Las galeras que se tuvieron á la mar se escaparon. De las naves se perdieron nueve de las más pequeñas; parte dellas había ya desamparado la gente, y pasádose á los galeones y naves gruesas que iban bien artilladas. Nenguna destas se perdió, ni de otras que quisieron pelear. Una nave arragucesa peleó muy bien: dió un cañonazo á una galera que la seguía, que le llevó 19 remeros y cinco soldados, y viendo esto los demás, se alargaron della. Á otra daba caza el Bajá, después de haber tomado una galera. Disparó un cañón que le pasó por entre los fanales, que espantó á Dramuxo, Arráiz y Cómitre Real, y le dijo qué quería hacer de aquélla, si quería perder de gozar de la victoria que había habido. Los galeones fueron siempre disparando artillería á las galeras que los seguían, haciéndolas estar bien largas dellos, sin perder de hacer su camino.

Perdiéronse nuestras galeras tan ruinmente, que entre todas sólo dos ó tres pelearon. La Mendoza de Nápoles quedó sin gente: toda murió combatiendo. Murieron en ellas el Alférez Gil de Oli y el Alférez Sebastián Hurtado y otro Alférez que se decía Iñigo de Soto, peleando como muy buenos soldados. Aunque en las demás no se peleó, no por eso dejaron de matar los turcos mucha gente en ellas, paresciéndoles que no era vitoria si no la ensangrentasen.

Á Flaminio, General del Papa, mató una bala de artillería. Prendieron á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, con dos hijos suyos, D. Juan y D. Diego. El D. Juan venía en la Leyva con gente de su compañía, y sólo él tomó armas para los enemigos, y se fué á la proa de la galera con una espada y una rodela para defender que no entrasen los turcos.

Prendieron á D. Berenguel, General de las galeras de Sicilia, con D. Juan de Cardona, su yerno. Estos se perdieron por hacer lo que debían en seguir al General. Prendieron á D. Gastón de la Cerda, hijo del Visorrey de Sicilia, y al Obispo de Mallorca, y D. Fadrique de Cardona, y el Maestre de campo Aldana y otros muchos caballeros y Capitanes. Salvóse Juan Andrea en una fragata. Estaba muy flaco de una recaída. Había llegado dos veces á morir, y como llegó en tierra, vinieron algunos á consolarle; respondió que se contentaba de haber perdido la hacienda y no la honra, como otros, aunque de esta vuelta no se le puede dar honra alguna ni loar su buen gobierno, pues dejó de salir con tiempo á la mar, y desamparó las naves, que no lo había nunca de pensar. Había de entender que los queran de opinión que se fuesen de por sí las naves, no tenían gana de pelear ni hacer lo que debían; solamente lo hacían por ir escapulos para huir, y ya que se determinaran á ir sin ellas, si quisieran, pelear con las 45 ó 46 galeras que tenían, y cuatro galeotas tan buenas, que pasaban por galeras, sin muchas fragatas y bergantines.

En teniendo nueva de los enemigos, tomaran más gente, que en esto pudieran llevar la ventaja que ellos tenían de más galeras; hiciéranlos estar día y noche con las armas en la mano y no llevarlas en cubierta como las llevaban. Debieran tomar ejemplo de Faser Bay, renegado corso, General de Rodas, el cual, teniendo nueva que el gran Prior de Francia andaba por aquellas mares con cinco galeras de la Religión y una fragata, pudiendo armar más galeras, armó solamente cuatro y le fué á buscar, y hallándolas en la isla de Candía, combatió con ellas y les tomó una galera.

Podrá decir el Rey nuestro Señor por el suceso de estas galeras, lo que dijo la buena memoria del Emperador su padre por lo de la Previsa: «que donde no está su dueño, ahí está su duelo.»

Disparando este día una pieza de artillería de lo alto del castillo á unas galeotas, reventó y hirió y mató siete ó ocho hombres. Erró muy poco de matar al Duque. De los heridos y muertos, los cuatro ó cinco eran criados suyos.

Aquella noche se embarcaron el Duque y Juan Andrea secretamente en sendas fragatas para ir á Sicilia. No les hizo tiempo para partirse: fuéronse la noche siguiente. No se tuvo nada bien el Duque, ya que se iba, irse sin hablar á la gente. Fueron cinco ó seis fragatas juntas, en que iban el Conde de Vicar, D. Pedro de Urrias y otros muchos caballeros.

Tratándose aquel día si los enemigos metiesen gente en tierra ir á estorbárselo, preguntó D. Alvaro al Duque qué armas llevaría. El Duque le respondió que allí tenía armas y un volante; pero que no iría, por quedar en el fuerte á dar orden de lo que era menester. D. Alvaro dijo que tampoco saldría él. Este mismo salieron de la isla el Papa del Caruán y el Infante de Túnez y el jeque con los moros de su parcialidad.

El Bajá se recogió dende á dos días con las galeras que allí habían quedado: era la mayor parte de la armada, porque hasta con 30 fué dando caza el Bajá á las galeras y naves. Dispararon mucha artillería las unas y las otras. Al juntarse tuvimos miedo no hubiesen tomado las fragatas en que iban el Virrey y Juan Andrea: dende á pocos días supimos cómo habían llegado á Malta en salvamento, donde hallaron algunas de las galeras que se habían escapado.

D. Alvaro de Sande, después de ido el Duque y los que iban con él, comenzó á cortar dellos, y inviando D. Enrique de Mendoza, uno de los que se habían ido, por una armadura que había dejado, dijo D. Alvaro que llevasen las armas del conejo. Quejábase ansí mismo de D. Pedro Velázquez, diciendo que por culpa suya, sin 200 botas de vino y más, sin otras vituallas que se llevaban las naves, por no haber dado orden que lo desembarcasen. En esto tenía muy gran razón, aunque por lo que él estaba más mal con él, era por no haberle querido dar dineros de la corte á cuenta de su salario, y porque había dicho el Duque que no se fuese de la fuerza hasta que se fuese Don Alvaro. No decía mal en conservador, porque si el Duque no se iba, hacía lo que debía á buen caballero y buen Capitán, quedándose á favorescer la gente que había traído consigo, para morir con ellos, y nunca el fuerte se perdía, que todavía se diera orden á pelear; el jeque se viniera con él al castillo y el Papa y el Infante no se fueran, y no osaron los turcos meter gente en tierra, sino vieran idos éstos; ni el Rey de Túnez diera las vituallas con que se entretuvo el armada, si el Visorrey desde allí le escribiera agradeciéndole lo que le había inviado á ofrecer, reconciliándole con Don Alvaro de la Cueva, alcaide y General de la Goleta.

Cinco días después de perdidas las galeras, nos estuvimos mano sobre mano mirándonos unos á otros sin trabajar en el fuerte. Después se comenzó á traer fajina, que era menester pelear para tomarla. En muy pocos días se hizo el parapeto del fuerte, y el lienzo de la marina, questaba á la parte de poniente, se detuvo, por ser de piedra. Tornóse á hacer de fajina y tierra, porque se pensó que los enemigos batieran por aquella parte. En esto llegó de Trípol Dragut con sus galeras, y determinóse el Bajá á echar gente en tierra, y envió á Monsalve, uno de los que se habían preso en las galeras, con una carta suya para D. Alvaro; pero no la quiso tomar ni ver: trató mal de palabra al Monsalve, y dijo que si no mirara al amistad que tenía con el Capitán Monsalve su hermano, le hiciera un castigo ejemplar, y así le invió luego con su carta diciéndole que dijese al Bajá que pues Dios les había dado una tan gran vitoria en mar, sin pelear, que viniese á probar su ventura en tierra.

Á muchos Capitanes pesó oir esta respuesta, así por no haber hecho caso dellos, como porque les paresció que se pudiera ver la carta entre todos y responder con el comedimiento que era razón, pues la crianza y cortesía no impidió jamás el combatir. Un esclavo cristiano que escribió la carta, dijo que el Bajá inviaba por ella á pedir el fuerte, ofresciendo en cambio todo buen partido que le pidiesen.

Con esta ocasión pudiéramos entretener algunos días el armada en demandas y respuestas, para que mientras ellos perdían tiempo en esto, tuviésemos lugar de fortificarnos mejor, y Sicilia y Nápoles proveer sus marinas y estar más apercibidos, porque cuanto más se detuvieran en esto, menos tiempo tuvieran para sitiarnos, y así no se pasara en el asedio el trabajo y necesidad que se pasó de agua.

D. Alvaro mandó llamar los Capitanes que allí habían quedado, aunque no todos tenían allí sus compañías, y díjoles que él había quedado allí para guardar aquel fuerte; que hiciesen todos como él y jurasen de no lo rendir hasta morir todos en la defensa. Los Capitanes dijeron todos que eran muy contentos. Dende á tres días los tornó a juntar diciéndoles que entre ellos eligiesen seis Capitanes para que uno de ellos gobernase si acaso matasen á él y al Gobernador Barahona. A esto dieron por respuesta que hiciese él la elección de los seis Capitanes como mejor le pareciese.

Los turcos asaltaron de noche nuestras galeras: no pudieron llegar á ellas por el reparo que tenían en torno de árboles y antenas; y así se retiraron luego sin la jornada, porque les tiraban del fuerte y de las mismas galeras.

Los turcos estaban muy confiados que las espías que traían en nuestro campo harían lo que les habían prometido. Fué de esta manera. Que teniendo Dragut nueva cierta que nuestra armada venía sobre él, invió un portugués y otros renegados á Italia á saber lo que se hacía. Algunos dellos, como hombres pláticos en la lengua, entraron por soldados en las compañías que venían á servir en la jornada: éstos dieron siempre aviso en Trípol á Dragut, y en los Gelves iban cada noche á hablarle. Uno se ofreció á quemar las municiones; otro, de atosigar el agua de las cisternas; otro, de dar fuego á las galeras. Con las promesas destos persuadió Dragut al Bajá que intentase tomar el fuerte. También inviaron algunos renegados que animasen y ayudasen en ello. Decían éstos que se huían de los turcos por tornarse á la fe, que los habían hecho renegar por fuerza siendo niños.

Vínose á descubrir el tratado una tarde. Puestas ya las guardias, estando unos soldados apartados un poco del campo, vieron ir uno hacia el de los enemigos. Llamáronle: él, por disimular más su bellaquería, esperó; llegaron á él y prendiéronle. Fué de tan poco estómago, que por el camino comenzó á turbarse y confesar su maldad. Prendieron algunos de la liga; otros, en ver prender sus compañeros, se pusieron en cobro. Los presos confesaron la traición, y así los ahorcaron de los pies como á traidores.

La noche primera que saltaron en tierra, que fué á los 16, vino un renegado á nuestro campo y dijo cómo los enemigos tenían en tierra ocho piezas de artillería por encabalgar, y que habían con ellas salido pocos más de 2.000 hombres, y que los demás se desembarcarían el día siguiente, y que en los de tierra había muchos desarmados, de los que venían por remeros en la armada, que habían salido para gastadores. Fueron muchos con él á D. Alvaro, diciéndole que pues había tan buena oportunidad para romper aquellos turcos que eran en tierra, que saliesen aquella noche á ellos. D. Alvaro respondió: «Dejadlos llegar, que yo haré de las mías.»

Esta noche se pudiera hacer harto daño en los enemigos. Excúsase D. Alvaro con decir que lo dejó, temiéndose de los moros de la isla no cargasen sobre nosotros al retirar, no sucediendo bien la salida, y los turcos por la otra parte, de manera que no pudiésemos resistir á todos. Teníamos la retirada marina á marina, llana y descubierta, y no era lejos del fuerte más de dos millas el lugar donde los turcos habían desembarcado, que era en los mismos pozos donde nosotros habíamos estado diez días, y teníamos más de 70 caballos, con los de la compañía, y los caballos que había dejado el Visorrey y otros caballeros, no teniéndolos los enemigos ni los de la isla caballos con que enojarnos, porque aún no eran llegados los caballos alarbes que esperaban; y si se dejó por entretener allí la armada, porque no fuese á hacer mal en Sicilia ó en el reino de Nápoles, el mejor entretenimiento fuera matarle la gente, de manera que no la pudiera echar en tierra, y tuviera harto que guardar sus galeras con los que llevaba. Los enemigos sacaron su artillería y municiones en tierra sin que les diésemos empacho, más que tocarles algún arma.

Otra noche invió D. Alvaro á un caballo ligero que se llama Miguel de Huerta, buen soldado, que fuese marina á marina y mirase si hallaba siete barriles pasada una mezquita que estaba entre el campo y el fuerte. Halló cinco barriles; caminando adelante por ver si toparía con los otros, halló dos medias botas. Volvióse á decirlo á D. Alvaro, y invióle á que lo dijera á Quirós, Capitán de caballos. Aquella noche estaba la gente y caballos á punto para salir fuera. Debía de haber concierto con algún renegado, y faltó el designio, pues se dejó de ir.

La noche siguiente inviaron al mismo por ver si estaban allí los barriles; no hallándolos, pasó adelante; vió salir del campo de los enemigos nueve caballos con dos antorchas encendidas; metiéronse adentro, en la isla; él se acercó á sus trincheas sin que nadie le sintiese ni viese; había gran silencio en el campo; parescióle que dormían todos; tocóles arma y vió que acudían todos á la marina huídos.

No partió de los pozos su campo hasta tener encabalgada la artillería y que llegasen los caballos y gente de pie que esperaba Dragut. Entre tanto caminaban por la isla muy á su placer, haciendo daño en las casas y posesiones de los que se habían ido con el jeque. Tomaron de su casa media culebrina y otras piezezuelas pequeñas de bronce.

Venían cada día los turcos á reconocer el fuerte desde unos palmares que estaban á tiro de cañón dél. De allí tiraban á la gente que estaba de guardia á los pozos, donde había cada día escaramuzas, donde había muertos y heridos de todas partes.

Mucha gente de la que se había escapado de las galeras perdidas y de la que se había quedado por embarcar, se iba cada noche á Sicilia en fragatas y barcos por no tener que comer, que no les daban ración á éstos ni á otros muchos que morían de hambre, y la que daban á los soldados era tan poca. Cuando tuvimos agua nos faltó el pan, y cuando volvió á faltar el agua, lo daban de sobra. Para esperar asedio, como esperábamos, no se acertó á dejar ir esta gente. Harto mejor fuera estivar las galeras, fragatas y barcos, y de toda la gente inútil y heridos inviarlos á Sicilia, y retener los sanos y gobernarlos de manera que se sustentaran para poder servir. Desta manera se aventuraban á salir las galeras y se deshacía de la gente que empachaba.

Luego que los enemigos fueron en tierra, mandó D. Alvaro entrar en el fuerte todos los españoles, dejando fuera los alemanes, italianos y franceses, llegados bien al fuerte y reparados con muy buena trinchea. Comenzóse á murmurar desto, y así los metió á todos dentro y mandó salir fuera banderas de españoles. Dende á pocos días mandó desamparar aquellas trincheas y metió toda la gente dentro. Estábamos tan estrechos, que no se podía andar por el fuerte. En el contraescarpe del foso quedaron hasta 400 soldados, y dende á poco los fueron á quitar porque se iban á los turcos. Dentro, en el fuerte, mudaban cada día compañías de una parte á otra, y con esta inquietud anduvimos hasta el cabo.

Los enemigos comenzaron á caminar la vuelta del fuerte diez días después de desembarcados, y firmáronse entre unos palmares, donde estuvieron tres días. Aquí se pudiera salir bien á hacerles daño, por estar tan cerca, que podía haber una milla entre su campo y el fuerte. Alcanzaba allá nuestra artillería.

Salieron una noche, estando allí los enemigos, hasta 150 soldados, y antes que llegasen á las trincheas de los turcos eran descubiertos, y así se volvieron sin hacer nada. De aquí comenzaron los enemigos á hacer trinchea para venir cubiertos con su artillería, sin que la nuestra les pudiese hacer mal.

Salían del fuerte cada día cuatro compañías á la guardia; la que más lejos estaba, serían 500 pasos del fuerte: una de la parte de poniente, donde los enemigos venían; las dos compañías, á los pozos; la otra, á las casas de Dragut, que estaban á la marina por la parte de levante. Teniendo bien reconocido los turcos la poca gente que había en ellas y el mal reparo que tenían, el último de mayo á medio día coménzaron á venir por la parte de poniente y á los pozos, dando muestra de querer escaramuzar como otras veces solían. Viendo que comenzaban á salir los nuestros á la escaramuza y retirábanse por alargarlos más, asegurándolos desta manera, cerraron con ellos de tropel más de 3.000 turcos y los caballos alarbes, que eran los que más daño hacían en los nuestros y mejor peleaban. Nuestra gente era tan poca, que ni los que estaban de guardia ni otros que habían ido á escaramuzar, pudieron resistir la furia de los enemigos, y así se retiraron con ruín orden y harta pérdida de buenos soldados que se hallaron delante en la escaramuza. Nuestra caballería no pareció nada á la de los enemigos; estúvose hecha alto sin osar salir á favorescer nuestra infantería. Los caballos de los enemigos que salieron á esto, serían hasta 100; los demás venían con otros 4 ó 5.000 turcos que venían atrás caminando con la artillería. Pelearon tan bien estos pocos caballos de alarbes y tan valerosamente, que vinieron entre los soldados hasta llegar á las propias trincheas que tenía por reparo la gente que alojaba fuera del fuerte, sin temer la arcabucería y artillería que se les disparaba dél. Si nuestros caballos lo hicieron ruinmente este día, muchos hubo entre los de á pie que, por tenerles compañía, huyeron muy sin vergüenza, y Capitanes con quien se tuvo gran cuenta.

D. Alvaro de Sande los trató muy mal de palabra, diciéndoles que renegaba de la parte que tenía de caballero, si ellos lo eran. Viendo la carga que los enemigos venían dando á los nuestros, acudieron muchos soldados por aquella parte para salir á socorrer. No lo pudieron hacer tan presto que ya los nuestros no fuesen recogidos en las trincheas, y queriendo de nuevo salir á los enemigos, se puso delante el Gobernador Barahona y los hizo tornar. Los turcos se quedaron en las trincheas viejas donde se solía alojar nuestro campo, y pusieron en ellas muchos estandartes y banderetas.

Los alemanes pelearon este día muy bien; mataron muchos turcos, favoreciendo las compañías que eran de guardia á los pozos. La compañía que estaba á la marina de levante, se retiró á su salvo sin recibir daño ninguno. Todo lo que quedó del día se entendió en tirar escopetas y arcabuces de una parte á otra, no cesando nuestra artillería de disparar á donde veía que podía hacer mal.

Aquella misma tarde, acabado de recoger su campo, comenzaron á tirarnos con dos piezas de artillería por la parte de poniente. Tomaban de una marina á otra en torno del castillo, ocupando harto más sitio del que podían guardar con la gente que ellos traían. En tanto que ellos estuvieron desta manera, hobo grande oportunidad para aprovecharnos dellos, si en nosotros hobiera juicio y valor para intentarlo, teniendo como teníamos gente para poder darles la batalla, aunque fueran hartos más de los que eran, porque sin la gente que había de quedar en el fuerte, quedaron los tudescos y compañías de italianos y españoles que estaban por embarcar, sin otros muchos que habían salido de las galeras que se perdieron y la gente que tenían las siete galeras y cuatro galeotas que allí estaban. Con todo esto nos sitiaron, y ganaron los pozos aquel día.

La pérdida de estos pozos fué toda nuestra ruína, porque si los manteníamos, como era razón que se hiciera, no se nos muriera la gente de sed ni se huyera á los enemigos. Fué muy gran bajeza perderlos, teniendo gente demasiada para guardarlos, estando tan cerca como estaban del fuerte y tan descubiertos para favorescer la gente que allí estuviese, con la artillería dél, estando, como estaban, quinientos pasos del fuerte. D. Bernaldino de Velasco dió voces sobre que se guardasen; el Capitán Clemente, siciliano, que es un valiente soldado, y de los que mejor entienden la fortificación, se obligaba á guardarlos con 500 hombres. Pudiéransele dar 2.000 y quedar el fuerte con más gente de la que había menester, y cuando bien éstos se perdieran, viniérales á faltar á los enemigos gente y tiempo para poder sitiar la fuerza: como no se sintiera en ella la falta de agua que hubo, no eran parte seis tantos turcos á tomarla. Toda la gente que allí había quedado se pudiera muy bien entretener con las municiones que quedaban en el castillo, de comer, porque para 2.000 hombres que allí habían de quedar en la fuerza, les quedaba de comer para diez y ocho meses, y dos cisternas de agua, la una con 18.000 barriles y la otra con 13.000, sin palmo y medio que tenía ella de agua cuando se comenzó á hinchir. Esta más pequeña estaba dentro del castillo. Sin tener más agua que ésta nos encerramos, con darse de ordinario 5.500 raciones, sin mucha otra gente á quien no se daba ración.

El Capitán de las galeotas del Duque vino á D. Alvaro á pedirle de comer para la gente dellas ó licencia para irse. Respondióle que no tenía que darle, y en lo de la licencia hiciese lo que quisiese, que él no entendía cosas de mar ni era marinero. Hallándose allí acaso Charles de la Vera, le dijo que pues al Duque no había quedado otra cosa que aquellas galeotas, que las remediase, porque no fuesen á perderse. Respondióle muy enojado que las remediase él; que el Duque se había ido y dejádole allí; que era un hombre remiso y su secretario flojo, no acababa nunca de concluir cosa, y así fué discurriendo por el mayordomo y los demás, tachando á cada uno de lo que le parescía.

Viendo esto el Capitán, que ya no había donde hacer agua, se fué otro día con sus galeotas y otras dos que había allí: una de D. Luis Osorio y la otra de Federico Stait. La de Stait se perdió por no seguir la conserva, habiendo ya escapulado el armada. Fué mal empleada la pérdida en su patrón, porque fué el que mejor se trató de cuantos sicilianos vinieron á ella. Dende á pocos días, queriendo hacer lo mismo la Condesa del Príncipe y otra de Vindinelo, y alistadas ya y puestas en orden para partir, se les fué un esclavo y dió aviso á los enemigos, por lo que se dejó la ida.

A 2 de junio, primero día de Pascua de Espíritu Santo, salieron por la parte de Levante 600 hombres de todas naciones, y llegados á las trincheas de los enemigos, se las ganaron, matando y hiriendo muchos, hasta hacerles desamparar el artillería. Enclaváronle dos piezas della, con punteroles, por no llevar recado de otra cosa. Pudiéranles quemar la pólvora: no osaron hacerlo por no quemarse ellos también. Pasaron adelante secutando la vitoria hasta llegar cerca de la tienda de Dragut. Entrando en otra que estaba junto á ella, mataron muchos turcos, entrellos un hombre principal. Súpose después que era el Sanjach Bay de Negroponte. Todos iban huyendo, si no por unos turcos principales que los hicieron volver á cuchilladas, diciéndoles la poca gente de que huían, porque aún no habían llegado todos los que habían salido al efeto; y de los que entraron, hobo algunos que por embarazarse á robar, dieron lugar á que los enemigos se rehiciesen y degollasen muchos de los nuestros, los que mejor habían peleado y más se habían adelantado siguiendo los enemigos, y así ellos, al retirarse, que se retiraron los nuestros, los siguieron animosamente hasta meterlos en el fuerte, donde quedaron muchos turcos muertos á la marina, junto al muro del caballero Gonzaga. Murió este día el Conde Galván, placentín, y el Capitán Carlos de Haro, peleando como muy valerosos Capitanes. También murió Uncibay, Alférez de Galarza, con muy buenos soldados de su compañía, que entraron con él en la tienda del Visorrey de Negroponte. Era un muy valiente hombre este Alférez, y así peleó este día como tal.

Esta salida se conoció claramente el efeto que se hobiera hecho á haber salido 2 ó 3.000 hombres á pelear con los enemigos, porque si este día reforzaran con otros 1.500 ó 2.000 hombres más, no hay que dudar sino que era nuestra la vitoria. Después de retirada esta gente, dijo D. Alvaro al Capitán Galarza que se había dejado ganar la mano derecha de Carlos de Haro al estar por las trincheas de los turcos; que no había guardado la orden que le dió. El Galarza respondió que ninguno podía decir con verdad que había pasado á pelear delante dél, ni ganádole la mano; y á lo que decía de guardar la orden, que no le había dado orden ninguna. D. Alvaro le dijo que se fuese y que no respondiese otro día tan aficionadamente.

Esto de la orden paresce que se conforma con lo que dicen los soldados que salieron aquella mañana. Estando ya á la trinchea de los enemigos, se afirmaron un poco. Viendo esto los soldados, dijeron á los Capitanes: «¿Qué hacemos que no pasamos adelante? Asaetearnos han aquí los turcos, habiéndonos descubierto.» Respondió Carlos de Haro que no tenía orden para más. No pensó D. Alvaro que esta gente llegara donde llegó, ni que pasasen de las trincheas, pues no les tuvo socorro para pasar adelante. Este Capitán Galarza era un buen soldado, y sacó dos arcabuzazos en la rodela, y dende á pocos días le mataron en el caballero de San Juan de un arcabuzazo.

Desta salida comenzaron los enemigos á recogerse más y fortificarse con trincheas altas de tierra y fajina, y enviaron caballos y gente de pie al paso de la Cántara, por donde se entraba de tierra firme á la isla, creyendo que esperábamos socorro del jeque ó del Rey de Caruán.

A los 3 de junio hizo un calor tan excesivo y ardía tanto el sol, que teníamos por cierto que era fuego que los enemigos habían puesto á la campaña; y como había cuatro días que eran perdidos los pozos y no habían aún comenzado á dar agua de ración, padescióse tanto de sed, que murieron más de 50 hombres, sin más de 300 que quedaron muy al cabo, tendidos en tierra, dando voces por agua. Verdaderamente fué inhumanidad grande de Barahona dejar morir aquella gente, pudiéndola remediar con bien poca de agua.

Deste día hicieron principio de pasarse muchos á los turcos, y vinieron tantos á desvergonzarse tanto en la ida, que se habían huído más de 500 y muertos otros tantos y más de sed, porque los que no tenían ración, y algunos que no les bastaba dos cuartuchos de agua que daban, iban á beber á una gruta de una agua salada que había en ella, que mató á todos los que la bebieron. Corrompíalos, quitándoles la gana de comer, y los ponía secos, y así se iban consumiendo sin poderles dar remedio.

Ibamos cada día retirando y estrechando tanto, que perdimos un pozo de agua amarga que estaba junto á las trincheas donde estábamos, no 30 pasos de ellas. Este pozo tenía agua en abundancia, y aunque amargaba, mataba la sed y no hacía el daño que la salada hizo. A haber sustentado este pozo, remediara mucho la necesidad que se pasaba, y no se nos morían los caballos de sed, por no querer nunca beber de la salada. Cincuenta ó sesenta pasos deste pozo estaban otros dos de la misma suerte de agua.

Un siciliano que llamaban el Capitán Sebastián se ofreció á sacar agua dulce para beber de la de la mar. D. Alvaro le prometió 500 ducados en dinero y 200 de renta. Hiciéronse muchos alambiques y henchíanlos de agua de la mar y les daban fuego, y destilaba agua dulce y muy buena, sana, sin ningún sabor de sal. Hacía 40 barriles della, que bastaban á dar ración á 700 hombres. Cada Oficial, sin esto, hizo su alambico para su casa, y muchos vivanderos hicieron los suyos, con que sacaban agua para vender. Vendíanla al principio á un real el cuartucho; después fué faltando leña, y vino á valer á dos reales el cuartucho, ques media azumbre de la medida de España.

Esta agua fué muy gran parte á que no muriese mucha más gente de la que murió. La cisterna que estaba fuera del castillo, tuvo muy poca. No se dió á un mes entero ración della. O se salía, ó por el mal recado que pusieron en ella, porque la hallamos rota. Una mañana que habían sacado agua della, temióse no la hobiesen abierto para atosigarla. Súpose que lo habían hecho soldados por robar el agua.

Viendo ya al cabo esta cisterna, en quien más confianza teníamos, se comenzó á hacer la mezcla de la salada. Á dos barriles de agua de la cisterna y uno de los alambiques, se echaba otro barril de salada. Esto hizo mucho daño á la gente, que con saber á la sal, no solamente no quitaba sed, pero daba más. Los calores eran tan grandes, y así padescían los soldados más de lo que se puede encarescer; puestos todo el día al sol, sin beber agua que les matara la sed, y esa miseria de ración que se daba, quitaban parte della algunos Capitanes á sus soldados, por lo que vino D. Álvaro á tratarlos muy mal y deshonrarlos. Otros vendían el agua. Hubo Capitán en prisión por esto. Por otra parte, se hurtaban tantas raciones, que fué hasta causa que nos perdiésemos, porque por ello vino á faltarnos el agua tan presto, de que estaba D. Álvaro desesperado en ver la bellaquería y poco miramiento de los Capitanes en un tiempo de tanta necesidad, habiéndoles tomado juramento que dijesen los soldados que tenían, aunque harto mejor fuera tomarles muestra.

Diciendo á Juan Daza que cómo era posible que viniese á faltar tan presto el agua, le mostró cómo se daban 4.000 y tantas raciones. Esto fué ya al cabo de la jornada. Probóse de hacer pozos en el fuerte, de que se sacó agua en abundancia, tan salada, que no se podía beber.

Tratándose de tomar lengua para saber cómo estaban los enemigos, se acordó que saliese un soldado por la parte de levante de las galeras y se fuese la vuelta de las trincheas de los enemigos, como que se pasaba á ellos, como lo hacían otros cada hora, para salir con los caballos y tomar alguno de los que saliesen á tomarlo, que estaban ya tan arregostados los turcos de los que se iban, que en viendo ir uno la vuelta de las trincheas, no salían 20 á tomarle. Como éste partió de las galeras antes que se diese aviso en el fuerte para que le tirasen, salieron unos á él y hobiéranle de matar si no se acogiera á una barca. Después salió otro y salieron á él siete ú ocho turcos; como fueran un poco en la mar, él se iba deteniendo por alargarlos más. En esto salieron seis caballos y cortáronles el paso; alancearon dos dellos que no se dejaban prender, y dieron con uno en tierra dos veces, hasta que llegaron soldados de pie y lo prendieron. Los otros se escaparon: uno dellos hirió un caballo y otro tomó la lanza á otro de caballo. Este prisionero dijo cómo habíamos perdido de haber vitoria aquella mañana que se salió á ellos; que todos iban desbaratados, y que á importunación de Dragut estaba allí el Bajá. Que eran pocos más de 6.000 hombres, y que para sacar éstos había sido menester desarmar las galeras. Que cada día iban turcos á ellas á hacerles guardia, temiéndose no fuesen sobre ellas los cristianos, y que estando como estaban, 40 ó 50 galeras que viniesen las tomaban todas, por estar con tan pocos turcos y tan llenas de cristianos.

Otras muchas veces se salió á tomar lengua y no se pudo, porque todos se dejaban matar por no venir en prisión. Por la parte de poniente salieron cuatro Capitanes italianos á caballo haciendo lo mismo que los primeros, y mataron algunos turcos y trajeron á uno vivo. Estos dos solos se prendieron en todo el tiempo que duró el asedio. Este último dió aviso cómo los enemigos tenían desino de tomar las galeras.

Otra vez se ordenó inviar un soldado que tuviese el primer moro que le llegase á tomar, hasta que llegasen soldados á socorrerle, porque en este tiempo no había caballos. Este soldado salió y lo había hecho tan bien, que dos turcos que llegaron á él juntos los detuvo asidos entrambos un gran rato, y fueron tan de poco los que habían de socorrerle, que no salieron y lo dejaron matar de los turcos.

Á los 6 comenzaron á batir con seis piezas de artillería el lienzo de la puerta del castillo, desde la misma puerta hasta el turrión de la mano derecha, donde teníamos las municiones, porque no pretendían hacer otro, sino quitárnoslas. Nosotros trabajamos en repararlas y mudarlas donde estuviesen en seguridad. Mudaban luego la batería donde sabían que las habíamos puesto. De los que se iban sabían todo lo que hacíamos; pero no hicieron daño en ellas con la artillería, ni cosa en el fuerte de pensar que estar por batería, más que derribar alguna marama del castillo y desencabalgar algunas piezas de artillería nuestras. Pasaron después la artillería adelante y batieron el turrión de la marina del castillo. En éste hicieron más batería que otro ninguno. Pusieron dos piezas á la marina con que batieron las galeras hasta meterlas en fondo, que no se podía estar soto cubierta, que de lo demás, ya ellas estaban en seco en pasando la cresciente.

En las galeras mató mucha gente la artillería, que de 3.000 balas que tiraron mientras duró el cerco, el mayor daño que hicieron fué en las galeras. Al Capitán D. Diego de la Cerda, estando de guarda en ella, le mataron una yegua en que iba y á él le cortaron una pierna, de que murió. Viendo los turcos que la guardia que metían de noche á las galeras salía el día en tierra, acordaron venir á tomárnoslas con desino de batir dellas el fuerte, porque lo más flaco dél era á la marina. Á los 22 de junio por la mañana aguardaron la menguante y salieron de sus trincheas por la parte de levante hasta 2.000 hombres, trayendo algunas escalas. Iban tres dellos delante con estandartes en las manos, corriendo hacia las galeras. Tocóse luego arma en el fuerte y comenzaron á salir soldados, á quien más presto podía, por la puerta de la marina, y por una escala que estaba al caballero de San Juan. La gente iba de muy buena gana, unos de meterse en las galeras para defenderlas y guardarlas; otros para pelear con los enemigos para estorbarles que no llegasen á ellas hasta que los nuestros estuviesen dentro, haciéndoles retirar por dos ó tres veces, hasta que unos turcos que andaban á caballo les daban de cuchilladas. Estos caballos pasaron dos veces por nuestra gente, entre el fuerte y las galeras, haciendo carrera entre los nuestros como si hobieran de jugar cañas, tanto que dieron lugar á que los turcos metiesen las banderas sobre dos galeras que estaban sin gente. La una había servido de hospital y habían sacado la gente y heridos della por la artillería que les hacía daño. La otra estaba medio deshecha.

Poco les duró estar en ellas; echáronlos desde las otras luego á arcabuzazos. Retiráronse los turcos con hartos heridos y muertos. De los nuestros murieron algunos, y los más dellos mató nuestra artillería por andar mezclados con los enemigos. Peleóse muy bien este día: era cosa de ver cuán reñida pelea fué. No dejaron salir mucha gente del fuerte, porque estaban los turcos con aparencia de querer arremeter, y creíase que aquella gente que era fuera, en venir como venían con escalas, diera en el fuerte por la parte de la marina.

Al retirar que se retiraban los que habían venido á las galeras, arremetieron otros por la parte de Levante, hasta llegar junto al fuerte. Pusieron banderetas junto al contraescarpe del foso. Retiráronse luego por el daño que hacía en ellos nuestra arcabucería. Salió herido este día el Gobernador Barahona de un arcabuzazo de que murió dende á pocos días, en público contento de todos, porque era mal criado y demasiadamente cruel: con todo esto era solícito y valiente. También murió el Capitán Diego de Aguayo desgraciadamente de una pieza de artillería nuestra que tomó fuego de un barril que se quemó.

Aquella noche se puso fuego en las dos galeras donde habían estado los turcos. Harto mejor fuera deshacerlas y aprovecharnos de la leña dellas. De ahí adelante se metió muy buena guarda en ellas, sin partir dellas de día ni noche.

En este medio se pasaba mucha gente á los turcos y morían muchos, así por la falta de medicinas como por el mal gobierno que había en el hospital, que aun para enterrar los muertos no nos supimos dar maña, sino echarlos de la muralla abajo, para que entendiesen los enemigos lo poco que podíamos durar, porque huyéndose y muriendo tantos, no podía faltar de verse presto el cabo de nosotros.

Algunos que se huyeron del armada de los enemigos dijeron á D. Alvaro les habían dicho unos renegados, que se espantaban de nosotros, cómo no salíamos á ellos á medio día, que eran idos todos por aquellos jardines á sestear. Lo mismo decían los cristianos esclavos que salían á trabajar á las trincheas, y nosotros los víamos ir cada día desde el castillo.

No aprovechaba nada con D. Alvaro que dejase salir á ellos, antes reñía con los que salían alguna vez á escaramuzar. Todo el día se le iba en decir mal de Capitanes y soldados; lo mismo hacían ellos dél. Uno que deseaba la enmienda desto, le echó una carta del tenor siguiente:

«Iltre. señor: Los que se desvelan y ponen toda su felicidad en ser tenidos y tratados de ilustres, debríanse preciar de serlo, así en obras de buenos cristianos, como de animosos caballeros.

»Digo esto, señor, porque se dice públicamente de vos que vivís como gentil y gobernáis como tirano, y que si hobiérades hecho la centena parte de lo que habéis dicho, pudiéramos caminar de aquí á Constantinopla sin topar con enemigos. Tratándose un día á la tabla del Maestre de Malta que había poca gente para jornada, por la mucha que había muerto, dejistes: que cuando se determinasen todos á no ir, vos solo iríades con la galeota de Estait á tomar á Trípol, y que os echasen con una fragata en Berbería, que con una espada y una rodela la conquistaríades toda, diciendo que eran cobardes y hombres nacidos en hora menguada los que ponían dificultad á la ida.

»Tratándose otro día delante el mismo Maestre que faltarían vituallas, porque había cuatro meses y más que se comía de las que habíamos embarcado, dejistes que no eran menester, que de las piernas de turcos comeríamos (paréceme que nos aliñamos mal á cortarlas, agora que fueran bien menester, teniendo la falta que tenemos de carne), y que respondió el Maestre, como sabio, diciendo que tenía por mejor llevar pan que no ir en aquella confianza.

»Antes que el armada metiese gente en tierra, publicábades que daríades á saco vuestro pabellón el día que viésedes que sacaban artillería, porque se la habíades de ganar y tomar en prisión á Dragut y otros turcos, para cambiar con D. Gastón y demás que allí tienen nuestros.

»Ya salieron dos millas del fuerte harto pocos turcos sin que saliésemos á ellos, y viniéndonos cada día á buscar, pocos y sin orden, no consentíades que se saliese á escaramuzar con ellos.

»Perdistes los pozos en un día, pudiéndolos muy bien guardar, sabiendo que importaba la vida de todos mantenerlos, habiendo dicho muchas veces al Duque que no tenía la fuerza mucha necesidad de agua, porque los 2.000 hombres que habían de quedar en ella bastaban á defender los pozos á toda la potencia del gran Turco, y que con aquellos soldados os atrevíades vos á ir por tierra de aquí á Turquía.

»Harta más gente se ha perdido entre los que han muerto de sed y huídose á los turcos, que se podían aventurar en haber guardado los pozos, como fueron muchos de parecer que se hiciese.

»Respondéis á lo que os dicen que mandéis dar recado á los heridos, que los dejen morir, porque no coman las vituallas. Buena manera es ésta de animar á los sanos á pelear.

»Decís mal del Duque, que es un hombre remiso y que se fué de miedo; que para vos se guardan semejantes empresas que ésta. El día que se ofreció pelear, el Duque, para la poca experiencia que tenía en cosas de guerra, lo hizo tan bien, que echó en vergüenza á los muy pláticos y bravosos. Su venida aquí, y la estada que hizo y la ida de agora, todo ha sido por consejo y parescer vuestro.

»Decís que ya no hay soldados que peleen, y que ningún Capitán se os viene á ofrecer de querer salir á los enemigos, porque no hay alguno que tenga valor y ánimo para ello, y que echáis en más cargo al Rey en guardarle esta fuerza con tan ruín gente, que Antonio de Leyva en guardarle á Pavia y Milán con tanto buen soldado como tenía. Con éstas y otras cosas que estarían mejor por decir, tenéis desdeñada toda la gente de guerra, y dicen que si vos gobernásedes y peleásedes como el Sr. Antonio, que tenéis Oficiales y soldados que harán lo que los suyos, y que si en ellos hobiese la falta que decís, no se os habrían echado á los pies suplicándoos que los dejásedes salir á pelear fuera, como lo han hecho, el Coronel Mas, el Capitán Alvaro de Luna, Jerónimo de la Cerda, Rodrigo Zapata, Galarza, Juan Ortiz de Leyva y otros Capitanes y Oficiales y soldados particulares.

»Dábables por respuesta que se dejasen gobernar, y ansí dicen que en vos solo está la culpa; que os estáis encerrado siempre sin dar una vuelta al fuerte ni consultar con nadie lo que cumple, ni dar orden á nada, y sobre todo, mandáis agora de nuevo echar agua salada en las raciones que se dan á los soldados, que los destempla y quita el comer á todos, de modo que en pocos días los pondrá tales que no se hará provecho dellos.

»Si os teméis de largo asedio, acometed luego los enemigos, porque cuanto más lo dilatáredes, menos gente ternéis para ello, y la que hobiere estará tan débil y flaca, que no podrá pelear. Así que, señor, mirad con tiempo en esto y juntad vuestros Capitanes; dadles parte dello y deliberad lo que más cumple á todos; porque os hago saber que todas las naciones que aquí hay os dan culpa del mal suceso de las galeras, diciendo que por odio y rencor que teníades con algunos, fuísteis cabsa que tardasen aquí más de lo que era menester. Todos piensan avisar al Rey, tanto de lo pasado como de lo presente.

»Héoslo querido señor, decir, porque deseo que salgáis con honra de aquí, por lo que debo al servicio de Dios como cristiano, y al de S. M. como vasallo suyo, para que trabajéis de hacer algún buen hecho en enmienda de lo pasado, pues hay tanta oportunidad para ello, siendo los enemigos tan pocos y estando tan repartidos y derramados, que es muy gran bajeza de los que aquí nos hallamos habernos dejado sitiar de otros tantos turcos como aquí éramos soldados.

»En el fuerte de los Gelves á los 28 de junio, año de 1560.»

De allí adelante comenzó D. Alvaro á salir y acariciar los soldados, mandando dar dineros á los que hacían algún buen hecho ó buen tiro con el arcabuz, y á los 4 de julio, teniendo determinado salir á los enemigos, como la mañana de Pascua, se dejó porque se fueron aquella noche á dar aviso á los turcos siete ú ocho bellacos, y así se mandó echar bando que cualquiera que matase al que se pasaba á los enemigos, le darían seis escudos.

Hubo hartos que ganaron el precio, porque con la golosina del dinero hacían mejor guardia. Todavía salieron de día á una trinchea que venía á la gruta, donde mataron algunos turcos. Los demás la desampararon. No pasaron adelante los nuestros por ser pocos. Las veces que se salió á estas cosas y á escaramuza, inviaban tan pocos, que nunca se hizo cosa que luciese, porque en lugar de reforzarlos y ayudarles con gente, cuando iban ganando tierra á los enemigos, apenas eran llegados á las manos cuando los mandaban retirar, y hacíanlo de manera que siempre dejaban allá los mejores soldados, por no ir á la vanguardia á dar la orden que se retirasen, sino darla en la retaguardia, y así venían á quedar solos los que iban delante. La culpa de esto estaba en los Sargentos mayores.

A los 6 tornaron los enemigos por la misma parte á acometer á las galeras, aunque no con tanta gente como la primera vez, ni duraron tanto en el combate por el daño que rescibían dellas y del fuerte. Así se volvieron, á pesar de los que los mandaban: no bastó palos ni cuchilladas á hacerlos volver.

No salió gente á ellos este día del fuerte por estar bien proveídas las galeras esta vez segunda que vinieron por tierra. Entraban por la parte de Poniente muchos turcos; pero no se acercaron como los otros, porque debían de ir con más gana de robar que de pelear.

Viendo los enemigos que no podían con las galeras, se habían determinado dar asalto al fuerte, y un mal cristiano que se pasó á ellos aconsejó que no lo hiciesen, diciéndoles que estábamos muy apercibidos con ingenios de fuego esperándolos, cargada el artillería con dados y cadenas, que si arremetían recibirían gran daño y no harían nada.

El consejo deste les hizo dejar el desiño que tenían: pasaron dos piezas de artillería al campo de los pozos, y continuaron una trinchea que tenían comenzada que venía á dar al caballero Doria. Después de haber combatido por tierra dos veces las galeras, tentaron por la mar, y á los 8 vinieron del armada con hasta 130 esquifes y barquetas y algunos bergantines empavesados con piezas de artillería pequeñas y mosquetes y ingenios de fuego, con mucha gente de pelea en ellos. Los que traían la artillería y mosquetes combatían con las galeras, mientras los demás trabajaban con hachas y sierras y otros instrumentos romper la palizada y cadenas que nuestras galeras tenían por reparo, de manera que con más de 20 pasos no se podía acostar ningún bajel á ellas. Mientras los enemigos entendían en combatir y romper la palizada, no perdían tiempo los nuestros, tirando á unos y á otros, haciendo gran daño en ellos por tenerlos cerca y á caballero, tirándoles de mampuesto, seguros con los reparos que habían hecho para ello, porque las galeras estaban muy bien abestionadas por la parte que las batían y empavesadas por todas partes. El artillería del fuerte hacía gran daño en los enemigos; echóles á fondo dos esquifes y una barca y matóles mucha gente: con todo esto pelearon hasta hora y media de día, porfiando de romper la palizada, y viendo que no podían, se retiraron con pérdida de más de 300 entre heridos y muertos.

Fué de ver el combate este día. Duró dos horas y media y más, porque vinieron una hora antes que amaneciese sobre las galeras. De los nuestros salieron hasta 30 heridos y los muertos no llegaron á 10. Pelearon muy bien. Halláronse este día en las galeras el Coronel Mas, caballero francés de la Orden de San Juan; el Capitán Fantón, Piantanido y Almaguer. Todos estos Capitanes se señalaron esta jornada como buenos soldados en todo lo que se les encomendó.

Este mesmo día esperábamos que diesen asalto al fuerte, porque estaban los turcos en arma con demostración de querer arremeter. Harto mejor fuera de acometerlos nosotros, pues estaba entendido que el estar así recogidos era de miedo, por ser pocos, que les faltaba aquella gente que combatía en las galeras, porque saliendo por la parte de Poniente pocos soldados de los nuestros, comenzaron á huir los turcos y desamparar las trincheas, y llegáronse con los del montón.

Aquella noche se metió fuego á las dos galeras por tener menos que guardar, y para lo que después sucedió, fuera mejor quemarlas todas, por quitar desinios que nadie se fuese á favorescer en ellas, y porque hiciera más servicio en el fuerte la gente que se ocupaba en guardarlas, y por estar ya los turcos tan cerca del fuerte, que no se podía entrar ni salir á ellas sin gran riesgo, y así mataban cada día los más de los que les llevaban agua y de comer, tanto que no se osaba ya ir de día á proveerlas; y viendo los turcos que iban de noche, aguardaban á un barcón que estaba cerca dellas, al paso, y allí prendieron muchos en veces, así de los que iban á llevar la provisión, como de los que entraban y salían de guarda.

Como los turcos vieron que no podían nada con las galeras en cuatro veces que habían probado de combatirlas, tornaron de nuevo á trabajar en la trinchea que solían, hasta llegar á la gruta para quitárnosla, creyéndose que con ella nos entreteníamos, sin tener otra agua para beber.

Viéndolos venir tan cerca con esta trinchea, fueron algunos á decir á D. Alvaro que era mal hecho dejar venir los enemigos tan adelante. Respondíales que los dejasen llegar. Por la marina de Levante vinieron también con otra trinchea hasta llegar al parapeto del foso, y arrimados á él levantaron un turrión con palmas y tierra. Lo más de entorno del fuerte, que era piedra, que á 200 ni 300 pasos no se podía hacer trinchea. Cuando llegaban á estas partes, la hacían de noche con tierra y fajina. Era cosa de admiración la solicitud y atrevimiento que tenían en arriscarse á trabajar donde tantos morían.

Este turrión que comenzaron á levantar descubría todo el caballero de Gonzaga. El Capitán Juan de Funes estaba de guardia en él; fué á Don Alvaro y díjoselo: respondióle que tenía miedo de los enemigos y por eso venía con ese mensaje. El Juan de Funes le dijo que ya él sabía cómo él peleaba, y salióse enojado diciendo que no entraría más en su casa ni le daría aviso de nada. D. Alvaro le mandó llamar; comenzóle á acariciar diciéndole: «Vos no sabéis que habemos de venir con los enemigos á las manos: dejadlos; lléguense cuanto quisieren.»

En pocos días levantaron otros tres turriones, que no aprovechó para que los dejasen de hacer tirarles mucha artillería y salir á quemárselos. Éstos descubrían los caballeros y todo el fuerte, de manera que no se podía andar por él ni estar en las tiendas, que por todo llovía balas y flechas. Mataron al Capitán D. Luis de Aguilar y á Tapia, y á Alvaro de Luna hirieron, de que murió.

Después del armada, éste se puede alabar que sirvió extremadamente bien, aunque no tenía allí su compañía. Daba cada día cinco ó seis vueltas al fuerte, lo que no hacía Capitán ni Oficial ninguno.

A los 19 acometieron dar asalto por todas partes y cargaron á la parte de la gruta y ganáronla. Perdióse en ella el Alférez Juan Pérez de Vargas con siete soldados. No llegaron por otra parte alguna á pelear. Ganada la gruta, caminaron por el foso hasta llegar al caballero Doria, y comenzaron á cavar y sacar palmas dél, y hobo turcos tan animosos que subieron arriba hasta el parapeto, donde los mataron. Los de abajo cavaban todavía en el caballero, por no haber través donde les hiciese mal.

De arriba les echaban trompas y ollas de fuego artificial y barriles de pólvora, con que quemaron muchos, mas no para que se les quitase de cavar.

No se podía descubrir nadie en nuestra muralla que no los asaeteasen desde sus torreones y desde el mismo parapeto de nuestro foso, donde se había puesto su escopetería, porque había días que lo había mandado desamparar D. Alvaro por los muchos que se iban de allí á los turcos, que desde el día del gran calor hasta que nos perdimos, siempre se fueron, pocos ó muchos. Todos los que se fueron eran italianos y españoles, que de los tudescos y franceses hubo muy pocos ó ningunos que se fuesen, y esos que se iban no eran de su nación, sino que andaban entre ellos por saber la lengua. Fuéronse algunas mujeres tudescas, y así se pueden loar estas dos naciones no haber caído en una tan gran maldad.

Viendo los enemigos que tan á su salud los dejaban cavar en el caballero, sin salir á estorbárselo, se llegaron aquella noche á los demás, y hicieron lo mismo, y en tres días los pusieron de manera que se podía subir á caballo por ellos. Cuando los enemigos vinieron á esto, teníamos muy poca artillería de que servirnos, que mucha había reventado y otra por encabalgar, y para las piezas pequeñas no se hallaban ya balas. Esto fué por la mala orden que tuvo al principio el Gobernador Barahona, que antes que nos sitiasen no se descubría el turco una milla que no le hacía tirar 20 piezas, y así sin provecho gastó los cañones y vino á faltarnos cuando más lo hobimos menester.

Como los enemigos iban trabajando en cavar y derribar los caballeros, íbamos por la parte de dentro cortándolos y fortificándonos lo mejor que podíamos. No se entendía en otro todas las noches, porque de día no se podía trabajar por estar, como estábamos, descubiertos. Del campo de los enemigos se echaron flechas escritas y otras con pólizas de avisos para que estuviésemos apercibidos que querían dar asalto.

Un renegado entró muchas veces á hablar con D. Alvaro; no se supo lo que trataba con él: algunos quieren decir que era echadizo, y así los renegados que hablaban cada noche desde sus trincheas con los nuestros decían que nos guardásemos, que nos engañaba aquel renegado, que estuviésemos avisados que quería huirse D. Alvaro del fuerte, que nos rindiésemos con tiempo, que nos harían todo buen partido. En esto se huyó un cristiano del armada: dijo la falta que tenían de vituallas, por lo que tenía por cierto que se irían muy presto.

A los 23, ya tarde, arremetieron por la parte de Levante al caballero de Gonzaga y á la cortina que estaba hasta el de La Cerda, y teniendo tan buena entrada, no tardaron de subir arriba. Menos tardaron los nuestros en echarlos abajo, peleando animosamente, hiriendo y matando en los enemigos, haciendo lo mismo todas las veces que porfiaron á subir. D. Alvaro anduvo este día como muy buen caballero, haciendo lo que debía, así á buen General como á buen soldado, con un crucifijo en las manos, animando á todos, mostrándole el Capitán en cuyo nombre combatían.

El combate este día fué bien reñido y duró más que ninguno de los pasados, y durara mucho más si el día diera lugar á ello, porque los turcos que mandaban daban palos y cuchilladas á los que se retiraban de la batería, y reforzaban cada hora el combate. Estos días hobo muchos heridos y muertos de los turcos. De los nuestros muy pocos. Murió el Capitán D. Jerónimo de Sande, sobrino de D. Alvaro, peleando como buen caballero. Dió luego su compañía D. Alvaro al Sargento della, que se llamaba Francisco Ortiz, un muy valiente soldado. Matáronle dende á dos días en el mismo lugar. Al Alférez Salazar mataron nuestros soldados por tirar á unos turcos con quien peleaba. Desta manera murieron muchos esta jornada por la poca plática de nuestra arcabucería. Los enemigos mataron desde su campo, dentro en el fuerte, el tiempo que duró el asedio muy mucha gente, y entre ellos Capitanes y Oficiales de todas naciones muy valientes y animosos, que por no saber sus nombres los dejo de nombrar. Al Coronel de tudescos hirieron de un arcabuzazo en la cabeza en el caballero de la Cerda, de que murió dende á pocos días. Pesó á todas naciones la muerte deste Coronel, que era muy valiente y muy bien quisto. Tomó D. Alvaro la Coronelía para sí y puso un Teniente en ella. A Piantanido, Maestre de campo de los italianos, mataron el día de la gruta en el caballero de San Juan de un arcabuzazo: murió luego en cayendo. Era un muy valiente soldado y solícito y muy bien entendido en cosas de fortificación. El mismo día mataron al Capitán Juan Ortiz de Leyva, muy buen soldado. Al Capitán Escolar habían muerto dos días había.

La noche que se había dado el asalto al turrión de San Juan, llegó una fragata de Sicilia con cuerda, que era bien menester, y medicinas, de que había tanta necesidad, que hobiera dado la vida á muchos á venir antes. Dende á dos días estaba despedida para irse. Impidióla D. Alvaro, y mandó al Capitán Pedro y á su hermano que pusiesen en orden otra fragata de un trapanés que estaba allí por la corte desde que el Duque se fué.

Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos, y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos, publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á ganarles los pozos.

Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear, dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.

D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen desde allí sus partidas.

Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese el dedo pulgar.

La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella. Comenzando á salir, se dió por nombre Jesús, dando á entender á todos que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.

Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.

Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia, questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20 particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron, pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:—«¡Vitoria, vitoria!» que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales. En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.

Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería como solían y flechas, como otras veces.

Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir la gente de arrancada.

A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio de Nápoles, tomaron en prisión.

Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros particulares se recogieron al castillo.

El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila, D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.

Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán, Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.

El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías, y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados. Respondióle Juan Pérez de Vargas que fuese él. Dende á poco salieron fuera y anduvieron en concilios de una á otra sobre lo que harían, sin resolverse en nada. Antonio de Avila fué á D. Juan de Castilla de parte de algunos Capitanes, diciendo que le habían estado esperando para que dijiese su parecer, para darle el cargo del gobierno de aquel fuerte. D. Juan le respondió que por no dejar la batería sola no había ido. El Antonio de Avila prosiguió diciendo que todos holgarían que acetase el gobierno, que por estar el fuerte de manera que no se podría defender, ni había gente para ello ni agua que beber, que alzase una bandera para tratar partidos con el Bajá. D. Juan respondió que si él acetase el gobierno, había de ser para defender el fuerte y no para rendirle: que si para esto querían, que él tomaría el cargo. El Antonio Dávila se fué con esta respuesta.

Juntáronse esta mañana en la tienda del Capitán Zapata, que estaba en la cama herido de una flecha, y acordóse entre los que allí se hallaban de escribir una carta á D. Alvaro dándole á entender cómo su ida había alborotado toda la gente; que viniese á dar orden de lo que había de hacer; donde no, que ellos harían lo que viesen que cumplía. Hecha esta carta y firmada de muchos, no la enviaron por parecer á algunos que tardaría en venir respuesta para sus disinios, que era rendir el fuerte, temiendo que los enemigos diesen asalto.

Tratándose en la misma tienda que era bien ver el agua que había en la cisterna para gobernarse por ella, dijo Juan de Funes que en lo del agua no había que tratar, que no había para más de aquel día. Corrales les dijo que no era posible porque él había tenido cuenta del agua que se había echado en la cisterna y con los días que se bebía della; que había agua para más de quince días. Acordóse que los dos, con D. Guillén de Barbarán y el Sargento Hidalgo, fuesen á verlo en presencia de muchos soldados, y hicieron entrar en la cisterna un moro que se llamaba Xama, que era de los que les pesaba de ver que se tratase de rendir el fuerte, porque era muy valiente y había mucho que servía en nuestra caballería, en la Goleta y Sicilia, y habiendo salido de la isla á acompañar al Infante de Túnez, le dejó en tierra firme y se volvió á meter en el fuerte, diciendo que, pues en tiempo de paz había llevado el sueldo del Rey, quería venir á servirle en la guerra.

El agua que tenía la cisterna daba á este moro, con ser alto, cerca de la horcajadura. Después entró otro y lo midió con una cana de la medida italiana, y halló tres palmos y medio de agua, ques una vara de España, y más la cisterna tenía cuatro canas de hueco. Cada cana verná á ser dos varas y una tercia de la medida de España.

Como el Joan de Funes vido el agua que había, comenzóse á santiguar diciendo: «Buena casquetada han hecho hacer á D. Alvaro.»

Los mismos que fueron á ver la agua llamaron á Pedro Ginovés, que repartía las raciones por la lista que tenía, y demandáronle que menguaba cada día la cisterna, y dijo que no llegaban á tres dedos; de manera que, dando las raciones que se daban, había agua para quince días; y si se tomara reseña de la gente que había, para que no se diesen raciones demasiadas, como se daban, había agua para mucho más; y sin nada desto, los alambiques solos de la munición y los de particulares bastaban á sustentar 800 hombres y más cada día, dándoles ración sin mezcla de agua salada y darles un tercio más de agua que se les daba.

En esto iba por el fuerte un capellán de Don Alvaro, que se decía Carnero, animando los soldados, diciendo que los que se habían ido lo habían hecho de cobardes y ruínes. Iba muy alborotado porque le habían dicho que se juntaban en la iglesia muchos Oficiales y soldados, donde él tenía las conservas quél había retirado del hospital porque no hicieran mal á los enfermos, y los dineros que habían dejado los muertos á quien él era amigo. De cuán flojamente se pasó con los enfermos, porque se dió mejor maña á ser albacea que á hacerles curar, que si los que morían dejaban algunos dineros á los clérigos y frailes que allí les servían, se lo tomaba. Hallando en la iglesia muchos Capitanes que se habían recogido para tratar lo que habían de hacer, les dijo mirasen que estaban en la casa de Dios, donde se había de tratar verdad y lo que cumpliese á su servicio y al de Su Majestad, y á la honra y provecho de todos, que era morir por la fe de Jesucristo. Después vino al castillo á reñir con el Gobernador Olivera y el Castellano, exhortándoles lo mismo. Si los Oficiales tuvieran el ánimo y determinación deste clérigo, no viniéramos á lo que hemos venido.

El Capitán Pedro y el Secretario Alarcón fueron en una barca á las galeras, donde llevaron agua y bizcocho y los remos y velas de una fragata. Fueron en esta barca el Coronel Mas y Mos de Indón, diciendo que iban á traer á D. Alvaro, pero no volvieron más al fuerte. A medio día se tornaron á juntar los Capitanes y hicieron Gobernador del fuerte al Capitán Rodrigo Zapata, que se había levantado de la cama. Después de haberle elegido le dijeron los mismos Capitanes que por estar el fuerte como estaba no se podía defender; sería bien alzar una bandera para tratar partidos con el Bajá. Respondió que no había acetado el cargo para rendir la fuerza, sino para morir en ella defendiéndola; por lo demás, acudieran á Olivera, Gobernador, y ansí fué el Capitán Collazos á hablar á Olivera de parte de todos. Respondióles que hiciesen una carta quél la firmaría, y daría por bien todo lo que hiciesen.

La carta se escribió en la misma tienda y llevóla á firmar el sargento de Francisco Henríquez. No la pudo firmar Olivera por la herida que tenía en la mano. Envióles á decir que la firmase uno por él, que daría por bueno todo lo que los Capitanes hiciesen; con todo esto, el Zapata salió de allí y fué dando orden por toda la muralla que todos tomasen sus armas, porque los enemigos estaban de manera de querer dar el asalto. Los tudescos estuvieron todo aquel día en orden sin partirse del cuartel que tenían á cargo, diciendo que harían lo que los españoles y italianos y franceses. Ansí Oficiales como soldados se fueron con las armas á sus postas, ofreciéndose de guardarlas ó morir en ellas: muy buenos soldados.

Andando en esto, encontró con el Sargento mayor Antonio Dávila, que venía hacia el castillo, y díjole que se fuese por 30 soldados y los llevase al caballero de la Cerda. Respondióle que, pues había Gobernador nuevo, hiciesen Sargento mayor también. Mientras el Zapata andaba por la muralla, se juntaron en la tienda de Juan Osorio de Ulloa, que estaba en la cama malato, cuatro Capitanes: Joan de Funes, Joan del Aguila, Zayas y Borja. Estos trataron que se rindiese el fuerte y enviaron al Zayas á hablar á Zapata de parte de todos para que hiciese alzar bandera. El Zapata le dió por respuesta lo mismo que había dicho en la tienda de Joan Pérez de Vargas. Viniendo todos juntos á persuadírselo, porfiándole que lo hiciese, respondió que nunca Dios quisiese quél acabase de perder lo que otros habían comenzado. Joan de Funes respondió que ya no era tiempo de aguardar más; que los enemigos estaban para dar el asalto; quél tenía orden de D. Alvaro de lo que se había de hacer; que D. Alvaro no había salido del fuerte con disinio de volver más á él.

Dende á poco fueron Zayas y Joan de Funes y hicieron á un soldado, llamado Villacis, que arbolase una bandera en una pica. Éste lo hizo luego. Viendo esto los turcos, arbolaron una toca, y ansí se fué el Villacis y los dos Capitanes tras él. Joan del Aguila se echó por otra parte, y ansí se fueron todos al Bajá, de su propia autoridad.