XIII.

A la Alhambra le llevó
el Rey, y con él entrando
en la sala de Comares,
viendo que su acervo llanto
no cesaba, interrogóle:
Ataide en acento opaco
le contó su desventura,
y el Rey atento escuchando,
cuando brevemente Ataide
finó su triste relato
le dijo con grave acento,
pero cariñoso y blando:
—Es misterioso y terrible
el decreto de los hados:
se cumple lo que está escrito:
si por tu madre en espanto,
Ben Jucef el Meriní
huyó en su fuga lanzando
una maldicion, ¿qué piensas
que esto fué?
—Yo no lo alcanzo
—exclamó Ataide abatido.
—Ben Jucef sabrá explicárnoslo
—dijo el Rey:—y de su guardia
al punto un kaid llamando
le mandó fuese á la casa
de Aben Jucef con mandato
de que, sin perder momento,
se presentase en palacio.
El kaid salió, y á poco
volvió trayendo recado
de que en aquel mismo dia
Ben Jucef, abandonando
á Granada con su hija,
con una guardia de esclavos
y á su torre de Almuñécar
el camino enderezando,
á pasar al Mogreb iba
resuelto y determinado.
—¿Cuándo partió?—dijo el Rey.
—Al amanecer.
—¡No ha estado
entónces en la batalla!
Que enjaecen dos caballos;
tú kaid con cien zenetes
nos iréis acompañando.
Véte.—Y tú no desesperes,
que, pues salvaste bizarro
mi vida, yo salvaré
tu corazon en los brazos
de Leila, ó con su cabeza
Ben Jucef me dará el pago.—
Poco despues, sin reposo
de su abrumador cansancio,
el Rey y Ataide partian,
sirviéndoles de resguardo
cien alentados zenetes
en poderosos caballos,
y por la puerta de Lachar
lanzándose sobre el campo,
atravesando el Genil,
hácia la costa bajando,
por la falda de la sierra
tomaron al trote largo.

XIV.

Ya el sol sobre su ocaso descendia
abrillantando las hinchadas aguas,
y en el brumoso y cárdeno horizonte
rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas,
próxima tempestad y formidable
fatídicas, siniestras, auguraban,
cuando el Rey por las puertas de Almuñécar
se metió con Ataide y con su guardia.
Transidos, sudorosos los caballos
de la violenta presurosa marcha,
por montañas que al cielo se atrevian,
por valles que al abismo se humillaban,
inútiles al fin hubieran sido
á seguir la durísima jornada.
Supo el Rey que Jucef partido habia
con rumbo hácia la roca solitaria,
que avanzada á la mar con su arrecife
desde los muros, al levante, vaga,
coronada de niebla se veia
como un siniestro aterrador fantasma.
Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto,
á toda vela un barco se alejaba,
y de sus remos la pujante fuerza
ayudaba del viento á la pujanza.
—¡A la playa!—con voz temblando en ira
el Rey prorumpe, y á la playa bajan;
se quedan los caballos en la arena,
el Rey y Ataide y los zenetes saltan
á una larga y fortísima almadía,
que las agudas velas desplegadas,
el arraez atento al gobernalle,
la chusma al remo en las salientes bandas,
su bandera de rey enarbolando,
del barco de Jucef se pone en caza;
crecen las sombras y la bruma crece;
las olas, cual montañas, se levantan
rodando en turbillon, rugiendo horribles
al formidable empuje de la racha;
crujen atormentadas las maderas,
saltan silbando las forzadas jarcias,
y el Rey, que se mantiene en la crujía,
Ataide al lado, que agoniza y calla,
el Rey, que sin pavor mira la furia
del viento y de las olas encrespadas,
grita con ronca voz:—¡Cargad las velas!
¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava
venced del mar y el viento! ¡avante, avante,
que ese infame traidor se nos escapa!—
Y tanto reman, tanto maniobran,
que al fin la nave de Jucef alcanzan,
y los enormes ganchos de abordaje
en ella aferran y su mura asaltan;
como una tromba los zenetes entran,
cuanto á su paso encuentran desbaratan,
y al castillo de proa el Rey acude,
donde Jucef, inmóvil, se levanta.
Una mujer, que doblegada llora,
cuya flotante vestidura blanca
se señala en la sombra, ante él se mira
de feroces esclavos rodeada.
—¡Leila!—con voz de angustia Ataide grita.
—¡Tuya en la eternidad!—llorando exclama
la mísera doncella.—El Rey, airado,
llega á Jucef, y con la voz que manda
segura del respeto y la obediencia:
—¡Dame á Leila en el punto—dice—ó guarda!
Se estremece Jucef y en voz horrenda
prorumpe en su furor:—¡La infame al agua!—
Y se oye un grito de terror que hiela,
sobre la mura, despedida salta
una blanca figura que la ola
en su espumosa cresta coge avara.
Se demuda Ismail, silba su acero
arrancado con furia de la vaina,
y en el instante mismo la cabeza
de Jucef, de su tronco cercenada
por el terrible golpe, de la proa
rebota horrible y á la mar se lanza:
y Ataide, de dolor desesperado,
del castillo se arroja, la mar gana,
y allí á donde una blanca vestidura
sobre las ondas flota, ansioso nada;
sus esfuerzos redobla, avanza, llega,
y la cabeza de Jucef le aparta,
chocando en su cabeza, y siempre y siempre
que domina su vértigo y mar gana,
para llegar á Leila, formidable
la cabeza cruel lo estorba airada.
Leila, al fin, desparece entre las olas;
Ataide, loco de dolor, desmaya,
enervados sus miembros se entorpecen
y las olas horrísonas le tragan.
Desaferrada en tanto la almadía
por salvar á los náufragos avanza;
monta las olas y á la fin se encuentra
en frente de la roca en que, irritada,
rompe la mar con fragoroso estruendo,
y hasta la gruta sus espumas lanza.
Con asombro del Rey y de los suyos
la gruta gigantesca iluminada
por lívido fulgor fosforescente
se muestra, y de hermosura sobrehumana
esplendorosa, Leila, ansiosa gira,
buscando á Ataide que incesante vaga
en el pálido ambiente, y que angustioso
de amor, de espanto y de dolor en ansia
á ella tiende los brazos, que le mira
la rubia cabellera destrenzada,
y los brazos le tiende, y siempre y siempre
que se aproximan, en su giro, rauda,
revolviendo sus ojos infernales
la sangrienta cabeza los separa.
Al ver esta vision la frente humilla
el creyente Ismail, y en voz ahogada:
—¡Dios solo—dice—sabe los misterios
que en el humano corazon se guardan!
¡Él solo sabe lo que estaba escrito!
¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva!
¡Infierno del amor, de tí me aparto!
¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!


XV.

Y el Rey contó la tradicion sombría
de la espantosa roca, que áun se guarda,
y que en los bellos cuentos de la costa
áun el Infierno del amor se llama.

FIN.

PRECIO:
Una peseta en toda España.