—Creo que Amparo ha ejercido sobre mí una influencia muy semejante a la que ha ejercido sobre usted.
—¡Oh! ¡sí! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con verle después una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de todo, escéptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted en Amparo algo de lo que buscaba y no había podido encontrar. ¡Lo ha encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la miseria, teniendo por único amigo un perro, por único amparo Dios! Y porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios quiere que crea usted en él, le ha presentado a usted de la manera más bella, el dulce consuelo de la expansión de la caridad.
—¿Que Dios quiere que crea en él? dije moviendo tristemente la cabeza, quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo escucharle y...
—No seré yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el padre Ambrosio, será ¡ella!
—¡Oh! ¡acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver a entrar, porque nuestro conocimiento será largo y nuestro trato frecuente, vengamos a la situación del momento. Mis proyectos respecto a Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo había pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor que la adopte usted legalmente.
—¡Oh! ¡sí! después de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la hubiera adoptado de todos modos.
—Después quiero perfeccionar su educación, poniéndola a nivel de las jóvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a beneficio de un magnífico dote...
—Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpió el exclaustrado; yo la adopto y acepto para ahora la protección de usted; y puesto que usted rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la había metido de una manera tenaz en la cabeza, entré en buen hora en un colegio: afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; él es un antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de niñas en una ciudad de provincia, y hace algunos años, después de casada, tiene en Madrid un colegio de señoritas, que poco a poco ha ido desarrollándose y que es al fin uno de los más favorecidos. Esta es cosa concluida, aceptada. Ella lo resistía; pero yo que pienso que el mejor uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus semejantes, la he convencido.
—Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.
El padre Ambrosio se quedó en casa, autorizando en ella la presencia de Amparo y yo, después de informarme por ella de la habitación de la Adela, me fui a buscar al comisario de policía de su distrito.
Después de algunas soeces equivocaciones de este funcionario, respecto a mi interés por Amparo, a quien no se por qué, conocía, entré de lleno en la exposición del objeto que me llevaba por primera vez a tratar con tales gentes.
Quería yo evitar de todo punto un ruidoso procedimiento judicial, para arrancar a Amparo del dominio de aquella malvada, y cuando el comisario me hubo escuchado, me dijo:
—Pues es muy sencillo de hacer lo que usted desea; pero no deja de ser comprometido.
—Comprendo; ¿se trata?...
—De un abuso de autoridad.
—Pero cuando se abusa de la autoridad para el bien...
—Se puede ir a presidio lo mismo que cuando se abusa para el mal.
—Ya sabe usted mi nombre...
—Sí, sí señor: sé que la influencia de usted basta para sacarme de un atolladero... sin embargo...
—Sé que deben recompensarse estos servicios, añadí sacando algunos billetes y poniéndolos sobre la mesa bajo mi mano.
—¿Es urgente la resolución de ese negocio? me dijo el comisario.
—Urgentísima.
—Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia de la adopción de la Adela sobre la Amparo; la adopción en forma de ese fraile; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistirá, yo se lo aseguro a usted; sé perfectamente cómo se hacen estas cosas: cuando se ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando está ofendida la moral pública...
[** Prisión de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa y corte.]
—Bien, bien; ¿quedamos convenidos?
—Sí, señor. Envíeme usted el fraile.
—Le enviaré al momento. Adiós.
—Servidor de usted, caballero.
Salí dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.
No sé como el bueno del funcionario arregló el negocio, pero el resultado fue que la Adela renunció por ante escribano a todo dominio sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adoptó con todas las formalidades prescritas por las leyes.
Todo aquello se hizo en muy pocas horas.
Amparo no pasó la noche en mi casa.
Se la había trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al colegio de que era directora doña Gregoria de... hija de confesión del padre Ambrosio.
Me olvidaba decir que Mustafá había ingresado también en el colegio.
Di orden a mi administrador general de que pagase a doña Gregoria mil reales mensuales por la pensión de Amparo, y aquel asunto quedó para mí enteramente concluido.
La casualidad, según yo, o la Providencia Divina, según el padre Ambrosio, habían arrojado delante de mí un gran infortunio. Yo había cumplido con mi deber, según mis convicciones, y estaba tranquilo.
Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi aventura, comprendí que Amparo no era bastante para arrancarme del hastío; para reconciliarme con la vida.
Esta decepción de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.
Amparo era para mí una obligación contraída que ningún sacrificio me costaba, porque yo era muy rico.
No me había inspirado amor, sino caridad.
La caridad estaba satisfecha, y había desaparecido el encanto.
Es cierto que yo sentía hacia ella un afecto profundo; que me interesaba su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no tenía herederos forzosos; mis padres habían muerto cuando era muy joven, y podía nombrar a Amparo mi heredera universal.
Ninguna dificultad, ningún interés representaba Amparo que me ligase a la vida.
Me había galvanizado por un momento, haciéndome sentir, a mí, cadáver ambulante.
Volvió mi tedio.
Sin embargo, fui a verla todos los días mientras duró su enfermedad, luego algunas veces a la semana...
Amparo se mostraba silenciosa, retraída, como cohartada, delante de mí.
Yo veía en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada a aceptar mis beneficios.
Esto me disgustaba.
Llegó un día en que creí que había sido un imbécil; que había ido, respecto a Amparo, más allá de donde debía.
Hasta llegué a creer que el padre Ambrosio era un hipócrita, y doña Gregoria una mujer interesada.
Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vínculo de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace excéptico...
Un excéptico es la calumnia viviente.
Un excéptico es con suma facilidad malvado.
. . . . . . . . . . . . . .
Dejé de ver a Amparo.
Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi alma.
Es que halago un sueño, decía yo.
Y el sueño, o Amparo, se hacían más persistentes en mi pensamiento.
Por entonces, mi tío el duque de... me llamó al pueblo, a donde, cansado como yo de todo, se había retirado.
Fui y vi con asombro, que mi tío había tenido la fortuna de lograr crearse una familia sui generis con sus perros, sus patos, sus conejos y sus gallinas.
Entraban en esta familia, las flores del jardín, y las legumbres de la huerta.
Envidié con todo mi corazón a mi tío.
—Te he llamado, me dijo, para un asunto de interés: cuando digo que es de interés el asunto, claro está que a quien interesa es a ti, porque a mí ya no me interesa nada.
—¡Oh! ¡sí por cierto! los perros, los patos, las gallinas.
—Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis cortesanos, y casi amándome: estoy seguro de que uno solo de mis perros me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o engañarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dándome su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente, repito que nada me interesa en el mundo más que tú, que no me necesitas; y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan dificultades a la posesión del mayorazgo que tengo en Italia.
—¿Y qué le importa a usted?
—¡A mí! ¿pues no me ha de importar? ¿no eres tú mi heredero? ¿No sabes que la fuerza de mis rentas está en Italia?
—Y bien, ¿qué quiere usted?
—Que vayas allá a ayudar con buenos patacones nuestro derecho, que de todo hay necesidad: te daré un poder en forma, y... estás delgado, pálido, hijo mío; vete a la hermosa Nápoles; enamora, gasta, distráete; temo que te me mueras como se me murió mi hermano... y mi temor es muy natural. ¡Diablo! eres lo único que queda de mi familia...
—Iré a Nápoles, tío.
—Pues bien: hablemos ahora cuanto quieras, de mis patos, mis gallinas, mis conejos, mis perros y mis flores.
Ocho días después, me despedí de mi tío y me puse en camino para Italia.
Llegué, vi y vencí.
Es decir, vi a los jueces, y reforcé mi derecho, o, por mejor decir, el derecho de mi tío, con tales razones, que quedaron allanadas todas las dificultades que se habían levantado contra su pacífica posesión de los bienes que tenía en Italia.
Escribí a mi tío, participándole el buen resultado del negocio, y manifestándole que, no teniendo nada que hacer en España, iba a completar mis viajes yendo a Oriente.
Mi tío me contestó enviándome libramientos por valor de algunos miles de duros, para que pudiese hacer el viaje como correspondía a mi clase.
Me llevé conmigo a Mauricio, y...
Aquí vendría bien una descripción detallada de lo que vi... pero yo no hacía mi viaje para instruirme, sino para distraerme, y no tomé un solo apunte, ni hice una sola pregunta.
Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tenía ante los ojos, me distraía.
Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo periódico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro años, vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del país en que me encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de él.
Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera quedado solo.
Mauricio, el pobre Mauricio, me había abandonado.
Y bien contra su voluntad por cierto.
La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le había servido de medio para su último viaje.
Para su viaje a la eternidad.
¡Ya se ve! el bueno de Mauricio había conocido por una extraña casualidad a una hija del tal griego, que tenía los ojos más negros y más habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad había encontrado también el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.
La casualidad hizo también que el padre se apercibiese de los amores de su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a hospedarse en la cabeza de mi doméstico, que puesto en la calle por su matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que después de haberle herido... el padre había extrangulado a su hija.
Este drama me impresionó fuertemente, y escapé.
Sin detenerme un solo día, sin pararme en ninguna parte, me trasladé a París.
Esta población era para mí muy familiar, tenía en ella multitud de amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de placeres.
Pero era el caso que los placeres no existían para mí.
O por mejor decir, yo no existía para los placeres.
¡Me hastiaba todo!
La amistad me daba risa. El amor asco.
Todos los hombres me parecían malos cómicos, que charlaban un papel aprendido de memoria.
En cuanto a las mujeres... ¡las mujeres! las miraba con odio.
«He allí, me decía, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes ríe, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He allí ese ser que se venga del hombre, extraviándole y degradándole, de la degradante posición del débil, a que el egoísmo del hombre le ha relegado. Ved la corrupción arrastrándose por los salones, coronada de rosas.»
Yo era indudablemente injusto.
¿Pero qué desgraciado no lo es?
Yo había nacido para amar, y del amor sólo había encontrado la fórmula, la frase.
Pero la realización, el hecho, tenía para mí el encanto de lo desconocido, de lo imposible.
El amor para mí no era otra cosa que un sentimiento mitho.
Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueño, en una palabra, de la poesía.
El amor para mí era un idilio irrealizable.
Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecíanme los profanadores del templo que iban a vender a él sus mercancías.
Amparo solía surgir de tiempo en tiempo, como una excepción entre el embrollado caos de mi escéptico pensamiento.
Amparo, con toda su poesía, embellecida por su abandono, grata para mí, por la protección que la dispensaba.
Pero ¿acaso mi escepticismo no había alcanzado también a ella?
¿Acaso no la había creído una muchachuela picardeada en una casa de vecindad y amaestrada por un fraile hipócrita?
¿Acaso no había huido de ella como quien huye de un peligro?
Porque debo confesar, que desde el día en que almorzó conmigo, comprendí con terror que Amparo podría arrastrarme a un amor nuevo, desconocido para mí; y tanto más terrible, cuanto más accesible al amor estaba mi alma.
No la había olvidado un solo momento: vivía dentro de mí, no podré deciros cómo; era una idea vaga, íntima, que se había asimilado a mi manera de ser, a la que me había acostumbrado, que me acompañaba siempre, que vivía conmigo.
Pero indeterminada, misteriosa, monótona, muda con el mudismo de lo incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los filólogos más profundos se esfuerzan en vano por descifrar.
¿Qué representaba Amparo para mí?
Un ser débil, o una estafadora que me explotaba a título de caridad.
La duda es una cosa horrible.
Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queréis aclarar esa duda y no podéis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado convertirse en la asimilación de vuestro deseo... cuando se ha constituido en vuestro recuerdo... ¡oh! esa duda... esa duda es la muerte de vuestra razón... esa duda os trae a una jaula de locos...
Pero yo no dudo, no; ¡Dios mío! ¡yo no puedo dudar de ella! si dudo... no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no ha existido... yo pienso que Amparo sólo ha sido para mí un hermoso sueño de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soñado por mi deseo.
. . . . . . . . . . . . . .
He pasado muchos días, sin escribir en mis memorias.
O, mejor dicho: hoy, antes de quedarme solo, cuando pensaba haber despertado de uno de esos sueños densos, en que nada se siente; sueño de tinieblas en que nada se ve; sueño que es la negación de la existencia y del que se despierta, antes de acabarse de dormir, espeluznados, estremecidos, fríos como si se hubiera sentido el contacto de la mano de la muerte; cuando sólo creí, repito, despertar de un sueño horrible, me han dicho que he estado un mes delirando, furioso, nombrando a Amparo, amenazándola, apostrofándola, insultándola, prodigándola los epítetos más degradantes.
Yo no recuerdo nada de esto.
Me he mirado al espejo y he visto...
¡Oh! el aspecto de mi miseria me ha hecho llorar.
Mi llanto ha sido una elegía muda a mi destrucción.
Porque yo soy una ruina.
El espejo, que no miente, me lo ha dicho.
Y luego, hay en mis ojos una cosa que me espanta; algo de fuego recóndito allá lejos, muy lejos, en la inmensidad, en lo infinito, dentro del foco de mi mirada.
Mis cabellos están blancos y rígidos, mi piel árida y arrugada, mi boca contraída.
Y luego estoy flaco, muy flaco.
Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis ligamentos y mis arterias.
¡Ah! sin duda estoy loco... ¡loco!
¡Bah! no hay que afligirse por eso.
Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que se comprenden y que se despedazan, comprendiéndose, y que sólo se encierran en hospitales más pequeños a los locos a quienes no comprende nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razón.
La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y a mí me parecen los más rematados.
Me causan risa y lástima.
. . . . . . . . . . . . . .
No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.
Sí, indudablemente ha pasado un mes, sin que yo le sienta pasar.
Ayer el rosal que tengo en mi ventana, estaba cubierto de rosas; hoy las rosas están muertas, deshojadas... sólo las queda el pétalo negro y seco.
Ayer me trajeron un nido de ruiseñores.
Estaban triponcillos y desnudos; tenían hambre, y abrían, piando en coro, unas desmesuradas bocas amarillas: hoy están enteramente cubiertos de su plumaje pardo, saltan en la jaula, y ensayan sus primeros trinos.
Ayer mi cuadrante marcaba el mediodía natural a las doce y tres minutos y hoy le marca a las doce y treinta y tres.
Ha pasado un mes en que no he vivido.
Un mes, en que el no ser me ha envejecido veinte años.
Ayer aún era joven: hoy soy ya anciano.
. . . . . . . . . . . . . .
¡Ah! ya me acuerdo... ya comprendo.
Vivo yo en un pequeño aposento; en este aposento hay algunos muebles muy sencillos.
En este aposento hay una reja que da sobre un jardín... sobre un pobrecillo jardín descuidado, en que las malvas locas se extienden libremente, y que es mi pequeño mundo.
Hay además una puerta muy fuerte, que tiene una rejilla muy espesa.
Esta puerta da a un pasadizo oscuro, por donde entran, como por una cerbatana, gritos estridentes, alaridos, bramidos, imprecaciones, carcajadas, cantares, ruidos; son de cadenas que se arrastran, chasquidos de puertas que se cierran, una tempestad continua de sonidos discordantes, secos, desentonados, agudos, horribles; algunas veces, de noche, muy tarde, suele avanzar, jadeante y cansado, por decirlo así, un canto triste, dulce, suspirante, siempre el mismo, cuyas palabras, no se entienden, pero cuyo sentimiento se adivina; canto con el que vuela por la estrecha crujía, apagándose, perdiéndose, gastándose al rozar las paredes, el alma de un ser que llora cantando: suave oleada que se escapa de un océano de sentimiento, y que acaricia mi alma y la consuela.
He preguntado de qué cuerpo se exhalaba aquella alma, y me han dicho:
—Es una pobre mujer que ha perdido a su esposo y a su hija, y se ha vuelto loca.
Yo amo a esa loca.
Quisiera saber su historia.
He ofrecido dinero, todo el que quiera, al que me traiga la historia de esa loca, y ha sido en vano.
La infeliz ha concentrado, ha sintetizado, ha simbolizado su historia en esa melodía inventada por ella; en ese eterno canto sin palabras... y no sabe más.
No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.
Ofrecí, compré la realización de mi deseo, y me sacaron de mi tumba, para llevarme a otra tumba... más pequeña, más oscura, más horrible.
Allí, replegada en un rincón, medio desnuda, temblando de frío, había una mujer.
Una joven con los cabellos canos...
Una ruina como yo...
Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debió tener los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego del amor.
La miré, me miró, se arrancó de su rincón, y se vino a asir los hierros de su jaula.
Me contempló con fijeza, se sonrió, y me dijo:
¡Tú también!
Y luego se volvió a su rincón, y entonó su eterna melodía.
Y entonces, cerca de mí, a mis espaldas, me estremeció una voz de mujer.
Aquella voz había pronunciado, conmovida y trémula, una palabra de conmiseración para la pobre loca.
Aquella voz me hizo temblar; me volví y vi delante de mí una mujer, un viejo y un niño.
Y la mujer... ¡oh Dios mío! la mujer lanzó al verme un grito horrible, y yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que recuerdo...
¡Era ella!... ¡Amparo!... ¡viva!... ¡al lado de otro hombre!... ¡delante de mí!...
¡Oh! ¡es imposible! ¡imposible de todo punto! ¡mi razón perturbada por la vista de aquella loca infeliz!...
Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...
Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...
Y su terror al verme...
¡Oh! ¡no! ¡no puede ser! un acento parecido... un terror natural en ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volví amenazador, terrible, a la persona que lo había producido...
No, no podía ser Amparo.
Los muertos no se levantan de su tumba.
Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo algunas veces durante mi delirio de pie e inmóvil junto a mi lecho.
Acabé de fastidiarme en París.
Más aún, empecé a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.
Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla se me hizo exigente; me puse en camino.
Llegué a Madrid, y como había alentado una ilusión acaso para entretener mi hastío, y esta ilusión era la atmósfera en que vivía, sin tomarme más tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me presenté en el colegio.
Salió a abrirme una persona desconocida, que me miró con extrañeza.
—¿Doña Gregoria...? dije.
—No vive aquí, me contestó la criada y me dio con la puerta en las narices.
¡No vivía allí! sin embargo, yo no me había equivocado; era la misma casa.
Salí dudando, y miré a los balcones del cuarto principal.
Allí estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva coronando a una niña.
Sin embargo, allí no vivía doña Gregoria.
El acento con que la criada me había contestado, demostraba claramente que no la conocía.
Acaso había dejado la enseñanza y traspasado el colegio; ¿quién sabe?
Volví a subir la escalera y llamé.
Se abrió la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustafá, en una palabra, se abalanzó a mí, loco de alegría, ladrando, ahullando, gruñendo, saltando... había encontrado al fin un amigo... había encontrado a Amparo.
Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, seguí a Mustafá que en medio de sus caricias se dirigía hacia el interior.
En aquel momento escuché el preludio de un piano.
¿Qué había de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que me traía algo del alma de Amparo?
Porque yo no dudaba de que ella era la que producía aquel sonido...
Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido íntimo, una intuición poderosa, sabia, que nunca se engaña, que nos habla continuamente, que nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiración del poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinación, y al mismo tiempo la razón, la percepción de que no está al alcance de nuestros sentidos.
Y esta intuición, este fenómeno de nuestro ser, no comprendido aún, me decía:
«Ella es la que produce esa armonía sentida, dulce, lánguida; esa armonía que gime; esa exhalación; de un alma que sufre y llora como sólo puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, poética: esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un instrumento.»
Y contuve con un ademán a la criada que iba a anunciarme, y con una caricia acallé las ruidosas manifestaciones de alegría de Mustafá.
La criada permaneció inmóvil y admirada en el lugar en que se encontraba, y Mustafá, como si me hubiera comprendido, calló y se encaminó a la puerta de la sala, en la cual se sentó, dirigiendo alternativamente sus miradas a la persona que había dentro y a mí.
El piano continuaba lanzando magníficas pero fugitivas armonías, como si obedeciese a una mano distraída, pero maestra: yo me acercaba todo conmovido, trémulo, desconcertado hacia el lugar de donde partía el sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atracción irresistible.
Al fin aquellas armonías desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas por sí mismas, sin conciencia de quién las producía, se ordenaron, se desarrollaron, crecieron, interpretando un magnífico canto de sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no había oído jamás, tan extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cantó.
Yo no sé lo que cantó: cuando el sentimiento se desarrolla, cuando domina, cuando inunda todo nuestro ser, la razón calla: yo no apreciaba, yo no comparaba, sentía, y aquel sentimiento me dominaba, me arrastraba hacia la mujer que producía en mí aquel sentimiento.
Cuando llegué a la puerta me detuve y lancé al interior una mirada ansiosa: sentada de espaldas a mí, delante de un piano estaba una mujer.
Seguía cantando.
Yo me acerqué silenciosamente, atravesé la habitación y quedé de pie, inmóvil, detrás de ella.
Ella continuó cantando; pero de repente, como si mi ser se hubiera hecho sentir del suyo, a pesar de que no me veía, de que no la tocaba, de que no producía el menor ruido, de que contenía mi respiración, volvió la cabeza y me miró de una manera profunda, tranquila, con una de esas largas miradas que sólo duran un momento, y luego espiró el sonido del piano, y ella se puso pálida, contuvo un grito, se levantó y quedó inmóvil delante de mí.
Por un momento ni ella ni yo hablamos.
Yo la contemplaba.
Nunca había visto tan soberana hermosura; nunca tanta majestad y tanta sencillez: estaba fascinado, trémulo, y sin embargo yo no conocía a aquel ser divino, a aquel ser a quien no me atrevo a llamar mujer.
No, no la conocía: era para mí enteramente nueva.
—¡Ah! perdone usted—la dije,—me he equivocado... buscaba... dispénseme usted... a los pies de usted.
—¡Buscaba usted a Amparo!—me dijo.
—Sí... en efecto, una joven...
—Que encontró usted hace seis años a media noche en la calle...
Y los ojos de la joven se llenaron de lágrimas...
—¡Amparo!—exclamé, reconociéndola al fin.
—Sí, yo soy Amparo—me contestó dominándose y sonriendo tristemente; yo soy su protegida de usted.
Y calló, me indicó el sofá, y fue a sentarse junto a él en un sillón.
Seguimos guardando silencio por algún tiempo.
Yo la contemplaba con asombro.
Quisiera poder describirla.
Pero es imposible.
Sólo puedo daros una descripción incompletísima; yo sólo puedo deciros que era una joven de veinte años, alta, esbelta, admirablemente formada, con ojos negros, grandes, brillantes, hermosos hasta lo infinito; frente blanca, tersa, pura como el marfil; vamos: es imposible, lo veo: a una mujer hermosa se la pinta, no se la describe, y aún pintándola, por más que el retrato sea obra de un gran artista, sólo tendréis el remedo, porque faltará allí la vida; porque una fisonomía no se reproduce en un solo rasgo, en una sola manifestación; porque no pueden fijarse, reproducirse las ondulaciones del alma; esa sonrisa a la que sucede una gravedad triste, esa mirada anhelante que vacila y tiembla delante de vuestra mirada y se aparta de vos para volver a buscaros, ya más serena más cauta, rehecha de la primera impresión; esa boca entreabierta y pura que deja escapar un hálito ardiente y entrecortado; ese seno que se alza y se deprime obedeciendo a ese hálito; no, no; el pintor sólo puede reproducir el alma en un momento dado, y el alma, que es la luz del semblante, no se reproduce, no se manifiesta en una sola sensación... es imposible que yo pueda daros una idea de Amparo.
Lo que sí puedo deciros es que estaba completamente transformada: sólo conservaba de lo que había sido, la cicatriz de la herida que se había hecho en la mano derecha al huir de la infamia: por lo demás los gérmenes morales y físicos que en ella existían cuando yo salí seis años antes de Madrid, se habían desarrollado: en lo moral no era ya pobre muchacha de maneras humildes, viva y tímida a un tiempo, recelosa y confiada, conocedora sólo de la miseria y resignada por un instinto de fuerza a su pobreza: era en el aspecto una dama en la que nada podía echarse de menos, ni las maneras sueltas, dignas y sin afectación del gran mundo, ni el gusto más exquisito en el traje, ni la posesión de sí misma, ni la ausencia de toda afectación, de todo encogimiento: quedaba siempre en ella la mirada lúcida, anhelante; la dulce palidez, la triste sonrisa, la expresión melancólica y profundamente resignada; pero no era aquella la resignación que se refiere a los dolores físicos, a las privaciones, al trabajo, a la carencia de todo lo necesario: era una resignación más terrible, porque se refería al infortunio del alma; a la carencia de esas expansiones, sin las cuales un ser humano no es otra cosa que un cadáver a quien su propio cuerpo sirve de ataúd ambulante. En lo físico la transformación había sido también maravillosa: había crecido: sus formas antes flacas se habían redondeado, modelado, armonizado, dulcificado hasta lo infinito: se desprendía de ella tal fuerza de vida, su piel era tan intensamente blanca, tan sedosa, tan bellamente pálida, con una palidez nacarada; sus cabellos eran tan negros, tan brillantes, tan ricos, que su peinado parecía estar hecho por un escultor griego sobre ébano; las cejas negras y las pestañas negras también, espesas, convexas, dando fuerza con su sombra a su mirada, velándola, amortiguando su brillo; su boca pequeña, de color vivo, fresco y puro; el corte general de la cabeza, lo esbelto del cuello, lo redondo de los hombros, la altura virginal del seno, y los brazos que se veían entre los encajes de una bata de seda a listas, la suelta plegadura de esta bata que revelaba la ausencia de esos ahuecadores con que las raquíticas mujeres de nuestros días encubren la flacura de sus formas, todo esto la daba una fuerza de voluptuosidad irresistible, y para aumentar esta voluptuosidad, se desprendía de ella, de su expresión, de sus miradas, de su actitud, tal perfume de castidad, que era necesario creer que su cuerpo como su alma estaba virgen.
Y sin embargo, aquella boca entreabierta y suspirante, aquella mirada vaga y tímida, aquella palidez mate, revelaban que en ella ardía el fuego sagrado; que estaba ansiosa de amor.
¿Pero a quién podía amar Amparo?
¿Dónde el ser que pudiera llenar aquella alma tan entusiasta, tan apasionada por lo bello, que se remontaba en sus aspiraciones al cielo y vivía con pena en la tierra.
¿Dónde el alma en que pudiera reclinarse, confundirse, vivir aquella alma desterrada?
Porque estas aspiraciones y estas necesidades de su alma estaban impresas sobre el semblante de Amparo.
Y fue tan franca en los primeros momentos de nuestra vida la expresión de aquel semblante, que comprendí que Amparo amaba, que amaba con toda su alma y que amaba sin esperanza.
Y al comprender esto sentí al mismo tiempo celos y remordimientos.
Celos porque no era yo el hombre a quien ella amaba.
Remordimientos porque, elevando su educación, había elevado su espíritu, la había aumentado sus aspiraciones, y la había hecho por consecuencia infeliz.
Porque a pesar de su magnífica hermosura, ni tenía nombre ni dote.
Amparo era una expósita; Amparo sólo tenía necesidades.
¡Y es tan positivista el siglo xix!
En otros tiempos la hermosura y la virtud podrán haber sido un magnífico dote: hoy el dote está sobre la virtud y sobre la hermosura: los viejos son los únicos que se casan con las mujeres jóvenes, honradas y bonitas.
El siglo xix, bajo cualquiera faz que se le mire, es el siglo de la sangre y del lodo.
El siglo de la compraventa.
El siglo del incesto y del adulterio.
El siglo corruptor y corrompido.
El siglo en que la acepción de las palabras más notables está viciada.
El siglo en que todo es mentira menos el dinero.
¡Qué podéis esperar de un siglo en el cual el que invoca con entusiasmo la patria, el amor y la fraternidad, o lo que es lo mismo la caridad, se pone en ridículo!
¡De un siglo en que...!
El siglo xx hará la historia del siglo xix.
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¿Qué podía esperar Amparo?
Una vida de sufrimiento.
Porque Amparo tenía la desgracia de flotar, soñando, en alas de su entusiasmo, en una región a la cual sólo podía alzarse su deseo.
. . . . . . . . . . . . . .
Todo lo que acabo de apuntar lo observé, lo comparé, lo pensé, lo deduje en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada baja, y yo contemplándola absorto y enamorado.
Sí, enamorado, y enamorado como un loco.
Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la máscara de la conveniencia.
Yo creí que debía apelar a toda mi fuerza de espíritu para mostrarme con ella en la verdadera posición en que podía colocarme: esto es, en la posición que me encontraba seis años antes.
Amparo debía ser siempre para mí la misma: una protegida a quien yo dispensaba cuanta protección debía de una manera enteramente desinteresada: lo demás me parecía repugnante.
Y ella... ella levantó al fin los ojos. Su semblante no mostraba más expresión que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma niña de seis años antes, pero hermosa, hermosísima, con un traje de seda, en una habitación amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado, como si se hubiera tratado de su padre.
Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se comprendía que la careta la hacía daño.
—¿Con que hasta tal punto me había olvidado usted—me dijo sonriendo—que no me ha reconocido?
—Se ha transformado usted de una manera completa—le contesté.
—Creo que quien se ha transformado es usted.
—¡Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.
—¿Y ese usted? ¿ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma: siempre contenta, siempre amándole a usted, siempre dando gracias a Dios por el bien que me ha hecho...
—Me parece, Amparo—la dije conmovido—que sufres, que no eres feliz, que estás contrariada.
—¡Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el usted me hacía daño: por lo demás veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose, canta, atormenta un piano y enseña lo que se enseña en España en un colegio. Esta es toda la diferencia: por lo demás, pienso hoy de la misma manera que pensaba el día en que almorcé con usted.
—¡Ah! ¡Te acuerdas!
—Sí me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: ¿continúa usted cansado de la vida? ¿No espera usted nada? ¿No desea usted nada?
—¡Oh!—la contesté:—nada espero, nada deseo...
—Y en esos largos viajes...
—Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.
—¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una manera particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.
—Esto en mí es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... y tú... ¿qué esperas? ¿qué deseas?
—Yo... me contestó mirándome fijamente, pienso como pensaba hace seis años.
—¡No recuerdo!
—Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.
—¡Ah! ¡vuelves a lo del convento!
—Sí.
—Pero es extraño... ¿No amas?
—No.
—Eso es imposible. Una joven como tú...
—Una joven como yo... que no se pertenece; que sólo puede dar a un hombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casa y una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.
—El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.
—Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido la suerte de no enamorarme.
—De seguro no habrá faltado...
—¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.
—Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...
—Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días a dar lecciones de lenguas.
—Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta un dote cuantioso; cierra el colegio...
—¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!
La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre risa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendida que no podían desconocerse.
—No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos ser monja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?
—Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.
—¡Ah! ¡Pobre mujer!
—No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre mis brazos.
—¿Y su marido?
—Está empleado en provincias.
—¿Y el padre Ambrosio?
—Sigue viviendo en su casa de vecindad.
—¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?
—Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido un examen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar el establecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomás se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada le debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeño capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.
—Es que yo no quiero.
—¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiere usted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.
—No, no es eso...
—Pues el convento...
—El colegio...
—Una soltera sola no está bien en el mundo.
—¿Y te casarías sólo por darme gusto?
—No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me mandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habría tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de usted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seis años no ha escrito usted una sola carta...
—¿Y para qué?
—¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese estado tranquila.
—¡Ah! El no saber de mí...
—Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de usted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...
Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.
—Allí no entra nadie más que yo, dijo.
—¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de una Virgen de los Dolores pintada al óleo.
—Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió de Madrid.
Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.
No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento sonó una campana.
—Adiós—me dijo tendiéndome una mano—es la hora de comer y mis niñas me esperan. Vuelva usted.
Salí enamorado y desesperado.
Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mi razón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que una ardiente expresión de agradecimiento. Amparo parecía enamorada de un imposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para no hacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.
Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado en mí la vista de Amparo.
Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba: al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa triste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, y después el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no sé qué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma exhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamente simpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido para mí:
—Necesito que sea mía, enteramente mía.
Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón me gritaba severa:
—Es necesario que sea tu esposa.
De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo haceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.
La deseaba como jamás había ansiado otra mujer. Parecíame que las mujeres con las cuales había estragado mi corazón y mis sentidos eran de otra especie que Amparo: me parecía que Amparo era la mujer... ella sola la mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensación de su fatiga, la alegría de sus pesares, el aliento de su corazón, la mitad del cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unión donde van a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nos identificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella; que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestra orgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida de nuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y feliz si en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en la cual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los días de su juventud.
Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quería rodearme de esos testimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yo entonces, vuelvo a repetirlo, era impío y no podía referirme a la inmortalidad sino refiriéndome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, la piedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.
La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones íntimas del amor que me inspiraba Amparo.
Era un amor, ni todo espíritu, ni todo materia. Era un amor humano: el amor del hombre hacia la mujer: una atracción incontrastable me arrastraba en mi pensamiento a confundirme con ella: parecíame sentirla engrandeciendo mi ser, absorbiéndose enteramente su cuerpo y su alma, respirando en su aliento, latiendo en su corazón, viviendo en su vida... ¡Oh! El lenguaje humano es miserable... no tiene palabras para el sentimiento, es impotente para traducir el alma. Yo la amaba como a mí mismo, más que a mí mismo: la amaba hacía mucho tiempo: para conocer que la amaba necesité verla en el esplendor de su hermosura, en el lujo de su transformación, y entonces comprendí que yo no estaba hastiado sino sediento; que en mí no había muerto nada; que mi vida había pasado entre un marasmo fatigoso producido por el lodo del mundo en que hasta entonces me había revolcado.
Aquella transición de la trapera a la dama, de la niña a la mujer, transición para mí violenta puesto que alejado de ella durante seis años no había podido asistir a la elaboración lenta, gradual, lógica de aquella transformación; fue para mí...
Suponed por un momento que el sol no existe: que sólo os alumbra una luz artificial: que habéis recorrido el mundo armado de una linterna, tropezando aquí, cayendo allá, buscando no sé qué quimera de vuestro pensamiento; que habéis aplicado la luz de vuestra linterna al semblante de todo el que habéis encontrado, y habéis visto un rostro repugnante del cual habéis apartado los ojos con hastío; que habéis seguido siempre adelante buscando vuestro fantasma y os habéis cansado al fin; habéis arrojado la linterna y os habéis quedado a oscuras, exclamando:
—El mundo es la horrible verdad de lo monstruoso, de lo deforme: la vida una carga insoportable; el hombre nuestro hermano no existe; la mujer nuestra ayuda es sueño. El que tiene vida en ese mundo de horribles verdades muere; no hay Dios: no hay humanidad. El mundo es hijo del acaso: el hombre es un reptil como otro cualquiera.
Y suponed que cuando acabéis de pronunciar esa blasfemia aparece de repente el sol en una explosión de luz y de armonía: que lleváis una mano a vuestros ojos que se deslumbran, y otra sobre vuestro corazón que se enternece lleno de una nueva vida, y que cuando volveis a abrir los ojos os encontráis de nuevo en las tinieblas, enardecido por el próximo y candente recuerdo de la luz divina que os ha deslumbrado, de la armonía de los cielos que ha reanimado vuestro ser... y después de haber supuesto esto suponed vuestra desesperación, vuestro dolor.
Dios existe: existe la luz; pero Dios está irritado contra vos, no ha hecho la luz para que brille en vuestros ojos; no ha hecho la armonía para que deleite vuestros oídos: sois un ser condenado: Dios es un ser vengativo.
Yo había buscado en el mundo sin encontrarle el amor tal cual yo le comprendía... le había buscado en vano y me había dicho:
—Nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestro deseo.
Dios no puede haber dado a su hechura aspiraciones imposibles.
Si no ha podido dárselas y las tiene no existe Dios.
O Dios es el acaso.
Amparo fue para mí el sol de la vida: la mujer que salía del edén y se ponía delante de mí... la prueba material de que Dios ha dado a cada aspiración del hombre una realización.
Amparo realizaba mis sueños: era la mujer que yo había buscado en vano, la mujer que hablaba a mi corazón y a mis sentidos; pero... Amparo no me amaba: si me hubiera amado yo lo hubiera comprendido; Amparo me consideraba como su protector, como su padre: Amparo se resignaba a cumplir mi voluntad hasta el punto de casarse con el hombre que yo la designase... y Amparo amaba... Amparo sufría... sus ojos, mi alma habían apurado su sufrimiento... Amparo no era mía... había visto por un momento mi fantasma y me le arrebataba Dios.
Dios castigaba mi impiedad.
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Pasaron algunos días sin que yo fuese a ver a Amparo.
Tenía miedo de verla.
Temía echar a perder inútilmente mi papel de protector, de padre, dejándome arrebatar a una situación ridícula en un momento de olvido.
En estos días mi administrador general se empeñó en darme cuentas, y me vi obligado a ceder, para que tuviese ocasión de convencerme de que era hombre de bien.
Pasé por alto una multitud de partidas; pero no pude menos de reparar en una data.
Estaba figurada en estos términos:
«A doña Amparo, por encargo especial del señor, cuatro mil reales.»
—¡Cuatro mil reales!—dije con extrañeza—ese no será el total de la data.
—Sí, sí por cierto, señor, doña Amparo no ha recibido más.
—¿Y en qué consiste? ¿No mandé a usted que entregase todos los meses mil reales a doña Gregoria?
—Sí, sí, señor, pero doña Gregoria me dijo al cuarto mes que no recibía más... por aquel año... que a la señorita la bastaba para un año aquella cantidad y...
—Usted debió insistir.
—Insistí... pero yo no podía obligar a doña Gregoria...
—Y al año siguiente...
—Fui el primero de enero con cuatro mil reales...
—Pero no constan.
—Es que doña Gregoria no los quiso recibir.
—Es usted un torpe.
—Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los oídos y se la saco, si no encuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no se me ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a una persona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.
—Pero ¿qué razones dio a usted doña Gregoria?
—Con las palabras más dulces del mundo, deshaciéndose en elogios y en palabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la señorita Amparo, ayudándola en el cuidado de las niñas del colegio, ganaba lo bastante para sus necesidades.
No supe qué contestar. Amparo volvía a hacerse superior a mí.
Mi administrador continuó impasible relatándome sus cuentas.
Al fin en las de dos años antes, leyó lo siguiente:
—Cargo: recibido de doña Amparo, cuatro mil reales.
No pude contenerme: mi irritación estalló; mi administrador es un asesino: apuré con él la suma de los dicterios conocidos y por conocer y le destituí.
Amparo se engrandecía a mis ojos.
No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modo que su dignidad era la dignidad mía; pero la posición en que ella se había colocado respecto a mí me desesperaba.
¿Con que lo que únicamente había hecho por ella había sido darla la mano, ayudarla a salir de la precaria situación en que se encontraba? ¿Con que sólo me debía agradecimiento? ¿Con que el mayor trabajo de la obra de su transformación había sido suyo?
El dinero es la piedra de toque del corazón humano.
Amparo había arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.
Amparo se había colocado delante de mí a una inmensa altura.
Elevándose, elevó ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me obligó a confesar que existía la virtud sobre la tierra.
Y mi corazón y mi cabeza me decían:
—La amas, necesitas su amor para vivir.
Y mi desesperación me decía:
—Amparo no te ama.
Entonces blasfemaba yo.
—¡No hay Dios, decía!
. . . . . . . . . . . . . .
Fui a verla.
Habían pasado ocho días desde mi visita de vuelta de viaje.
Tiré con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.
Amparo salió hasta el recibimiento y me tendió la mano con la mayor naturalidad.
—Otra vez no pida usted que le anuncien,—me dijo sonriendo.
Y me llevó a la sala asido de la mano.
El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la mía con una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector a quien se ama, me causaba una impresión que en vano querría explicar: parecíame que aquella mano me transmitía otra vida más pura, más fácil; me embriagaba en un goce lánguido y tranquilo...
Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo que pertenecía a Amparo; todo lo que emanaba de ella.
Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para no mostrarme ni más ni menos interesado por ella que como lo estaba seis años antes.
Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retenía mi mano en la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija la mano de su padre, de quien ha estado separada muchos años.
La contemplé durante algún tiempo sin perder ni un instante el cuidado de mí mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hiciese conocer el verdadero interés que me inspiraba.
Yo era entonces un cómico que representaba dolorosamente su papel.
—Me alegro—la dije al fin.
—¿Y de qué se alegra usted?—me contestó mirándome con gravedad.
—Me parece que eres feliz.
—¡Oh! sí; completamente feliz—me contestó—ya lo creo: al cabo le tenemos a usted.
—¡Le tenemos!—exclamé con extrañeza.
—Sí, sí por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustafá, mírele usted echado entre nosotros y mirándole de hito en hito. A pesar de que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para él una persona desconocida... ¿Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?
—No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.
—No se habrá atrevido... es tan tímido.
—Yo iré a verle cuando salga de aquí; pero es necesario que me digas donde vive.
Amparo se levantó y escribió las señas que me entregó.
Tenía un precioso carácter español.
—Escribes muy bien—la dije.
—Es mi obligación. ¿Se olvida usted de que soy maestra de escuela?
—Quisiera verte entre las niñas.
—Eso no puede ser. Pero figúrese usted que me ve: toda una madre de familia: me pongo muy seria, riño mucho, las castigo con tratarlas secamente, y las premio con un beso.
—¡Ah! ¡Ah!
—Y paso buenamente la vida: no sé si es soberbia, pero se me figura, creo que el magisterio cuando se ejerce sobre niños es un sacerdocio que impone sagrados deberes; ¡y es tan dulce el cumplimiento del deber! Y cuando un ser cuya razón empieza a desarrollarse bajo nuestra influencia es una niña, todo cuidado es poco, porque de la niña se hace la mujer, la madre de familia, y la madre de familia, mal que les pese a los que niegan toda participación a la mujer en el desarrollo social, es la que siembra el fruto que ha de coger la sociedad: formad buenas madres de familia, y habréis formado una generación llena de virtud, de entusiasmo, de valor, de abnegación, de amor patrio, de virilidad, de grandeza: los hijos son la madre: si la madre es buena, el hijo es bueno; pero si la madre ha dado a sus hijos el pernicioso ejemplo de las discordias domésticas, la falta de sufrimiento y de abnegación, el escándalo continuo, el repugnante espectáculo de preferencias odiosas respecto a este o al otro de sus hijos; si esos jóvenes corazones no han tenido ningún buen ejemplo que imitar; si sólo han debido a su madre un amor indiscreto y caprichoso, caricias exageradas, castigos inmotivados, se pervierten, se desnaturalizan embotando o perdiendo todos sus buenos instintos y constituyendo un ser artificial formado por una mala educación. ¡Oh! ¡Las madres! ¡Las madres!
Y Amparo inclinó la cabeza profundamente pensativa.
Como ven mis lectores, nuestra conversación no podía ir más apartada del punto a que mi amor hacia Amparo hubiera querido llevarla.
Este alejamiento de nuestra conversación de mi idea fija, me favorecía ayudándome a mantenerme firme.
Durante dos horas, Amparo, haciendo casi sola la conversación, me dejó conocer cuánto valía su moral: vinimos al fin a recaer en mis viajes; me preguntó acerca de las civilizaciones extranjeras, y sin haber hablado ni una sola palabra de su pasado ni de sus proyectos, me despedí de ella.
Fui a ver al padre Ambrosio algunos días después.
Cuando entré en la casa de vecindad, al primero a quien pregunté me indicó la puerta del aposento del exclaustrado.
Al asomar a ella, di un paso atrás.
Le había sorprendido... mondando patatas.
Pero ya era tarde.
El padre Ambrosio me vio, se levantó, dejó sobre una pequeña mesa el plato donde tenía las patatas mondadas, y me salió alegremente al encuentro; con timidez sí; pero no con una timidez de vergüenza, sino con su timidez característica.
—¡Ah!—exclamó—usted por aquí, cuanto me alegro. Yo debiera haber ido a verle a usted.
—¡Oh! de ningún modo.
—Sí, sí, pero no me he atrevido.
—Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.
—Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle a usted: ¿y cómo le va a usted...? Siéntese usted aquí en el sillón..., póngase usted el sombrero..., así...: ¿y qué me dice usted de nuestra hija? añadió sentándose en una vieja arca: es un prodigio...; a mí ha acabado por hacerme feliz, me ha regenerado... ¡qué niña, Dios mío, qué niña! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie, de nadie más que de Dios.
—¡Me pregunta usted qué pienso de Amparo! contesté: con usted puedo ser franco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todos sus sueños, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer a quien ama.
—¡Ama usted a Amparo! exclamó el padre Ambrosio poniéndose mortalmente pálido.
—Sí; la amo con toda mi alma.
—¿Y se lo ha dicho usted?
—No, ni se lo diré nunca.
Se tranquilizó el padre Ambrosio.
—Yo había previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabaría por amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se harían ustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis años y... pero a que soñar... Amparo no sería feliz con usted.
—¿Ama acaso a otro?
—Yo creo que sí.
—Yo también lo he creído.
—Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido la causa de sus lágrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un día la sorprendí mirando un retrato.
—¡Un retrato! ¿pero de quién?
—No lo sé. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvió y ocultó el retrato en el pecho. Yo nada la pregunté, nada la dije; Amparo, con la fuerza de voluntad que Dios la ha dado, se serenó, y nada me dijo del retrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dejé pasar algunos días, y a la primera confesión la dije:
—Tú sufres, Amparo.
—Tengo el alma triste, me contestó.
—¿Tienes triste el alma porque amas?
—Yo... No señor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no daría a mis hijos una madre sin nombre.
—Sé franca conmigo, repuse: ¿amas acaso a tu protector?
—¡Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contestó con la mayor naturalidad: acaso ¿no es mi padre?
—No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro más íntimo: el amor que tiene una mujer al hombre de quien desearía ser esposa.
—No, no le amo así, ni le podría amar nunca de ese modo; me lo impediría el respeto que me inspira.
—Pues, si no amas a tu protector, ¿a quién amas?
—A nadie.
—¿Y el retrato que ocultaste al verme el otro día?
—¡Ah! ¡el retrato de mi madre!
—El retrato de su madre, exclamé interrumpiendo al religioso; pues qué, ¿ha encontrado Amparo a su madre? ¿Habrá alguna razón que la impida...?
—Lo mismo la pregunté; pero ella me contestó: es el retrato fantástico de mi buena madre, con quien sueño todas las noches; en quien pienso todos los días; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueños... Mañana le verá usted.
No supe qué contestar.
La hacía llorar la vista de la reproducción material de un fantasma.
En efecto, al día siguiente me mostró una bellísima cabeza de mujer como de cuarenta años, y había allí algo... en el semblante triste de aquel fantasma estaba el alma de Amparo.
Calló el religioso, y yo quedé profundamente pensativo.
Me había dado a conocer un nuevo rasgo del carácter romancesco de Amparo.
—Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuaré comprimiendo dentro de mi corazón el amor que me inspira: procuraré que no salga delante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblante la más leve manifestación de ese amor. Si no puedo vencerle, volveré a mis viajes.
—Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.
—¡Cómo!
—Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con toda la firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara en ella, o no pertenece a esta vida. Amparo... acaba de decírmelo hoy por la mañana, está resuelta a meterse en un convento, y me ha mandado practicar las primeras diligencias.
—¡Oh! No, de ningún modo, exclamé. ¡Monja! ¡Monja Amparo! No puede ser.
—Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba a decírsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... temblé... callé, no me atreví...; pero... en quince días que han pasado desde que la vio usted por última vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentro de tres días más debe tomar el hábito de novicia. Esta mañana me dio esta carta para usted. ¿Comprende usted ahora por qué no me atrevía a ir a su casa?
Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padre Ambrosio, y que contenía estas palabras:
«Convento de.... Perdone usted si por mí misma he tomado tan grave resolución. Yo no podía permanecer más en el mundo, y usted se opone formalmente a que yo entre en el claustro. Perdóneme usted otra vez. Pero mi corazón necesita paz y he venido a buscarla a esta santa casa.—Su siempre agradecida. Amparo.»
Sin despedirme del padre Ambrosio salí comprimiéndome las sienes con las manos.
Mi cabeza se rompía.
Aquella carta había sido para mí un golpe de muerte, y apenas pude salir a la calle.
No sé lo que me sucedió: sólo recuerdo que al volver en mí me encontré en un lecho extraño rodeado de una familia desconocida, y con un médico a la cabecera.
Mi indisposición había sido un accidente pasajero.
Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volví al uso de mis facultades.
Me encontré en la trastienda de una barbería.
Una buena mujer me aplicaba a las narices un paño mojado con vinagre.