, determinando la asamblea que el siguiente día fuera el Sr. Pérez con el Conde á la corte, y que después se reuniera la compañía á comer en casa de Walsingham. También quedó resuelto que no marcharía el señor Pérez, porque el Conde había conseguido para su persona el mismo oficio que tienen los eunucos en Turquía.
Sentía el Peregrino salir de Londres, á juicio de Bermúdez de Castro, porque allí pasaba la vida lejos de los negocios, sin tentaciones para su lealtad, y eso no había de sucederle en París, centro de intrigas anti-españolas[111]. ¡Juicio bondadoso! Sentía salir de Londres precisamente por ser el centro de maquinaciones anti-españolas que en Francia no había medio de igualar, y salía por la voluntad decidida del Conde de Essex de que allá le sirviera de instrumento, según le había servido hasta entonces. Tres cartas de recomendación le precedían, pidiendo el magnate inglés al Duque de Bouillon, á M. de Sancy y á M. Beavois le Noele, Embajador que había sido de Francia en Londres, que le ampararan y favorecieran. «Pues el Rey le ha llamado, escribía, es cuestión de honra de S. M. que quede satisfecho del recibimiento que se le haga; que no sólo se cuide de ponerle á cubierto de las asechanzas del enemigo, sino que encuentre apoyo en el arreglo de sus negocios; situación correspondiente á sus cualidades y méritos; empleo donde ejercite las facultades de hombre especulativo y su gran habilidad en la política. Sin estos cuidados harían su condición peor que la que disfrutaba en Inglaterra, y deberían devolverlo á esta nación, que no quería considerarle perdido para ella[112].»
Por efecto de mayor solicitud, si cabe, puso el Conde de Essex al lado del proscripto, en clase de criado, ó más bien de secretario, á un joven dependiente de la casa de Bacon, llamado Godfrey Aleyn, en razón á que Antonio Pérez no conocía los idiomas inglés ni francés; y si bien se hacía entender en castellano, lengua que por entonces poseía toda persona bien educada en ambos reinos, acudiendo á la latina en casos necesarios, era bueno tuviera á mano persona ejercitada en la escritura usual. Godfrey tenía instrucción privada de comunicar todo cuanto ocurriera á su nuevo amo: tal era la verdadera misión, á cuyo cumplimiento se deben las noticias que irán apareciendo.
Antonio Pérez se despidió de la Reina, dejando en su mano un memorial dictado en los términos conceptuosos de su estilo ordinario, y puesto en francés por mano propia de Bacon[113]. Pedía en el documento que no confiara á nadie su cifra y correspondencia secreta, haciendo en cambio la promesa incalificable, que teniendo entendido iba á ser huésped del Secretario de Estado, Villeroy, procuraría sacar partido de la circunstancia en provecho del servicio de S. M.
Isabel no dejó de fijar la atención en una oferta que transparentaba del todo la moral del que la hacía[114].
También hizo Pérez memorial de despedida, escrito en latín, al Conde de Essex, recomendándole no demorase la expedición convenida contra Cádiz[115].
Las cartas de Godfrey Aleyn á Bacon empezaron desde el momento de la partida de Inglaterra á narrar los sucesos. La primera, con fecha 2 de agosto de 1595, avisaba la llegada á Dieppe, cuyo gobernador recibió á Pérez con grandes atenciones.
Bermúdez de Castro confundió al funcionario con el Duque de Chartres: era el Comendador de Chaste, vencido en la isla Tercera por D. Alvaro de Bazán, que por entonces andaba en proyectos de expedición corsaria, por su cuenta, á las Indias[116]; así podían serle de mucha utilidad la presencia y las noticias del viajero; mas éste se aburría en una ciudad en que apenas pudo saber algo de Flandes que comunicar á su buen amigo al otro lado del Canal, y queriendo trasladarse á Ruan (Rouen), le acompañó por el camino el referido gobernador, llevando escolta de 50 caballos[117].
Halló en el Duque de Montpensier, que regía la plaza, acogida no menos grata que en Dieppe; el Príncipe le salió al encuentro con 100 caballos; le sentó á su mesa, procurando hacerle agradable la estancia, como el Rey se lo mandaba, y confirmando las palabras tuvo Pérez carta datada en Lyon á 26 de agosto en que el mismo Rey le daba bienvenida.
«Como pienso ponerme en camino, decía, no quiero tengáis la molestia de pasar adelante, sino que me esperéis en Rouen. Hoy mismo escribo á mi primo el Duque de Montpensier que os dispense las consideraciones merecidas por vuestras virtudes, que yo siempre os he de dispensar. Sin embargo, si preferís ir á París, lo dejo á vuestra decisión: allí encontraréis en tal caso á mi primo el Príncipe de Conti, al Sr. de Schomberg y á los de mi Consejo, que tienen prevención de recibiros y acojeros como lo haría yo mismo.» Consolábale á seguida del accidente mortal ocurrido al pobre D. Martín de Lanuza, recomendando se conformara con la voluntad de Dios, en la seguridad de que la suya no había de faltarle nunca[118].
Satisfecho podía estar el Peregrino si no nublara un tanto los auspicios favorables la diligencia del Sr. Gil de Mesa en comunicarle nuevas de otro género. Habíale mostrado el Ministro Villeroy avisos de Flandes de andar por París el señor de la Pinilla de Aragón, de quien se decía haber tomado 6.000 ducados de oro á cuenta de la vida del fugitivo, yendo en su compañía un fraile y un criado. Por otra parte, le anunciaban, con referencia al gobernador del Havre, que cuando él (Pérez) marchó á Inglaterra, un inglés llamado Burle propuso al dicho gobernador ganarse 100.000 ducados si entregaba vivo al pasajero, ó 50.000 si quería darlo muerto; proposición que rechazó indignado.
Estas confidencias, nada á propósito para tranquilizar el ánimo en quien no le tenía muy grande, templaron el deseo de encaminarse á París, mientras no lo hiciera un cuerpo de tropa mandado por M. D'Incarville. El mismo Duque de Montpensier le aconsejó esperar esta ocasión, y aun agregó á la tropa varios oficiales del Rey que le dieran particular escolta.
Llegado á la capital el 10 de septiembre, le visitaron los señores del Consejo de Estado, confirmando las órdenes que del Rey tenían recibidas para velar, sobre todo, por la seguridad. Preguntaron si conocía al señor de la Pinilla; y como la respuesta fuera afirmativa, le propusieron alojamiento en la Bastilla, por ser lugar fuerte en que había perennemente guardia de soldados; pero si no le agradaba la mansión, estaban dispuestos á poner en la casa que eligiera cuatro guardias del Rey, que le custodiaran día y noche. Pérez optó por lo último: la visita de la Bastilla hecha el mismo día no le había satisfecho, y descansó en una posada elegida por M. D'Incarville. De ella escribió al Conde de Essex los pormenores que van referidos; agregó las noticias políticas que había recogido desde la separación, y contestando las recibidas de Londres manifestó su aprobación, así relativamente á los aprestos que se iban haciendo de la expedición contra Cádiz, como á los más atrasados de la jornada de Drake á las Indias. Sobre ésta en particular se extendía, tratando del partido que podía obtenerse de los indígenas; materia dispuesta á la rebelión, tanto por condición propia como por los agravios recibidos de los españoles[119].
Ocho días después le instalaron los del Consejo en una casa muy hermosa que había pertenecido al Duque de Mercoeur, sin que tuviera que ocuparse de nada; los guardias ofrecidos y el cocinero ocupaban sus respectivos puestos. Hecho por su parte acatamiento á Madama Catalina, la hermana del Rey, le llevó la Princesa en su carroza á ver la comedia, honra (escribía á Essex) que había sorprendido á mucha gente y á él le daba alegría y satisfacción[120].
Los términos de la carta suplirían por sí solos la última confesión, según pintan las impresiones de la vanidad satisfecha; sólo que duraron poco. La epístola inmediata trataba del complot descubierto contra su vida; de la prisión del señor de la Pinilla; de la inquietud que sentía: quisiera volver á Inglaterra, y no le vendrían mal algunos fondos[121].
El incidente de la prisión, que parecía justificar los temores y las precauciones, requiere consideración un tanto detenida, empezando por la narración de Bermúdez de Castro, que vale tanto como decir la que hizo la pluma de Antonio Pérez.
D. Rodrigo de Mur, señor de la Pinilla, acompañado de un criado y de un fraile vizcaíno, de nombre Mateo de Aguirre, aparecieron en París, despachados por D. Juan de Idiáquez con expreso fin de matar al ex-Secretario de D. Felipe. Tres veces en una noche intentó D. Rodrigo penetrar en la casa del refugiado, pretextando necesidad de hablarle: otras tantas le negaron acceso los suizos de guardia, y recelosos de la insistencia le detuvieron en la última. Halláronle dos pistoletes cargados cada uno con un par de balas encajadas en cera, por seguridad de la puntería, y fuera de la ciudad le esperaba el criado con los caballos. Ante el tribunal confesó su traición, por lo que fué ajusticiado en la plaza de la Greve[122].
La exposición de M. Mignet se parece mucho, como procedente del mismo origen.
El Secretario Villeroy, lo propio que el Mariscal de la Force, tenían avisos de España[123] anunciando que el Barón de la Pinilla, el mismo que había tratado de prender á Pérez en Sallent, se había puesto en camino en compañía de otros dos hombres, uno de ellos fraile disfrazado de láico. Pinilla había recibido previamente 600 ducados de oro[124]; hizo en París los preparativos para escapar después del golpe; pero fué detenido con uno de los cómplices, logrando el fraile ponerse en salvo. En casa de Pinilla se encontraron dos pistoletes cargados con dos balas cada uno: todo lo confesó en el tormento, de modo que, meses después, fué ejecutado en la plaza de la Greve[125].
El escritor francés apoya la aseveración en el libro de las Relaciones[126], en las cartas enviadas por el interesado al Conde de Essex[127] y en la siguiente noticia de un diario de París:
«El viernes 19 fué ajusticiado un español en la plaza de Greve de París, convicto de haber querido matar á D. Peres, Secretario del Rey de España, que sigue á la corte, siendo bien venido al lado de S. M., por haberle descubierto muchos manejos del Rey de España contra su persona y su Estado[128].»
Las pruebas no son de aquéllas que desvanecen dudas, no ya en asunto tan grave para el desdichado D. Rodrigo de Mur, para la opinión del Secretario de Estado D. Juan de Idiáquez, y por ende de su amo, sino para cualquiera que interesara á la historia. Comparadas estas pruebas entre sí, ponen en claro que el señor de la Pinilla fué á la casa de Pérez, guardada por suizos; pidió á los mismos guardas entrada, é iba desarmado, pues los pistoletes en la posada se encontraron, no en la persona. Perspicaz sería el juez que con tales indicios descubrió intento de asesinato y prevenciones de huída.
Hay más: la colección de documentos de Birch, citada por M. Mignet, contiene algunos que valen la pena de registro. Uno dice que en el momento de llegar Pérez de Inglaterra á Dieppe, recibió cartas que le dirigía desde París el señor de la Pinilla[129]. El contenido de las cartas no se expresa, y, sin embargo, tan vaga especie basta á la persuasión de que D. Rodrigo no vino de España á París á objeto expreso de encontrar á Antonio Pérez, pues que le precedió; al paso que demuestra no tener propósito de recatarse, antes de anticipar el deseo, acaso también la razón, de una entrevista.
Otro papel, escrito por el Secretario de Antonio Pérez[130], refiriendo la ejecución de Pinilla, consigna que hasta el momento del suplicio no confesó otra cosa sino que había venido á tratar con su amo; lo mismo que viene á declarar L'Etoile en el Journal de Henri IV, esto es, que murió convicto.
De qué iba á tratar; cuál era la comisión que de D. Juan Idiáquez se le suponía; por qué con tanta insistencia pretendía una entrevista, podrá entenderse por cartas cifradas que al mismo Secretario Idiáquez envió el Encargado de Negocios de España, D. Diego de Ibarra, al tener noticia inexacta de la llegada del proscripto. Decía:
«Antonio Pérez volvió de Inglaterra: no he olido lo que ha traído; pero él se topó cerca de este lugar con el Duque de Guisa y le habló en sus desventuras. Vea V. S. si con este hombre es menester hacer algo ó con D. Martín de Lanuza, que también anda con el Príncipe de Bearne, y ha llegado á las puertas de París, y dice desea reducirse. No se me ha respondido á lo que avisé de D. Manuel de Portugal, que me había escrito D. Martín de Guzpide, ni al particular deste pobre hombre, que muere de hambre, y así en ninguna de las dos cosas he hecho nada. El D. Manuel está con el de Bearne, y ha dicho á personas que me lo han dicho que desea echarse á los pies de S. M., y está aguardando respuesta de lo que de Roan se escribió. Aviso de todo á V. S. por si S. M. quisiere mandar algo, lo pueda hacer á tiempo.
....................
»Lo que me dijo el Duque de Guisa que le había pasado con Antonio Pérez, no fué así: hase sabido después que está todavía en Inglaterra, y que debió de ser alguno que se valió de su nombre[131].»
Con estos hechos, mientras las pruebas del proceso no aparezcan, hay, pues, motivo para relegar el supuesto intento de D. Rodrigo de Mur, en unión con el de los irlandeses de Londres y algunos más, á la categoría de cuentos intencionados, con la presunción de que los ejemplares de verdaderos atentados de la época servirían á la credulidad sin otro examen.
Reanudando la ilación de los sucesos, como la guerra con España no empezaba cual por allá desearan, llamó el Rey á Pérez á la ciudad de Chauny, cerca de la Fere, cuyo cerco iba á poner, para consultarle el plan de campaña por la parte de Flandes. La marcha de los sucesos le tenía alarmado. Hízole entender el Peregrino que sin la cooperación activa de Inglaterra, sin un acuerdo que aunara los esfuerzos contra el enemigo común, difícilmente llegaría á contrarrestar el impulso dado por el Conde de Fuentes metiéndose en Picardía y ganando una tras otra las plazas de la Chapelle, Catelet y Dourlens. ¿Mas era acaso fácil convencer á la Reina Isabel, alcanzar socorros de ella, cuando acababa de retirar los que envió contra los españoles de Bretaña al verlos en Brest, esto es, á las puertas de su casa?
Bien conocía Antonio Pérez la exactitud de la objeción, sintiendo en el despecho no estar debajo de tierra antes que ver á la insolente fortuna de Felipe sobreponiéndole á todos los enemigos, sin que sus consejos fueran escuchados ni su residencia allí produjera fruto[132]. Debía de insistir, sin embargo, é insistía en inclinar al Rey de Francia á dar nuevos pasos que movieran la voluntad de la inglesa, de Juno, según la nombraba en la conversación confidencial, dando ejercicio á su prurito de aplicar sobrenombres, mientras por el lado del favorito de la Reina tiraba de los hilos de la intriga con que se tramara la misma tela.
Enrique IV no podía desconocer la excelencia del pensamiento ni la necesidad de acudir á realizarlo, empezando con el halago del consejero y agente; no escaseó, en consecuencia, las honras en la palabra, ofreciendo la dispensación de otras más efectivas, el collar de la Orden del Espíritu Santo, por ejemplo.
Godfrey Aleyn, que oyó referir á su amo en la mesa las distinciones de que había sido objeto, presumía que el Sr. Antonio las rehusaría sin más excepción que la de la Orden, y esto si podía proporcionarse las prendas que necesariamente deben de vestirse en la ceremonia. Hubiera rogado al Conde de Essex que le ayudara al efecto, si no estuviera cohibido por la consideración de los muchos favores recibidos. La celebración del Capítulo era el día primero del año próximo; la nota de las prendas y de su valor, pedida por curiosidad al sastre de S. M., adjunta[133].
Sirviendo Pérez á dos señores, natural era que se creyera con derecho á seguir disfrutando de las liberalidades del uno tanto como de las del otro. El más cercano le tenía á su lado en público; salió con él por el camino al marchar hacia la Fere, y dejándole en Chauny encomendó mucho á Villeroy cuidase de su persona, acompañándole cuando hubiera de ir á San Quintín, «porque no podía pasarse sin su compañía.» Todo esto era altamente honorífico sin duda; mas no lo que esperaba el Sr. Antonio, dándolo á entender, en ausencia del Soberano, con expresión repetida de no ser para su genio el carácter de los franceses, entre los que no creía podría vivir mucho tiempo, y menos en los mezquinos alojamientos que le señalaban[134].
No lo dijo en balde: á los pocos días le instalaban en una de las mejores casas de la ciudad; llegaba á sus manos oferta nueva del Rey de conferirle las insignias de la orden consabida, con una plaza en el Consejo privado y las rentas de la primera Abadía que vacara, en espera de lo cual disfrutaría desde luego pensión de 4.000 escudos anuales[135].
Por complemento escribió el Rey al Conde de Essex[136], agradeciendo infinito lo que había hecho por Pérez, consejero digno de toda clase de miramientos, que le era muy querido y agradable. Sentía no poderle dar todo lo que deseara y él se merecía; aseguraba, sí, que participaría de la miseria de Francia con la buena voluntad del que la regía.
El interesado, en vista de la gracia y pensión señalada por el Monarca, sin pedirla él, hizo saber á Villeroy «que era perro y peregrino; pero perro peregrino en la fidelidad[137].» Casi al mismo tiempo informaba á su amigo el Conde de Essex de haberse interceptado cartas de España por las cuales se venía en conocimiento de los proyectos del Conde de Fuentes en Flandes, así como de las miras de Nabucodonosor, que á toda prisa reunía ejército y armada. Desconfiando de los recursos de Enrique IV para resistir, y aun de que en Inglaterra dieran á sus enemigos la atención debida, le instigaba á despertar el espíritu público, temeroso de que les ocurriera lo que á las vírgenes de la parábola del Evangelio, que se acordaron tarde del aceite. El que espera siempre es vencido; de los audaces que atacan es el lauro. Si no querían oirle, determinado estaba á despedirse de Francia y de Inglaterra á la vez, al paso que nada igualaría á su satisfacción estando al lado de amigos buenos que con prudencia y energía siguieran sus advertencias[138].
Repetíalas sin cesar, manifestando las cartas sucesivas por qué procedimientos iba convenciendo al Rey de la necesidad de entenderse directamente con el Conde de Essex, tan interesado en sus progresos; utilizando avisos reservados de Flandes, de Venecia, de Milán, de la corte de Madrid y de la misma de Francia; teniendo que reservar á veces algunos de estos últimos, pareciéndole que no le agradaría á Enrique saber que le eran conocidos. Recibíale el Monarca á todas horas, á solas, aun estando en la cama, no sin inconvenientes; que empezaban á manifestarse los celos de los palaciegos, y singularmente la envidia de Villeroy, por más que procurara adormecerla con lisonjas[139]. Como defensa, había manifestado al Rey que mal podría subsistir allí si á las persecuciones y peligros de la triste fortuna se agregaba la malquerencia de sus Ministros[140]: preciso sería, á falta de mayor favor y amparo, que buscara otro retiro; idea que afligió mucho á Enrique[141].
Lo que más costaba al consejero era contrarrestar el efecto de insinuaciones que partían de elevadas personas, del Secretario de Estado Villeroy entre ellas, en favor de la paz con España, recordada á cada nueva victoria de las del Conde de Fuentes. Urgía influir en opuesto sentido con el despacho de la expedición contra Cádiz, mucho más habiendo llegado á París un agente de Roberto el Diablo (Sir Robert Cecil)[142].
Un incidente imprevisto estuvo á punto de poner á Pérez en apuro. Bacon abrió inadvertidamente una carta que Godfrey Aleyn (el criado suyo que dió por amanuense ó secretario al amigo español) enviaba á su padre, y despertando su atención que estuviera escrita en cifra, interpretó lo que sigue:
Godfrey manifestaba propósito de no continuar mucho tiempo al lado de su amo, vistas la inconstancia y rareza del carácter. No pudiendo sufrir sus originalidades, á pesar de hacer cuanto estaba en su mano para complacerle, aprovecharía una buena oportunidad tan luego como penetrara ciertas cosas que empezaba á conocer y que podrían serle de mucho provecho. Los trabajos de Pérez se encaminaban por todos lados á conseguir Liga estrecha y fuerte entre Francia é Inglaterra contra el Rey de España, convenciendo á las dos partes de que por tal medio lo hundirían. Procuraba al mismo tiempo, por medio de la Reina, la soltura de su mujer é hijos, detenidos en Madrid; pero tenía emulación con M. Edmondes, agente especial del Conde de Essex, estorbándose uno al otro: el Rey empezaba á cansarse de las singularidades de Pérez, y los más de los hombres con que esperaba contar le enseñaban ya los dientes.
Se vino á descubrir por esta misiva que habiendo aprendido Godfrey al lado del señor Antonio lo que valía un secreto, tomaba copia de las cartas más importantes que se enviaban al Conde de Essex, y hacía que fueran á manos del Rey de Escocia por conducto de su Embajador en París. Essex, muy alarmado, previno incontinenti al corresponsal, dándole tiempo de poner remedio, que fué el de su táctica probada. Anunció al Rey otra tenebrosa traza de los Faraones de Egipto, enderezada á perderle con la invención de cartas que pusieran en duda su lealtad, su amor, su adhesión, etc. Después, manifestando á Godfrey que era preciso enviar al Conde una clave nueva de escritura, comisión delicada que no quería fiar á otra persona, le despachó para Inglaterra, donde en el acto de poner el pie le echaron mano, encerrándole en la prisión de Clink[143]. Le sustituyó Edward Yates, hombre de toda confianza, pagado como el otro por el Conde, y exclusivamente destinado á transmitir los despachos secretos que importaran á éste ó á la Reina[144].
Hay que dejar aquí en suspenso los manejos secretos, hasta referir someramente los efectos que producían en la política.
La Reina de Inglaterra, siguiendo los consejos de los Cecil, padre é hijo, contrarios siempre á los del Conde de Essex, había negado á Enrique IV la cooperación activa en la guerra, y este Rey insinuó por medio de Embajador especial que, no contando más que con los recursos propios, se vería en la precisión de aceptar paz honrosa con España. Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda. Si Enrique IV se inclinaba en realidad á entenderse con Felipe II, el Embajador debía procurar impedirlo con ofrecimiento de alianza y auxilio efectivo: si en la indicación no había más que amenaza, ninguna modificación se haría en la marcha de las relaciones; pero á estas instrucciones oficiales opuso las suyas particulares el Conde de Essex, seguro de verlas cumplidas, por lo mucho que Sir Unton le debía; y contrariamente á lo que el Secretario de Estado le mandaba, había de sostener al Soberano de Francia en la afirmación de no continuar la guerra sin ayuda, aunque en público y como Embajador diera á entender lo contrario.
Al mismo tiempo había de escribir Pérez cartas que se mostrarían á la Reina, para que la coincidencia de sus informes y los del Embajador influyera en el ánimo de Isabel. Las instrucciones del Conde decían: «Antonio me escribirá, en carta que pueda enseñarse, que la llegada de Sir Unton ha empeorado los negocios, y me preguntará por qué, conociendo el carácter del Rey de Francia y los asuntos del reino, no me he opuesto al envío del Embajador. Añadirá temores de que se haya dejado avanzar al Rey hasta un punto de que no pueda ya retroceder[145].»
Sir Henri Unton desempeñó perfectamente su papel; el Rey conferenció con Pérez, cuyas cartas completaron en Inglaterra el efecto de los despachos del Embajador[146].
Empezaba en esto el año de 1596 con descontento del Peregrino, que vino á mudar en pena, la falsa nueva de la muerte de Doña Juana Coello, su mujer. Un caballero de la Cámara de D. Felipe escribió á Génova dícese que se propagó de seguida por cosa cierta...[147]. Antonio Pérez mostró gran sentimiento, escribiendo expresamente para el Conde de Essex necrología latina[148], y otra castellana más extensa destinada al público[149], por muestra de la inmensidad del infortunio. Gil de Mesa fué en su nombre á noticiar á la Princesa Catalina de Borbón, al Rey, á Villeroy la resolución de abandonar el mundo, entrando en religión; propósito que parecía muy bien al Secretario de Estado. Probablemente por vez primera se ofrecía con sinceridad á secundarle con su influencia para entrar en situación en que podría hacer su fortuna y la de sus amigos. No menos expresiva Madama de Borbón, prometió solicitar de su hermano una mitra ó un capelo que le proporcionaran dignidad en el estado religioso; por último, el Rey, después de enviar con pésame á M. D'Incarville, le hacía saber que iban á extenderse las cédulas de nombramiento de Consejero real, asignándole la sexta plaza; otra de inclusión en la lista de los que habían de recibir la Orden del Espíritu Santo, más la de Gentilhombre de Cámara en favor de Gil de Mesa[150].