Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.
Impedí que lo hiciese, y les rogué que me procurasen un carruaje.
Aquella buena gente me sirvió de la manera más solícita, y se negó de todo punto a recibir la gratificación que yo les ofrecía.
Es un bello rasgo, exclusivo de los españoles, el negarse a recibir una recompensa cuando creen que han debido hacer lo que han hecho, y este hecho se refiere a la caridad.
Es una bella manera de igualar al pobre con el rico.
En esos casos la palabra gracias del fuerte, vale tanto como el Dios se lo pague del desvalido.
Esto suponiendo, que el rico que da las gracias tiene corazón.
Yo adoro la caridad: los hombres que tienen caridad son mis hermanos.
. . . . . . . . . . . . . .
Débil, con la cabeza llena de una vaguedad febril, con el corazón fuertemente agitado, fui conducido a mi casa, donde hube de meterme en cama.
El efecto que había causado en mí la resolución suprema de Amparo, mi terror por perderla, mi ansiedad, mi duda acerca de recobrarla, me decían claro que Amparo había llegado a constituirse para mí en ese ser que es la mitad de nuestra existencia.
Sentía en el corazón un vacío doloroso; una hambre aguda, permítaseme esta frase, vacío que sólo ella podía llenar, hambre que sólo ella podía extinguir.
Nunca mi voluntad luchó tan poderosamente contra una dificultad que casi tenía para mí el carácter de un imposible.
Amparo huía del mundo y se encerraba con la desesperación de su misterioso amor en un convento.
Yo me desesperaba: yo tenía celos de un fantasma: yo aborrecía al hombre que Amparo amaba.
Ninguna solución me venía al pensamiento bastante a consolarme, ya que no a curarme de mi desesperación.
Yo, como todos los desesperados, como todos los vencidos, me hubiera creído feliz con muy poco: con vivir a su lado como su hermano.
Este tímido deseo me inspiró un pensamiento, y la inspiración de este pensamiento llevó mi mano al cordón de la campanilla, del que tiré fuertemente.
—Vaya usted mismo al instante, dije a mi ayuda de cámara, a la calle tal, tal número, tal cuarto; diga usted al padre Ambrosio que deseo verle al momento, que estoy enfermo, que le espero con impaciencia; lleve usted un carruaje, y tráigase usted al padre Ambrosio.
Media hora después, el exclaustrado entraba en mi alcoba.
Acercose a mí con la más viva solicitud.
—¡Oh! ¡Dios mío!—dijo, comprendiéndolo todo—¿con qué tanto la ama usted?
—Amparo me ha convertido en un niño—le respondí.
—¡Que feliz hubiera sido amándole a usted!
—No pensemos en eso. Le he llamado a usted, no para hablarle de mi amor, sino para pedirle que me ayude, que me auxilie.
—¿Y en qué? ¿Cómo?
—Yo comprendo que Amparo ha entrado en el convento desesperada.
—Es verdad: Amparo que nada espera en el mundo, se ha arrojado sollozando en los brazos de Dios.
—Pero Dios está en todas partes.
—Indudablemente.
—Por ejemplo: en mi casa puede encontrar a Dios como en el convento.
—Y ¿de qué modo puede estar Amparo en su casa de usted sino como su esposa?
—Cabalmente: eso es: quiero casarme con ella.
Volvió a ponerse pálido el padre Ambrosio como cuando le dije que la amaba.
—Si usted pide a Amparo su mano—me dijo gravemente—se casará con usted: si usted la abre sus brazos, se arrojará en ellos... pero ¿olvida usted que ella ama?... ¿Que ella al ser de usted apurará un sacrificio mortal? ¿No ha comprendido usted a Amparo?
—Sí; y del mismo modo que la comprendo a ella, quisiera que usted me comprendiese.
—Comprendo que la ama usted, que la desea, que quiere casarse con ella.
—Quiero darla únicamente mi nombre, y con mi nombre, mi posición; quiero arrancarla de la exageración del claustro; si desea soledad, en mi casa la tendrá; independiente de mí su habitación, si lo desea, será una especie de celda; si acepta mi brazo, si me presta el suyo, nos apoyaremos el uno en el otro; seremos hermanos. Su virtud estará a cubierto de toda murmuración, sin que ella se vea reducida a un encarcelamiento eterno, a prácticas fatigosas, a rivalidades y a pasiones de mujeres irritadas por el secuestro, desnaturalizadas, convertidas en un ser de distinta especie por el aislamiento. Amparo tiene el corazón demasiado grande para que no sufra comprimido por los caprichos monjunos y por las mil penalidades sordas y continuas del claustro; en una palabra: Amparo se ha arrojado en una tumba, y es necesario sacarla de ella antes que la tierra de esa tumba la cubra y la sofoque. Es necesario que Amparo sea mi hermana y que viva a mi lado bajo el pretexto de que es mi mujer.
—¿Y está usted seguro de que un día no se irritará su amor y abusará en su posición? ¿Sabe usted el inmenso sacrificio que será para Amparo pertenecer a un hombre a quien no ama?
—Era necesario para que llegase ese caso que yo dejara de amarla, y que además abdicase de mi corazón y de mi orgullo.
—¿Con que decididamente quiere usted casarse con ella?
—Sí.
—¿Y con qué pretexto la haremos la proposición?
—Con ninguno; usted la dirá únicamente la verdad.
—¡La verdad! ¡La diré que usted la ama!
—No: eso no sería la verdad. El amor que como mujer me inspira, no es la causa de nuestro matrimonio. La causa de nuestro matrimonio es su aislamiento. Yo no me había de casar nunca; necesito por otra parte a mi lado un afecto dulce, tranquilo. Hágala usted comprender que me caso con ella... por la misma razón porque la arranqué de su miseria.
—¡Por caridad!
—No; no nombremos la palabra caridad: me caso por afecto... por interés... porque la amo como si fuese mi hermana... quitemos a la verdad lo que pueda tener de humillante... ya sabe usted que las habemos con un corazón altivo.
—Bien; la hablaré, pero desconfío: por lo mismo, y como esta comisión es harto delicada, quiero que esté usted presente.
—¡Yo!... de ningún modo.
—Hay un medio: en el locutorio puede usted estar a un lado de la reja sin que ella le vea.
—Eso es repugnante.
—Necesito que usted asista a esta grave conversación... compréndame usted y disculpe como debe mi franqueza.
—Pero yo confío ciegamente en usted.
—Y yo desconfío del buen éxito de mi mensaje. Por lo mismo, quiero que usted asista a mi lado.
—¿Y si yo resistiese?
—Resistiría yo.
—Pues bien: iremos.
. . . . . . . . . . . . . .
Dos días después estábamos en uno de los locutorios del convento de... el padre Ambrosio y yo.
Colocado junto a la pared en que estaba la reja del locutorio, Amparo no podía verme.
El padre Ambrosio estaba sentado en un sillón delante de la reja cabizbajo y profundamente pensativo.
Yo, detrás de él a poca distancia, escuchaba con toda el alma en los oídos.
Oyose abrir una puerta, y luego un paso reposado de mujer, el crujir de un vestido, y luego el gruñido cariñoso e impaciente de un perro.
—¡Ah! ¿Es usted?—dijo Amparo.
—Sí, yo soy, hija mía, que vengo a sacarte del convento.
—Y ¿cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?
—Tu protector conoce, como conozco yo, que no tienes vocación al claustro.
—Eso importa poco, porque tengo menos vocación al mundo.
—Tu protector comprende que has entrado aquí desesperada.
—No lo niego.
—Quiere que tu suerte sea menos triste.
—Eso depende de Dios.
—Pero Dios se vale de los hombres.
Guardó Amparo silencio durante un momento. Mustafá seguía abalanzándose a la reja y gruñendo.
—Yo no podía permanecer en la difícil posición en que me encontraba—dijo al fin ella—me veía expuesta a atrevimientos de todo género. No podía tener a mi lado más que personas extrañas... y luego... en fin... si el claustro es una tumba... es lo que me conviene... sufriré, concentraré mi dolor hasta que el dolor me mate... le sufriré resignadamente, y Dios me perdonará. Yo no puedo vivir como vivía, padre Ambrosio... no... no... era un tormento para mí... Dígale usted que yo le agradezco con toda mi alma el interés que por mí se toma. Que mi felicidad depende de un milagro de Dios, y que... dentro de poco ese milagro será imposible.
—Amparo—repuso con autoridad y con firmeza el exclaustrado—las exageraciones jamás producen buenos resultados. Empiezas a vivir...
—Yo creo que ya he vivido toda mi vida.
—Sea como tú quieras; pero estamos perdiendo el tiempo. Tengo que hacerte una grave proposición.
—¿De su parte?
—De su parte.
—¿Y cuál?
—Te pide formalmente tu mano.
Sucedió uno de esos solemnes silencios que se hacen oír; uno de esos silencios cuya duración no se puede contar: uno de esos silencios que son más elocuentes que todas cuantas palabras pudieran imaginarse para reemplazarles.
Luego Amparo dijo con la voz trémula, como aterrada: con acento incomprensible:
—¿Lo manda él?
—El desea que tú... vivas mejor... que... en fin...
—No, no quiero explicaciones de ningún género, repuso con una precipitación entrecortada Amparo... comprendo... lo comprendo todo. ¿Lo manda él?
—El lo quiere... porque...
—No, ni una palabra más, padre Ambrosio: dígale usted que si él quiere... yo también quiero...; pero pronto... pronto por Dios... que yo pare al fin donde Dios quiera que vaya a parar.
Y entonces no pudo contenerse y rompió a llorar, luego se oyó un paso precipitado, y la puerta que se cerraba.
—Vea usted su obra, me dijo con desesperación y aun con ira el padre Ambrosio. Hemos desgarrado el corazón de esa pobre Amparo.
—No importa, le dije saliendo con él del locutorio. El tiempo la demostrará mis intenciones, y cuando las reconozca recobrará la paz.
Y salimos del convento.
Aquel mismo día escribí a mi tío una carta que sólo contenía estas breves palabras.
«Me caso con una mujer digna de mí, y espero que saliendo por un momento de su retiro, venga usted a presenciar nuestra unión.»
Aquel mismo día también puse en movimiento mi casa.
Invadiéronla tapiceros, renové el mueblaje, aumenté mis trenes y mi servidumbre, y preparé la servidumbre particular de Amparo.
En cuanto a las habitaciones de ésta, no perdoné gasto ni cuidado, y quedé satisfecho.
El dormitorio, el tocador, el cuarto de labor y el gabinete de Amparo eran sumamente bellos y ricos, en medio de una gran sencillez.
Sólo se esperaba para efectuar el casamiento la llegada de mi tío.
Pero en vez de él llegó a vueltas de correo la lacónica carta siguiente:
«Cuando tú te casas, tu esposa debe ser un prodigio. Me alegro de tu resolución, porque el matrimonio te dará una vida nueva. Quiera Dios que seas más feliz que yo lo he sido. Ofrece a tu, para mí incógnita, consorte, todo el cariño que la corresponde por mi parte como cosa tuya, y si te pareciere bien, daos ella y tú por convidados a estas orillas en el estío próximo.»
Yo conocía a mi tío y sabía que no había de venir.
Así, pues, la tarde del mismo día en que recibí esta carta, el padre Ambrosio fue por Amparo al convento.
Se me presentó ricamente vestida de blanco, coronada de rosas blancas y más pálida que las rosas de su corona.
Al darme la mano al pie de la escalera la sentí estremecerse; pero aquel estremecimiento pasó, y continuó serena hablando conmigo con suma naturalidad de cosas indiferentes.
La ceremonia fue muy triste: el padre Ambrosio nos dio la bendición, mi administrador general y mi mayordomo fueron nuestros testigos.
Nadie más asistió.
Después de esto, Amparo quedó sola conmigo.
Yo estaba sobrecogido.
No sabía hasta qué punto era grave el paso que acababa de dar.
Y la gravedad de este paso no me asustaba por mí; me asustaba por ella.
Al preguntarla el padre Ambrosio si quería ser mi esposa, un estremecimiento profundo agitó su mano, la sentí fría y pronunció un sí apenas articulado.
Después cuando nos quedamos solos, me miró frente a frente, pálida y conmovida, sus ojos se llenaron de lágrimas y luego me asió las manos y exclamó con un acento profundamente doloroso y sentido:
—Me ha consagrado usted su vida, a mí, a la pobre muchacha abandonada, a la infeliz trapera. Dios se lo pague a usted. ¡Quiera Dios que yo pudiera hacer a usted feliz!
—Yo soy feliz, la contesté, conque tú vivas tranquila, conque seas mi hermana. Ha sido necesario dar este paso para arrancarte del convento. Yo continúo mi vida sin deseos y sin esperanza, consagrada a ti, que continúas siendo mi hija.
Aproveché un pretexto y fui por un instante a encerrarme en mi gabinete. Allí seguro de no ser oído, de no ser visto, rompí a llorar: si no hubiera llorado mi corazón se hubiera roto.
Yo la hubiera estrechado entre mis brazos, la hubiera arrancado frenético aquella corona de rosas blancas...
De seguro Amparo hubiera sido para mí una esposa sumisa...
Pero... yo quería su amor... y ella... ¡ella se había casado conmigo porque se lo mandaba yo! ¡por agradecimiento!
Temía hablarla de mi amor; temía indicárselo; temía que ella se violentase, que se fingiese enamorada de mí para pagarme con un sacrificio inmenso mi protección... ¡No! Esto no podía ser... ¡yo debía continuar con mi careta puesta... es más: debía mostrarme contento, feliz... sólo me quedaba un recurso: estar poco tiempo a su lado y viajar mucho; evitar un momento de olvido.
Yo era infeliz.
Pero era indudablemente menos infeliz que lo hubiera sido siendo ella monja.
No sé qué alegría misteriosa inundaba mi alma. Si no era mía, no sería de otro...
Era una posición de cierto género, y acaso... con la costumbre de verme... ¿quién sabe?
Yo esperaba.
¿Viviría el hombre a quien amaba Amparo?
¿La habría seducido este hombre?... ¿La habría abandonado?...
¡La duda! ¡Horrible espectro que ennegrece nuestra alma con su sombra!
¿Habéis dudado alguna vez de vuestra esposa o de vuestra madre...?
Porque si no habéis dudado alguna vez de cualquiera de esos dos seres que son vuestro corazón y vuestro nombre, no comprenderéis lo terrible de la duda cuando se refiere a objetos tan sagrados.
Yo me encontraba en una situación enteramente excepcional, y sufría todas sus consecuencias.
Sin embargo, las aceptaba, y cien veces que hubiera sido necesario hubiera vuelto a casarme con Amparo.
¡Cómo llenaba mi alma! ¡Cómo la enloquecía! ¡Cómo la desesperaba!
¡Cuánto la había divinizado mi amor!
Todo en ella para mí era perfecto.
Todo en ella para mí era ardiente.
Era un ángel de fuego que me precedía, me llevaba, me arrastraba, no sabía a donde.
Ahora ya lo sé.
Ese ángel divino me ha traído a una casa de locos.
. . . . . . . . . . . . . .
Volví a su lado perfectamente tranquilo.
Es decir fingiendo de una manera perfecta una perfecta tranquilidad.
Ella estaba sentada en un sillón junto a la chimenea y arreglaba tranquilamente el fuego.
Cuando me sintió se reclinó en el sillón, y me dijo sonriendo, con la cabeza echada atrás sobre el respaldo:
—¡Que feliz soy, Luis!
Era la primera vez que Amparo pronunciaba mi nombre de una manera tan familiar.
Ahora recuerdo que es también la primera vez en que yo le escribo en estas memorias.
En efecto, yo me llamó Luis.
Admirome aquella tranquilidad, aquella familiaridad, aquella sonrisa, aquel no sé qué seductor, incitante que emana de ella.
Sin duda Amparo había tomado su partido aceptando por entero el sacrificio.
Este pensamiento me desgarró el alma.
Sin embargo me mantuve firme.
—Yo también soy feliz—la dije—yo necesitaba el afecto desinteresado, noble y puro de una hermana, y le tengo en ti.
—¡Oh! yo le amo a usted como si fuera mi padre... ¡y cuánta generosidad, Dios mío! ¿Cómo no ha retrocedido usted ante la idea de que el mundo donde vive pretenda averiguar quién soy y de dónde vengo?
—Nada me importa eso: lo que me estremecía era que sin vocación...
—¡Y se ha sacrificado usted por mí...! ¡se ha imposibilitado de ser feliz mañana...! ¡si encuentra usted una mujer que le enamore...! ¡vamos no sé en qué he estado pensando...! ¡yo no he debido...! ¡si por un acaso...! ¡pero no... no puede ser...!
Acercó un sillón al mío y me dijo pálida y conmovida.
—Estamos en una situación solemne, Luis: en una situación en que acaso no se han encontrado dos personas solas: debemos ser francos... ¿Será acaso?
Y se detuvo.
—Continúa, continúa; parece que te cuesta trabajo lo que me vas a decir.
—Sí, sí; lo confieso; pero es preciso, es mi deber: habiendo llegado al punto en que nos encontramos, es necesario que yo sepa... lo que debo hacer para...
—¿Para qué?
—Para ser digna de tanto beneficio.
Y luego haciendo un supremo esfuerzo añadió de una manera penosa:
—Luis: ¿me ama usted?
—¡Yo! ¡no!—la contesté sonriendo, porque había adivinado la pregunta y me había preparado.
—¡No! es decir... que se ha casado usted conmigo... ¡por... caridad!
—Amparo, hija mía—la dije—tu gran corazón te atormenta: ¡crees que he hecho un sacrificio inmenso... que te he sacrificado mi libertad! no... te engañas: estoy muerto para el amor, para ese amor ardiente que nos embriaga y nos arroja a los pies de una mujer... no, hija mía, no; eres demasiado pura para que mi corazón, gastado ya, pueda amarte más que con ese otro amor desinteresado de la amistad; si no hubieras pretendido entrar en un convento, yo... nada te hubiera propuesto: te hubiera tratado como un hermano y nada más: el día en que te hubieras casado con un hombre de tu elección hubiera sido completamente feliz. Pero te obstinabas, no sé por qué en ser monja: habías dado un paso decisivo, y era necesario dar otro paso contrario, decisivo también; me daba miedo tu resolución... tú estabas sin duda desesperada...
—No—me contestó tristemente.
—Tú has amado, Amparo; amas.
—¿Es decir que somos hermanos...? ¿que es usted tan generoso que no mira en mí siempre más que a la pobre Amparo?
—No hay en mí generosidad, más hay afecto.
—Pues bien: si somos hermanos, podemos hablar con franqueza.
Yo la observaba y vi que su frente se había serenado.
—Sí, hablemos con franqueza—la dije.
—Pues bien: he amado a un hombre.
—¿A un hombre digno de ti?
—¿Digno de mí! ¡digno de ser adorado, digno de una felicidad que le ha negado Dios!
—¿Joven?
—Joven y hermoso.
—¿Y él te amaba?
—Sí—me contestó, con su triste sonrisa habitual.
—¿Y entonces... por qué no os habéis casado?
—¡Ha muerto!—exclamó Amparo.
Y se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Pero de una manera desconsolada, como si su alma entera se exhalase en aquel llanto.
—Pero—me dijo entre sus lágrimas—a usted le amo también: le amo de una manera profunda; como a mi hermano... más... más aún... como amaría a mi madre... por hacerle a usted feliz daría mi vida... y cuando el padre Ambrosio me dijo que quería usted casarse conmigo...
—¡Te aterraste!
—No, no: en el momento de hacerme el padre Ambrosio la proposición en nombre de usted, me dije: se casa conmigo por caridad: por arrancarme de esta sepultura a que he venido desesperada: en él la caridad es la vida: no amarguemos su vida y consentí. Pero cuando me quedé sola se me ocurrió que tal vez podría haber en usted más que caridad: acaso me ame, pensé: si me ama... yo le pertenezco, yo soy suya, yo debo amarle.
—¿Y tu amor?
—¡Es verdad! por eso debíamos hablar con franqueza y hemos hablado: en mí hay dos amores: uno puro, desinteresado, noble, profundo: el que usted me inspira: mi amor antes de hija, ahora de hermana: el otro amor es un desdichado amor, sin esperanza: un amor que enluta mi alma y la desespera: si un día me sorprende usted llorando, no lo extrañe usted: yo cuidaré mucho que los extraños no vean el dolor en mi semblante; todo el mudo me creerá feliz, y lo seré, en efecto, al lado de usted; pero... permítame usted que llore alguna vez por mi amor perdido; por el amor del hombre que Dios no me ha querido conceder. Esto no debe serle a usted doloroso, porque no me ama sino como un hermano; no puede usted temer que el objeto de mi amor manche su nombre, porque es imposible, de todo punto imposible que pueda mancharle.
—Me harás amar por ti a ese fantasma: fantasma para mí puesto que ha muerto y no sé ni quiero saber su nombre.
—¡Oh, sí! yo le amaré siempre, siempre, con toda mi alma. Usted no tendrá celos, ¿no es verdad?
—Siento únicamente que ese hombre haya muerto... porque al fin, viviendo él, hubieras sido su esposa...
—No hablemos nunca de esto más: nunca... nunca: ha sido una explicación precisa. Ahora, mi buen hermano, suplico a usted me diga cuál es mi aposento. Necesito descanso; reposo; he sufrido mucho.
—Vamos a tener dentro de un momento al lado personas extrañas; es necesario que delante de ellas no me hables de usted.
Aquello era ir de mal en peor.
Comprendí que no podía vivir al lado de Amparo sin que muy pronto me olvidase del todo y me convirtiese en su tirano.
En el tirano de una víctima resignada.
¿Acaso no tenía el reciente recuerdo de su repugnancia y de su terror al sentir sobre su frente mis labios?
No, yo debía respetar aquella pasión viva; yo no debía ser infame; yo no debía cobrar mis beneficios a tanta costa para Amparo.
Pero no pude resistir a una tentación.
Su aposento y el mío, para cubrir las apariencias, sólo estaban separados por un gabinete y se comunicaban por dos puertas de escape.
Me retiré a mi aposento, cambié lentamente el traje negro que me había puesto para la ceremonia por el de casa, dejé pasar, con una impaciencia mortal algún tiempo, y luego abrí silenciosamente la puerta de escape de mi alcoba, y me acerqué, sin causar el más leve ruido, a la otra puerta de escape del dormitorio de Amparo.
Al frente, tras un bello pórtico de bambúes con cortinas de muselina bordada, estaba su lecho.
Antes, esto es, entre la puerta desde donde yo observaba y el pórtico de la alcoba, había un espacio cuadrado, y en su parte media, una mesa arrimada a la pared.
Sobre la mesa había una lámpara con bomba de cristal opaca que esparcía una luz velada a poca distancia.
Lo demás del dormitorio estaba en sombra; en una media sombra fantástica.
Sentada en un sillón, junto a la mesa; apoyado en ella un precioso brazo, que dejaban descubierto hasta el codo los encajes de la ancha manga de su traje; apoyado el rostro en su mano, sola, inmóvil, profundamente pensativa estaba Amparo.
Tenía ceñida aún la corona de rosas blancas.
Los brillantes de la especie de ajorca árabe, que yo la había enviado en el canastillo de boda y que rodeaba el brazo en cuya mano apoyaba su cabeza, me dejaban ver, heridos por la luz, destellos vivísimos, pero inmóviles.
Amparo parecía una estatua de cera vestida de blanco.
Su mirada fija, abstraída, profunda, como vuelta hacia adentro, hacia su alma, o como lanzada sin objeto a la inmensidad, al infinito, mirada que no veía, dilatada, lúcida, brillante, llena de vida, pero de una vida que espantaba, dejaba comprender la desesperación profunda, pero resignada, paciente, intensamente dolorosa de un alma desolada.
Nunca había yo llegado a concebir tanto dolor y tanta resignación: nunca una agonía tan lenta; nunca un sufrimiento tan agudo, soportado, apurado, dominado con tanto valor: en Amparo no había esa expresión de disgusto, de rabia, de lucha impotente; expresión de ángel rebelde y condenado, que es una blasfemia muda; una blasfemia en imagen.
Era la víctima resignada al sacrificio.
La víctima humilde y fuerte, el alma cristiana que sufre la miseria de la vida en su manifestación más dolorosa sin rebelarse contra la voluntad de Dios.
En vano esperé que Amparo diese una muestra de debilidad ni de impaciencia.
Continuaba inmóvil y tranquila: pero con una tranquilidad que me desgarraba el alma.
Yo sufría de mil maneras distintas.
Primero, el inmenso infortunio de Amparo.
Después mi propio infortunio.
Luego sentía celos; unos horribles celos.
Yo no podía dudar que un amor malogrado, un amor sin esperanza, era la causa de la desolación de Amparo.
Yo hubiera dado toda mi vida, por sentirme amado un solo momento y de aquel modo por Amparo.
Además, al contemplarla tan hermosa, idealizada, transfigurada, casi me atreveré a decir, divinizada por el sufrimiento, sentía hervir mi sangre, latir mi corazón, abrasarse mi cabeza.
Yo estaba loco.
La misma fuerza de mi locura me contenía, impedía que yo lo olvidase todo, que empujase la débil puerta que me separaba de ella y que me arrojase en sus brazos.
Yo blasfemaba.
Acusaba de injusto, de cruel, de tirano, a Dios que me hacía comprender de una manera tan horrible el tormento de Tántalo.
Estaba inmóvil; como petrificado.
La mirada de Amparo aunque no podía verme, caía sobre mi mirada, absorbiendo mi alma, torturándola.
Lentamente fui perdiendo la conciencia de mí mismo.
Un sopor extraño se apoderó de mí.
Amparo empezó a tomar lentamente un aspecto fantástico; a abrillantarse su mirada, a resplandecer; su figura se aisló en medio de una niebla vaga, azulada: desapareció a mi vista todo lo que la rodeaba, y quedó ella sola, inmóvil siempre, pero como suspendida en medio de un espacio indefinible, en que ni había luz ni sombra.
Luego la vi alzarse lentamente, arrancarse su corona de rosas, y luego irse despojando de sus joyas, de sus ropas; vi enteramente su hermoso cuello: sus redondos hombros; luego su cabellera destrenzada agrupándose de una manera maravillosa a ambos lados de su semblante; al fin se volvió y se alejó lentamente; se abrieron las cortinas de la alcoba y volvieron a cerrarse.
Amparo había desaparecido; la fascinación había cesado, y volví a sentir la vida real.
A mi vez me retiré en silencio y me acosté.
Me acosté para apurar una horrible noche de fiebre y delirio.
. . . . . . . . . . . . . .
¿Por qué había yo encontrado seis años antes, sola en medio de la noche, recogiendo trapos a aquella niña?
¿Por qué me había causado compasión su miseria?
Yo maldecía mi caridad; la caridad que tan feliz me había hecho, y que tan feliz había hecho a Amparo.
Y me decía:
«La caridad es una debilidad; la caridad es la manía de los imbéciles; la caridad se vuelve contra quien la practica.
¿Por qué sentí caridad hacia Amparo?
Porque era un insensato.»
Al día siguiente Amparo se me presentó tranquila y afectuosa; en vano busqué alrededor de sus ojos ese círculo lívido que imprime una noche de insomnio y de fiebre.
En vano esa palidez vaga del cansancio.
Amparo estaba fresca, sonriente; parecía feliz.
—¿Has dormido bien?—la dije.
—¿Y por qué no? nunca se duerme mejor que cuando nada se desea, cuando se ha obtenido todo lo que se anhelaba: ¿y tú Luis? estás pálido, pareces triste; si continúas así, creeré que te has sacrificado a mi felicidad.
—¡Oh! no: yo creía que tú... que sufrías; pero veo con placer que me he engañado; te prometo dormir esta noche tan bien como tú.
—Pues tranquilízate completamente, me contestó; yo nada deseo, nada quiero más que tu amor... tu amor tal cual le siento, tal cual yo le siento por ti; hermanos, siempre hermanos; dos y uno... ¿no es cierto que es una felicidad que podamos amarnos de este modo?
—¡Oh! si el mundo conociese la verdad de nuestra posición, ¿qué diría?
—Se burlaría de nosotros, porque el mundo, que nunca profundiza, que nunca pasa más allá de las apariencias, es muy injusto, o por mejor decir, muy ciego. Pero si el mundo supiese que entrambos hemos amado y sufrido; que de nuestro sufrimiento y de nuestra lucha sólo hemos sacado la conciencia ilesa, comprendería nuestra mutua posición; tú has dejado enterrado tu amor en el lodazal de tu juventud; ha muerto allí sofocado, no existe para ti; yo amo a un fantasma imposible y entrambos, con el corazón vacío para ese amor ardiente, que Dios ha puesto en el alma del hombre y de la mujer, satisfechos el uno del otro, nos apoyamos mutuamente y nos amamos con un amor infinitamente más puro. Debemos, pues, dar gracias de nuestra felicidad a Dios.
. . . . . . . . . . . . . .
¿Me había yo engañado la noche antes?
¿Era en efecto feliz Amparo?
¿O era que tenía tanta fuerza, tanto poder para ocultar su sufrimiento como para soportarle?
. . . . . . . . . . . . . .
Nunca me pareció un día tan largo.
Cuando nos separamos aquella noche ya bastante tarde, corrí a mi acechadero.
Amparo no estaba inmóvil como la noche anterior; tenía un cofrecito sobre la mesa y sacaba de él papeles escritos, que leía y ordenaba.
Amparo con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba leyendo aquellos papeles.
Lloraba de una manera desconsoladora, comprimiendo sus sollozos.
¿Era que la noche antes, sobrecogida, aturdida del golpe, por llamar así su casamiento conmigo, la intensidad del dolor había comprimido sus lágrimas, anegado sus sollozos?
Era indudable que Amparo se rendía a su dolor.
Era indudable que Amparo sufría una desgracia inmensa.
Y leía y releía aquellos papeles.
¡Cartas sin duda del hombre a quien amaba!
Después vi en sus manos un medallón que sacó también del cofrecito, parecía un retrato.
Amparo le estrechó contra sus labios, le separó de ellos, le miró de una manera ansiosa, y exclamó:
—¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡tened compasión de mí!
. . . . . . . . . . . . . .
Se puso a escribir lentamente.
Con mucha frecuencia se abstraía y pasaba sin escribir un largo intervalo.
Luego volvía a escribir.
Pasó así gran parte de la noche, y después recogió en el cofre los papeles y el retrato, guardó cuidadosamente el cofre en un armario, se desnudó y desapareció tras las cortinas de su alcoba.
Yo no supe ya qué pensar de Amparo.
Pero me cubrí con el más perfecto disimulo, como ella se cubría conmigo.
Nos tratábamos como si hubiéramos vivido juntos desde nuestros primeros años.
Las gentes nos creían el matrimonio más feliz del mundo.
La tranquilidad aparente de Amparo cuando yo era testigo de su agonía nocturna, de sus lágrimas y de lo intenso, de lo vivo, de lo inalterable de su amor hacia aquel hombre, que era para mí un misterio, la tranquilidad ficticia de Amparo, repito, me irritaba.
Durante un mes pude sufrir la lucha entablada entre mi razón y mis celos; pero llegó un día en que me estremecí.
Empezaba a perder la razón; antes de perderla enteramente tomé una resolución decisiva; la de separarme de Amparo, que era para mí un tormento y un peligro, con el pretexto de un viaje para ir a visitar a mi tío.
Amparo nada me dijo cuando la anuncié este viaje, más que las siguientes palabras:
—Espero que volverás pronto.
Aquella noche salí de Madrid en una silla de postas.
Mi resolución era, no volver a ver más a Amparo.
Pero para cumplir una resolución es necesario ser dueño de sí mismo, y yo no lo era.
Parecía... voy a procurar explicarme: parecía que mi alma había quedado fuertemente asida a Amparo, y que cada vuelta de las ruedas de la silla de postas que me conducía, estiraba mi alma, haciéndome sufrir un tormento inexplicable.
Llegó un punto en que no pude resistir más.
Habían pasado algunas horas de una tortura aguda que se hacía más dolorosa a medida que me alejaba de ella.
Mandé al conductor que volviese a Madrid.
Luego, le ofrecí una recompensa por cada minuto que ganase.
La silla de postas volaba.
Yo me había propuesto apurar mi destino cediendo sin resistencia a los impulsos de mi corazón.
Había resuelto quitarme mi doloroso disfraz y morir poseyendo a Amparo.
A medida que este pensamiento tomaba consistencia, estimulaba al conductor prometiéndole más.
La silla apenas tocaba con las ruedas al camino.
A pesar de esta agudez no pudimos llegar a Madrid hasta el medio día.
Cuando llegué a mi casa, subí anhelante las escaleras como si hubiese estado mucho tiempo ausente de ella.
Dominado aún por la fiebre entré en las habitaciones de Amparo.
No estaba en ellas.
Pregunté a mi ayuda de cámara, y me dijo:
—La señora acaba de salir.
—¿Y adónde?
—Han traído una carta y la señora apenas la ha leído se ha puesto pálida, ha pedido a Teresa una mantilla, y con el traje de casa, acompañada de la misma Teresa, ha salido precipitadamente.
—¿A pie?
—Sí, señor, a pie.
—¿Y no sabe usted adónde ha ido?
—Nada ha dicho la señora.
Despedí a mi ayuda de cámara y me quedé solo paseándome por mi cuarto, aterrado, sintiendo no sé qué recelos.
Yo no sabía qué pensar de Amparo; era para mí un misterio.
De repente una idea poco digna, pero disculpable en la situación en que me encontraba, me llevó a su dormitorio:
«En el armario me había dicho, encierra el cofrecillo donde tiene el retrato que besa, y los papeles que lee llorando. Si es necesario forzaré el armario y conoceré a ese hombre, leeré esas cartas, sabré a qué atenerme.»
Afortunadamente no me vi obligado a violentar nada: el armario tenía puesta la llave en la cerradura.
Antes de abrir el armario, cerré las puertas para evitar una sorpresa casual de los criados.
Luego abrí temblando el espejo que servía de puerta al armario.
En una tabla, cuidadosamente pegado a un rincón, estaba el cofrecillo.
En aquella misma tabla había otro objeto.
Un gancho de trapero.
El gancho representaba su pasado.
Acaso el cofrecillo constituía su presente.
Acaso yo al abrir aquel cofrecillo determinaría su porvenir.
Cuando el porvenir es sombriamente misterioso, tememos conocerle: como el preso por una causa grave teme conocer la sentencia del juez.
Durante algunos minutos vacilé; dudé si debía desentrañar el misterio que guardaba aquel cofrecillo, o si prefería la duda a la verdad.
Tres veces extendí mi mano hacia el cofrecillo, y tres veces la retiré.
Pero por terrible que sea la verdad es preferible a la duda.
Me apoderé al fin del cofrecillo, le puse sobre la mesa y le abrí.
Al abrirle mi corazón no latía.
Lo primero que vi fue un pequeño estuche.
Le abrí y encontré... la cruz de brillantes que le había regalado el día que por primera vez almorzó conmigo.
La existencia en el cofrecillo de aquella cruz, me dio no sé qué aliento, qué esperanza vaga, qué alegría íntima.
Luego seguí en mi inspección:
Buscaba el retrato y le hallé cuidadosamente envuelto en un papel muy usado.
Necesité hacer un violento esfuerzo para mirar aquel retrato; pero cuando le miré...
¡Oh! ¡Dios mío! ¡cuando le miré creí morir!
El retrato que Amparo besaba llorando; que estrechaba contra su corazón y contra sus labios contemplando el cual pasaba inmóvil hora tras hora... aquel retrato...
¡Aquel retrato era el mío!
. . . . . . . . . . . . . .
¿Me habría yo engañado?
¿Habría otro retrato en el cofrecillo? sería aquel otro el que besaba Amparo.
Revolví, busqué y encontré otro retrato.
Pero era un retrato de mujer, y tenía el marco negro.
Yo estaba seguro de que el retrato que besaba Amparo estaba contenido en un medallón dorado.
Aquel retrato era el mío.
. . . . . . . . . . . . . .
Sentí una vaguedad fría en mi cabeza: mis ojos se oscurecieron, no pude sostenerme de pie, y me senté en el mismo sillón en que ella se sentaba.
Y allí, replegado sobre mí mismo, con la cabeza entre mis manos, creí revolviendo mi destino; pasar mis dudas y mis celos; calmarse lentamente mi desesperación; desaparecer mi presente de hacía un momento, e ir creciendo aquel mi otro presente que hacía un momento había nacido.
Sentí comprimirse mi corazón, como necesitado de arrojar de sí un peso insoportable, y luego sentí que mi corazón se dilataba y lloré en un llanto largo, tranquilo, dulce, toda la hiel que había ido depositándose en mi corazón.
Y luego me sentí inflamado de un fuego dulce, para mí desconocido; de un fuego que parecía aislar dentro de sí mismo mi alma, purificarla, levantarla hasta el cielo; pareciome tenerla en contacto con Dios, bendecida por él; luego me sentí completamente abstraído, espiritualizado, fuera del contacto de todo lo terreno, y pareciome tocar con mi espíritu el espíritu de Dios, del Dios justo y bueno que premia a los que lloran; y creí en Dios y le confesé con la inmensidad de mi pensamiento.
Y ya no dudé, no: y al consagrar mi felicidad a Dios, me alcé fuerte y tranquilo, lleno de vida y de juventud y de esperanza.
Aquel sueño de redención y de paz había pasado, y su reciente recuerdo difundía en mi ser una calma inefable; ya mi aliento no salía ronco y fatigoso de mi pecho: la vida me era fácil: el sol que penetraba por las ventanas del jardín, tenía color de gloria: mis ojos veían luz: mi pecho respiraba aire: parecíame que el espacio era armónico, que todo me sonreía, que todo se asociaba a mi felicidad.
Al fin había encontrado aquel amor infinito, necesidad ardiente de mi alma.
Al fin Dios me dejaba ver el ángel de fuego que debía ser paz y mi gloria sobre la tierra.
Amparo me amaba.
Yo era el hombre más rico de la tierra; todo lo que había ansiado lo tenía.
. . . . . . . . . . . . . .
Los que no hayáis amado con toda vuestra alma y sin esperanza, no podéis comprender lo que acabo de deciros.
Os reiréis de mí, y creeréis hacerme mucho favor llamándome solamente loco.
Yo escribo para los que sufren; para los que lloran.
Los que no veis la vida sino al través del escepticismo, no podéis comprenderme.
¡Callad! porque si estoy loco, mi libro es una verdad.
La verdad de la locura.
¿Estáis vosotros seguros de que tenéis razón?
¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Puse otra vez los dos retratos y el estuche en el cofrecillo, éste en su lugar, cerré el armario, y no sabiendo adónde había ido Amparo, me resigné a esperar su vuelta con la menor impaciencia posible.
Al pasar por su gabinete vi una carta abierta sobre un velador.
Aquella carta era sin duda la que había causado la precipitada salida de Amparo.
La leí y palidecí como ella había palidecido.
El padre Ambrosio había sido atacado de una congestión cerebral, y el médico que le asistía lo participaba a Amparo.
Entonces comprendí por qué Amparo había salido de casa con tal precipitación.
Yo salí del mismo modo, y recorrí en algunos minutos la distancia que separaba mi casa de la del exclaustrado.
La primera persona que encontré en la habitación del religioso, sentada y triste junto a una puerta cuyas cortinas estaban corridas, fue a Amparo.
Al verme se levantó de una manera nerviosa, y sus ojos se fijaron en mí con una alegría inmensa, pero aquella alegría tuvo la duración de un relámpago.
—¡Ah!—dijo—yo no esperaba... que volviéseis tan pronto.
—¡Oh! sí—la dije—no puedo vivir separado de ti.
Y acercándome a ella, la abracé y la besé en la boca de una manera ardiente.
Amparo dio un gritó, se retiró y me miró de una manera profunda.
Yo me rehice.
—He visto la carta en que te anunciaban el triste estado de nuestro amigo—la dije.
—¡Oh! sí—dijo ella rehaciéndose a su vez—yo corrí, volé; pero...—añadió tristemente—todos hemos llegado tarde.
—¡Ha muerto!
—No: pero no hay esperanza; se ha hecho cuanto puede hacerse.
Amparo calló y quedó profundamente triste.
—¿Y estás... sola?
—Sí... el infeliz duerme; Teresa ha ido a casa para que vengan Juan y María; he mandado traer una cama; me siento mala, desesperada, Luis; era mi padre.
. . . . . . . . . . . . . .
El buen exclaustrado murió aquella misma tarde.
Amparo volvió a casa desolada, impresionada fuertemente; se encerró en su aposento, y yo respeté su dolor.
. . . . . . . . . . . . . .
Me vi obligado a continuar durante algunos días mi antiguo papel de hermano.
Al fin, una mañana, Amparo me dijo:
—Siéntate a mi lado, Luis.
Me senté en el sofá junto a ella.
—Necesito que me expliques—me dijo—ciertas cosas que no comprendo bien. Desde que has vuelto de tu extraño viaje eres otro.
—¿Otro?
—Sí por cierto, antes sufrías; ahora no sufres; antes no tenías ni fe ni esperanza; ahora... Luis; yo veo en tus ojos otra vida... Luis; tú has encontrado la felicidad que buscabas... yo quiero saber la causa de tu felicidad.
Amparo tenía menos paciencia que yo, y pasaba la primera el límite que tácitamente nos habíamos señalado.
Quise facilitarla el camino adelantándome a ella.
—Te engañas, Amparo—la dije—yo no soy feliz, bajo el punto de vista que tú crees.
—¡Oh! sí, sí; yo no me engaño—me respondió.
—Pues te has estado engañando hasta ahora; por mejor decir, yo he sabido engañarte.
-¡Tú!
-Sí.
—¡Cómo!
—Tú no has conocido mis celos.
—¡Tus celos! ¡amas acaso!
—Sí, con toda mi alma, con toda mi fe, con todo mi entusiasmo.
Y la rodee un brazo a la cintura.
—¡Oh! ¡qué es esto! ¡Dios mío!—exclamó Amparo levantándose pálida como un cadáver.
—Mis celos son justos—dije fingiéndome desesperado—tu amor hacia un ser misterioso, te hace horrible toda demostración de amor por mi parte.
Amparo continuaba de pie, aterrada, muda, pálida, fijando en mí una mirada llena de ansiedad, de temor, de duda; ávida, dolorosa, suplicante, llena de impaciencia.
Yo la atraje a mí y la senté sobre mis rodillas sin que ella opusiese resistencia; inclinó la cabeza sobre el pecho, luego la alzó, me miró destellando de sus magníficos ojos negros un fuego casi divino, y me dijo con las manos puestas sobre mis hombros con la boca entreabierta, los labios trémulos, embriagándome con el perfume de su aliento.
—¡Luis! ¡Luis! ¡ten compasión de mí!
Y luego reclinó la cabeza sobre mis hombros, y rodeó sus frescos brazos a mi cuello.
—¡Yo te amo!—la dije con voz opaca y ardiente rozando con mis labios sus mejillas.
Amparo se estremeció y rompió a llorar.
—¡Te amo—continué—no sé desde cuando! me parece que te he amado toda mi vida; que te amaba antes de nacer.
Amparo se estrechó más contra mí.
—He callado, porque debía callar; he sufrido cuanto he podido sufrir; pero ya no puedo sufrir más, porque tengo celos.
Amparo levantó su cabeza de sobre mi hombro, y me miró con una expresión triste, grave, solemne, al través de sus lágrimas.
Luego me dijo con voz opaca y reconcentrada:
—¡Celos tú! ¡celos por mi amor y celos de otro hombre! ¡Esto es horrible! ¡Esto no puede ser!
Fue para mí tan inesperada esta exclamación de Amparo, que me estremecí, y brotaron a mis ojos, sin duda, todos mis enamorados deseos, porque las mejillas de Amparo se coloraron, y pasó por sus labios una indicación de sonrisa inefable.
—¿Con que yo lo soy para ti?—añadió—¿con que has sufrido y has callado y has mentido, como yo he sufrido, mentido y callado? ¿con que por una obcecación mutua hemos estado a punto de ser los más desgraciados de la tierra?
—¿Pero ese hombre? ¿ese hombre a quien amas? ¿es imposible de tu deseo?...
—Ese hombre, eres tú—me dijo exhalando en un grito inmenso toda su alma, y dejándose caer abandonada y trémula entre mis brazos.
—¡Oh! qué feliz soy—añadió sollozando de placer—¡Dios! ¡y tú!
La memoria es un don funesto.
¡La memoria, que nos trae en la desgracia, el encendido recuerdo de la felicidad perdida!
¡Oh! ¡la memoria!
¡Si Satanás no tuviese memoria, no estaría condenado!
Después de esto había en el manuscrito que me había entregado mi amigo el loquero del hospital de Zaragoza, algunas hojas rasgadas.
Púsome de muy mal humor esta laguna que aparecía de repente, acaso en la parte más interesante de la historia de aquel pobre loco; y tanto más, cuanto en algunos girones de hojas que habían quedado adheridos, se leían algunas frases que demostraban que Luis no había sido muy feliz después de su matrimonio.
Pero para subsanar en cierto modo esta falta, quedaban íntegras más allá de las hojas rasgadas, algunas otras escritas con seguridad, y aun nos atreveremos a decir con reflexión, en estado de razón completa.
He aquí aquellas páginas:
He despertado de un largo sueño.
No sé cuánto tiempo ha durado mi sueño.
Pero ha debido de ser largo.
Me he encontrado en una prisión.
Esto es; en un pequeño aposento, cuya puerta demasiado fuerte, tiene una rejilla espesa, y al que da luz una ventana con reja que corresponde a un jardín abandonado.
En este aposento he visto algunos muebles modestos, y una cama de forma extraña, inclinada, y a lo largo de cuyas maderas hay algunas correas.
Estas correas demuestran que algunas veces ha habido necesidad de sujetar en aquel lecho, a la persona que en él durmiese.
Estando ese lecho en mi aposento, o yo en el aposento donde está ese lecho, claro es que la persona a que alguna vez se han visto en la necesidad de sujetar, soy yo.
¿Y por qué razón ha podido haber esa necesidad de sujetarme?
Yo no me acuerdo de nada.
Tengo un recuerdo confuso de una noche en que bebí demasiado, en que me escité demasiado, en que ardía mi cabeza, en que me parecía sentir dentro de ella un vacío doloroso.
Recuerdo que entonces tenía yo veinte y cuatro años; que era desgraciado, porque la vida era para mí monótona, porque me había hastiado de todo.
Recuerdo que yo buscaba una vida artificial, en los excesos, en el abuso de los licores fuertes.
He debido pasar mucho tiempo sin la conciencia de mi existencia, o mejor dicho, el período de mi existencia, cuyos sucesos no recuerdo, ha debido de ser largo.
Porque me he mirado a un espejo que tengo aquí colgado en la pared, y me he encontrado viejo, enfermo, horriblemente demacrado, con todas las señales de la tisis.
He encontrado en mi mesa un manuscrito: manuscrito mío, no puedo dudar de ello.
Ese manuscrito me ha dicho que he estado loco, que he soñado.
Que he vivido muchos años, entregado a una pesadilla dolorosa y que despierto para morir.
He recobrado indudablemente la razón.
Al entrar un hombre con mi comida me ha mirado con asombro, y me ha llamado: «señor duque.»
¡Con que ha muerto mi pobre tío!
¡Con que es verdad lo que dice ese manuscrito!
¿Quién sabe?
He preguntado acerca de mí mismo, acerca de mi tío, y nada ha sabido contestarme el director del establecimiento.
Un día me trajeron aquí porque estaba enteramente loco.
Un curador, nombrado judicialmente, ha cuidado de mis bienes, porque yo no tengo parientes.
He mandado llamar a ese hombre.
—¿Qué sabe usted de la causa de mi locura? le he preguntado.
—Nada puedo contestar a vuecencia, me ha respondido, sino que fue recogido de las calles públicas por donde vuecencia discurría diariamente perdida la razón: ningún pariente se presentó a reclamar la curaduría de vuecencia como demente, y esa curaduría se me ha conferido por providencia judicial: vuecencia ha recobrado la razón, y estoy dispuesto a darle cuentas.
—No se trata ahora de eso. ¿Soy yo viudo?
—Lo ignoro, señor: en Zaragoza se sabe únicamente que un día llegó vuecencia en una silla de posta, procedente de Madrid, a la fonda de las Cuatro naciones, en donde tomó el mejor aposento: en el pasaporte de vuecencia constaban su nombre y su título: muy luego se comprendió que vuecencia estaba gravemente enfermo: al cabo su enfermedad se agravó: lo que antes era una monomanía tranquila, se convirtió en una locura furiosa, y fue preciso...
—Bien, bien; pero para reconocer mi título y mi nombre debió identificarse mi persona.
—Sí, señor.
—¿Y no consta en las diligencias judiciales mi estado?
—No, señor.
—¿Y nadie me conocía en Zaragoza?
—No, señor.
—Pues bien, es necesario que usted, u otra persona de confianza, vayan a Madrid: yo daré a usted, o a esa persona, cartas para mis antiguos amigos. Necesito saber un período de mi historia que durante mi enfermedad he olvidado.
. . . . . . . . . . . . . .
Este hombre, que es un honrado propietario aragonés, ha partido para Madrid.
Pero me temo que cuando vuelva...
Esta tos seca, lenta, sin esfuerzo...
Me he visto obligado a guardar cama.
. . . . . . . . . . . . . .
¡Amparo!
¡Una mujer formada por la educación, sostenida por la virtud, por lo exquisito de su sentimiento!
Esta mujer debe de haber sido un sueño mío.
Esta mujer no ha existido.
Ha sido un hermoso sueño de primavera.
Una horrible pesadilla de verano:
¡Esa mujer!
¿Y si ella hubiese existido?
¿Si no hubiera sido el sueño de un loco sediento de amor?
¡Oh! ¡qué horrible desgracia!
He rasgado la parte más dolorosa de ese sueño o de esas memorias.
La he rasgado y la he quemado temeroso de volver a la locura si leo mucho ese fragmento horrible.
Pero su recuerdo está fijo en mi memoria.
Un día entré yo en mi casa, como suele entrarse por casualidad, sin ser notado.
En el gabinete de mi mujer hablaba un hombre.
Uno de mis mayores amigos.
Pretendía una cosa horrible.
Pretendía que ella me hiciera traición.
. . . . . . . . . . . . . .
Yo maté a aquel hombre.
Le maté como mata un caballero a un infame que le ha ofendido.
En duelo, con peligro de mi vida.
. . . . . . . . . . . . . .
Todo esto ha debido ser un sueño.
. . . . . . . . . . . . . .
¡Pero que sueño tan horrible!
Y si no ha sido sueño. ¡Qué verdad tan aterradora!
Parece que Dios me ha dicho:
«Tu dudaste de mí, y me negaste al cabo:
»Yo tuve compasión de ti, y te envié en Amparo un ángel de redención;
»Después te sujeté a una prueba;
»Te hice sufrir una injuria;
»Tú no supiste perdonar la injuria y levantaste tu mano armada contra un hombre y le mataste.
»Tú no eras merecedor de la felicidad.
»El ángel que yo te había dado, vio sangre humana en tu frente y se horrorizó de ti...
»Y el horror le mató.
»Le mató como un tósigo lento.
»Y el hijo, el hermoso hijo que el amor de Amparo te había dado, privado de la ternura de su madre, murió también...
»Y tú enloqueciste.
»Y como Caín el maldito, fuiste separado de tus hermanos.»
. . . . . . . . . . . . . .
Si esto ha sido verdad... ¡Oh Dios mío! tu justicia ha sido severa; severa e implacable.
Si ha sido un sueño, ¿para qué me has dado ese ardiente sueño, Dios mío, ese sueño escrito por mi mano, que me hace dudar, que me envenena el alma?
¿Será acaso ese sueño un castigo a mi impiedad, a los impuros desórdenes de mi juventud?
. . . . . . . . . . . . . .
¡Cuánto tarda ese hombre que ha ido a Madrid!
Me siento cada día más débil.
Cada día escribo con más dificultad.
Ignoro si podré concluir.
. . . . . . . . . . . . . .
Escribo estas últimas líneas en el lecho.
Apenas tiene fuerza mi mano para sostener la pluma.
Tal vez ese hombre no llegue a tiempo.
Oídme por la última vez:
No dudéis de Dios: si sois desgraciados, aceptad resignadamente la desgracia: si Dios os da la felicidad, no os hagáis indignos de ella; y nunca, oyendo la voz de vuestras pasiones, siguiendo a ese fantasma que se llama honor, echéis sangre sobre vuestra frente: sufrid y perdonad, no sea que os pregunte Dios cuando en un momento de desesperación le pidáis cuenta de vuestra desgracia:
¡Caín! ¿qué has hecho con tu hermano Abel?
. . . . . . . . . . . . . .
Aquí concluían las memorias del loco. Tuve la tentación de esclarecerlas, pero me detuvo el temor de encontrar en el esclarecimiento de estas memorias algo demasiado horrible.
Si hemos presentado a nuestros lectores una obra incompleta, perdónennos, porque no hemos podido hacer más.
FIN