Levàntase D. Diego de Mendoza en Santa Cruz de la Sierra; sale el Virey D. Francisco de Toledo del Perù, con gran ejército en su demanda.

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Con su saber astuto y cauteloso,
Sintiendo la pujanza que Adam lleva,
Y viéndose no ser tan poderoso,
Que pueda entrar con él en lucha y prueba,
En el jardin de vida deleitoso,
Satan tomó por medio á nuestra Eva,
Que vencerle, sabia, no pudiera
Si solo la batalla acometiera.

Contra el hombre quedó Satan tan diestro
Que si vencerle quiere con pujanza,
Como viejo, sagaz y gran maestro,
En una muger pone confianza;
Y el caso que no puede muy siniestro,
Por medio de muger puede y alcanza:
De modo que de diez partes de males,
Los nueve con muger causa cabales.

Cuan claro aquesto vemos en el cuento
Del pobre de D. Diego y de Zurita,
Pues solo por poner muger asiento
En el iglesia, y que otro se lo quita,
Se comenzó tan gran levantamiento,
Que al reyno del Perú plata infinita
Le cuesta, y aun buen triunfo le costára
Se él de Toledo no lo remediára.

Las mugeres de aquestos dos trabadas,
Comienzan de sembrar tan gran zizaña,
Que yendo ya las cosas mal guiadas,
Se fragua en poco tiempo gran maraña.
El Zurita tenia desganadas
Las gentes, y à D. Diego el diablo engaña:
Al Zurita que manda allí, prendia,
Y al Audiencia Real preso le envia.

Un Diego Gomez, hombre marinero,
Con su pretension mala le traía
Al pobre de D. Diego al retortero;
El Cabildo en aquesto le elegia,
En el lugar que estaba de primero,
Zurita, que á los Charcas habia ido:
Pues veis Gobernador D. Diego alzado,
Y el propio del gobierno despojado.

Don Diego á los alcaldes prende luego,
Con otros que condenar su designo,
Y viendo alborotado andar el juego,
Los Salazares salen de camino.
La nueva al Perú vuela como fuego,
Y el D. Diego con grande desatino
Mató á los Salazares, procurando
Quedarse para siempre gobernando.

Don Francisco, virey de tanta fama,
Y en servicio del Rey muy estimado,
Sabido este negocio, echa de rama,
Y en breve grande ejército ha juntado.
A gente de valor y suerte llama,
Y el hecho con presteza concertado:
La cordillera se entra muy pujante,
Echando un caballero de delante.

Aqueste es D. Gabriel, que de su tierra
Y sangre hereda esfuerzo Placentino:[75]
A Santa Cruz le envia de la Sierra
Con gente de la suerte que convino,
A que rompa por paces ó por guerra
Del triste de D. Diego su destino,
Despues, dando la vuelta, que pretenda
En Ibitupuá ganar hacienda.

Don Francisco se vá por otra parte,
Por Presidente queda el de Quiñones:
Aqueste caballero con gran arte
El Audiencia regia y escuadrones,
Temiendo de su industria el fiero Marte,
De su sagacidad y discreciones:
Que tanto era el ardid que allí mostraba,
Que en la guerra las letras encumbraba.

A Don Diego la nueva llega en esto,
Que de parte del Rey se hace gente,
De Santa Cruz se sale muy de presto
A las horcas de Chaves diligente:
En llegando despacha muy de presto
En casa Ibitupuá, indio valiente,
Diciéndoles, se junten mano armada,
Y no dèn al Virey paso ni entrada.

Que si el Virey se le entra por la tierra,
Que vivirá en eterna servidumbre;
Que habrá de conquistar toda la Sierra,
Sin dejar lo mas alto de la cumbre:
Que ahora podrá bien darle la guerra,
Para librarse de esta pesadumbre;
Que perfecta prudencia es y cordura,
Gozar en la ocasion la coyuntura:

El indio le responde, que guardase
Su tierra, y que jamas no pretendiese,
Que en cosa con los suyos le ayudase,
Que allá D. Diego solo se lo hubiese.
Que no tiene temor que nadie entrase
En su tierra, por fuerza que trajese,
Que de ánimos constantes tiene un muro,
Y fuerza, con que vive muy seguro.

Ibitupuá, ó viento levantado,
Aqueste indio se llama, es de gran brio,
Magnánimo, valiente y esforzado,
De muy grande valor y señorio:
En grande rectitud tiene su estado
Sujeto por su esfuerzo y poderio:
En toda la comarca es muy temido,
Y muchos favorecen su partido.

Entre los suyos hizo llamamiento,
Y désque á todos juntos los tenia,
Les hizo un concertado parlamento,
Diciéndoles el fin que pretendia.
"Aquesta tierra, dice, es nuestro asiento,
A nadie de derecho otro venia;
Por tanto el nuestro propio defendamos,
Y la vida por él todos pongamos."

"Yo he puesto diligencia en mis agueros
Y hallo buen presagio en cuanto veo,
Y espero que saldrán bien verdaderos,
Cortados á medida del deseo:
Y veros tan valientes y guerreros,
Cual sé lo sois, y siempre yo lo veo,
Me pone nuevas fuerzas y me anima
A conquistar los Charcas, Cuzco y Lima."

"Noticia tengo ya de como viene
El soberbio cristiano, mano armada:
En las horcas de Chaves se detiene
Don Diego con su gente levantada,
De todos el resguardo nos conviene,
Y guardar nuestra tierra libertada;
Que si cualquiera de ellos nos venciere,
De nosotros hará lo que quisiere."

Bebiendo de la chicha y del brevage,
Que habia para ello el aparejo,
Celebrado con grita y con corage
De todos fué el acuerdo y el consejo.
En medio de la junta, de buen trage
Un indio se levanta, cano, viejo,
Con manta que parece fina grana,
Y en el brazo de plata una chipana.

Aqueste con muy grande reverencia
Al gran Cacique dijo, convenia
Despachase con mucha diligencia
A Condurillo.—Izoca: "mas valdria,
Responde muy soberbio, sin paciencia,
Matar toda la sangre vieja y fria,
Pues quita á los osados corazones
La causa de venganza y ocasiones."

El viejo Tabobá con pecho fiero,
A Izoca respondió: "mal has hablado,
Contino la tuviste ser parlero,
Sin seso, sin verguenza, deslenguado:
A ti junto con otro compañero
Haré entender quien soy en estacado."
Izoca acude al arco que traía,
De presto Ibitupuá los despartia.

Las tazas andan tales y los mates,
Que el acuerdo se vuelve en voceria;
Allí se disputaban mil debates,
Y cada cual su caso difería.
Con borradas razones y dislates,
El uno al otro dice vencería,
Aunque traiga consigo por ayuda
La isla Jamaíca y la Bermuda.

Una India que las tazas ministraba,
Muy vieja lagañosa y colmilluda,
A todos los mancebos animaba
Con su lengua mordaz y tartamuda:
Entre otras muchas cosas que hablaba,
Aquesta razon dice la barbuda:
"En medio el Paraguay y Perú estamos
Aquestos y á los otros resistamos."

Gran grita y alarido levantaron
Los indios en le oir estas razones:
El dicho con aplauso celebraron,
Cesaron diferentes opiniones.
El consejo con gozo consumaron
Conformes en el alma y corazones,
Sujetándose al dicho de la vieja
Y así cada cual dellos se apareja.

El nuestro Paniagua placentino,
Con gente muy lustrosa y muy lucida,
Con ánimo de fuerte paladino
Comenzó, como dije, su partida.
Y tan pujante fué, que de camino
La tierra á su diccion quedó rendida.
Don Diego de esperarle ya cansado,
A Santa Cruz, enfermo, se ha tornado.

De manos y de pies Dios le ha tullido;
Que es lástima de ver al caballero,
Que aun obras naturales no ha podido
Sin ayuda hacer de otro tercero.
A Santa Cruz de vuelta ya venido,
De D. Gabriel le viene un mensagero
Con cartas del Virrey, y prometidas
Del propio, y Gomez y Avila las vidas.

Llegando D. Gabriel á aqueste puesto,
Que las horcas de Chaves es llamado,
Halló como D. Diego con el resto
De su gente ya habia caminado.
Las cartas despachando muy de presto,
Con los suyos se queda allí alojado,
Que adelante pasar no se podia,
Que la tierra de aguas se cubria.

A Santa Cruz las cartas llegan breve;
El Avila ha ayudado en esta parte,
Causando que se haga lo que debe
Hacerse, aunque siguiera el estandarte
Contrario: mas agora no se atreve,
Por ver del de Toledo la grande arte,
Y que el D. Diego está sin pies y manos,
Y aquellos que le siguen son tiranos.

El órden que se dió, que desistiese
Del mando y del gobierno que tenia,
Y al Cabildo y Consejo se le diese,
Que aquestos dicen todos convenia.
El Gomez, que fué causa que hiciese
Don Diego la contada demasia,
Y fuera al parecer su grande amigo,
En viéndole sin mando, fué enemigo.

Desiste, pues, D. Diego de su mando,
Y deja que el Cabildo gobernase,
Por aquesta manera procurando
Que el Virrey su delito perdonase.
Algunos de su parte y de su bando
Le dicen al Virrey se presentase:
Que en ver su poca culpa y su inocencia,
Sin duda que usaria de clemencia.

El Cabildo enviar procura luego
A D. Gabriel la nueva de este hecho:
Salgado sale ya sin grande ruego,
Mas no sin gran doblez de inicuo pecho.
De Santa Cruz, saliendo como fuego,
A las horcas de Chaves vá derecho;
Veinte mancebos lleva arcabuceros,
Y mas cincuenta infantes muy guerreros.

Don Diego del negocio ya arrepiso,
Pensando de volver el juego en maña,
A Salgado le ha dado por aviso,
Que mate á D. Gabriel con su compaña.
El indio Chiriguana nunca quiso
Venir en el concierto y la maraña;
Que si el indio en el concierto consintiera,
Don Gabriel con su gente pereciera.

El hecho de esta suerte se guiaba,
Que llegado Salgado con su gente
A donde D. Gabriel y el campo estaba,
Seria recibido alegremente,
Por el socorro y nuevas que llevaba:
Y que despues, un dia de repente
Marchando con los suyos el Salgado
Revuelta sobre el campo descuidado.

Con sus arcabuceros de delante
Habia de ir Salgado y sus flecheros:
Paniagua tras él con el restante
En dos tercios, y que él con los primeros
Revolviese á traicion, con tal semblante
Que pensasen ser indios los postreros:
Hicieran desta suerte todos alto,
Y así Salgado diera un crudo asalto.

Llegado, pues, Salgado donde estaban
Paniagua y los suyos alojados,
De todos con la nueva se holgaban,
Por ver ir los negocios bien guiados:
Y con esto de presto se aprestaban
Para dar en los indios no domados:
De Ibitupuá, digo, el valeroso,
Valiente, astuto, sábio y belicoso.

Salgado se ofreció que con su gente
Irá en la delantera de contino,
Recíbese su oferta alegremente,
Que D. Gabriel no sabe su destino.
Mas el malvado piensa prestamente
En efecto poner su desatino;
Y así para efectuar el crudo hecho
Descubre con los suyos su mal pecho.

Al tiempo, pues, que ya lo concertaba
De dar en D. Gabriel que vá marchando,
El indio guaraní lo revelaba,
Que con Salgado iba caminando.
Y aunque el Salgado bien se lo rogaba,
No quiere el guaraní seguir su bando,
Que dice, que de andar está cansado
Tras D. Diego, que siempre le ha burlado.

A D. Gabriel el caso refiriendo
El guaraní con pecho y osadia,
Y toda la maraña descubriendo,
Que trabada Salgado ya tenia,
Al tiempo que la iba mal tejiendo,
El hilo conocido descubria
El triste de Salgado, de tal suerte,
Que vino á fenecerse con la muerte.

Colgóle D. Gabriel y prestamente,
Despacha á Santa Cruz de aquel paraje
Los indios Guaranies, y la gente
Que dije que vinieron, y un mensage
A D. Diego le envia diligente,
La palabra le dando y homenaje,
Que venga, que al Virey hará servicio,
Y que él le será en todo muy propicio.

Don Diego en esto, y Avila pensando,
Que en su negocio hacen mucho hecho,
A los Charcas caminan, procurando
Llevar siempre camino muy derecho.
A D. Diego el temor le vá acusando,
Aunque Avila le pone alegre pecho;
Las aguas con gran fuerza le apuntaban,
Y volverse por esto procuraban.

Sabiendo en Santa Cruz como querian
Volverse, porque el Gomez lo ha tratado,
Diciendo que las aguas ya venian,
Y no estaba el camino aparejado:
A Diego Gomez presto le prendian
Y al Audiencia le envian á recado.
Don Diego no desiste del camino,
Que tullido y enfermo á Mizque vino.

Ibitupuá, que estaba muy pujante,
Espera á Don Gabriel con pecho fiero:
No viene el Placentino muy triunfante
Que le quita la fuerza el mal tempero:
Las aguas tambien mira de delante,
Y el importuno tiempo venidero,
Y viendo como todo le adversaba,
Batalla solamente presentaba.

Y aunque nunca romper ha procurado,
Con todo, el enemigo se mostrando
Tan fuerte, que á los nuestros ha apretado,
Y del todo á romper les obligando
Algunos rompimientos ha formado,
En que lo mas seguro se llevando
El Español, el bárbaro moria
Cantando la victoria que perdia.

Al fin, porque convino así hacerlo,
Retíranse los nuestros, que imposible
Al bárbaro será en breve vencerlo,
Que habita en una tierra muy terrible:
Lo que es mas principal para cogerlo,
Y es cosa hacedera y muy posible,
Prenderles las mugeres, que prendidas
Darán en trueco dellas dos mil vidas.

Es cosa de notar de aquesta gente
En como á su muger ama el marido,
Que ni hijos, ni padres, ni pariente
En tanto tiene: y sé que ha sucedido
Venir tras su muger muy diligente,
Y dar en trueco un hijo muy querido
El indio con tristeza lastimera,
Por verse sin su dulce compañera.

Zeloso suele ser y recatado
El indio con la india que es su amada,
Y dó quiera que va la lleva al lado
En tanto que no ve que está preñada:
Despues suele decir; ya está ocupado
El vientre, y ocupada la posada,
Si mi muger no hubiere de guardarse
Mi obra ya no puede despintarse.

Salió pues D. Gabriel de entre esta gente
Sin hacer el efecto pretendido,
Que el invierno le estaba ya presente,
Por dó dejar la guerra ha convenido.
De Chuquisaca en esto el Presidente
Quiñones con socorro se ha partido,
En busca del Virrey va caminando,
Que á Condurillo viene atravesando.

Al tiempo que el Virrey entró en la Sierra
Con cuatrocientos hombres bien armados,
Con otra mucha gente de la tierra
De todos aderentes pertrechados,
Con fin de reducir por paz, ó guerra
Al indio guaraní con sus estados,
La tierra considera, y la demarca
Desde un pueblo que llaman Chalamarca.

De aquí por su mandado á priesa fueron
Tres hombres con despachos y recados
A Tucuman, dó en breve se pusieron,
Que en el camino estaban bien cursados.
Con esto en Tucuman presto tuvieron
Noticia de Don Diego y de sus hados.
Al Paraguay tambien la nueva viene
Al tiempo que velarse le conviene.

En tal término y punto está la cosa,
Que si Don Diego á caso allá bajára,
Hallára nuestra gente deseosa
De cualquiera revuelta y se holgára.
Mas quiso con su mano poderosa
El Alto remediar; que si la alzára,
El Argentino todo se perdiera
Y en aprieto al Perú todo pusiera.

Alguna vez oí á mis oídos,
Que Don Diego venia levantado,
Y ví que se holgaban los nacidos
En la tierra del caso relatado.
Los pechos de estos fueron conocidos
Cuando despues se hubieron rebelado
En Santa-Fé, en aquel levantamiento,
De que yo en su lugar la verdad cuento.

De allí de Chalamarca pues envia
Despachos el Virrey, como contamos,
Al Rio de la Plata, que temía
El mal que en esta historia ya apuntamos.
A Zárate despacha recta vía,
En busca de unos indios Comogamos;
En Condurillo habita aquesta gente,
Y así es dicho el cacique, muy valiente.

Tambien salió el Virrey á la otra mano,
Por sierras cordilleras de boscage:
En partes pocas hay camino llano,
Que todo es cordillera este parage.
El asiento de Manso está cercano:
Seguro estoy si fuera allá el bagage
Y pueblo, el buen Virrey allí poblára,
Que mucho á su pretenso le importára.

Con gran pujanza vá el Virrey siguiendo
Su derrota y camino comenzado:
El indio guaraní se está riendo,
Por ver que el aparato es escusado;
Y en viendo al Español, tira huyendo
De lejos, el motin haciendo usado:
Don Francisco y su campo van marchando
La vuelta del Perú ya deseando.

Aquí quedan cansados los carneros,
Allí desmaya ya y muere el caballo,
Desean muchos hombres verse en cueros
El hato dejan ya por no llevallo.
A los Charcas salieron mensageros,
Quiñones se dá priesa, que encontrallo
Al Virrey con socorro determina
En el asiento y pueblo de Tomina.

Marucare en aquesto muy furioso,
Huyendo de su asiento y de su casa,
Porque en quemarla nadie esté gozoso,
El propio la ha dejado hecha una brasa.
Con Taboba el valiente y ardidoso,
Sus mugeres y chusma presto pasa
De allí, y tan adentro se ha metido,
Que no podrá jamas ser ofendido.

El buen capitan Zárate bajando
En busca del asiento Condurillo,
Con tan grande trabajo atravesando
La tierra, qué temor me dá escribillo,
Los dias y las noches caminando,
Al fin el indio hubo de sentillo;
Y aunque de sobresalto los cogieron,
La mugeres é hijos escondieron.

Tres casas y buhios muy crecidos
Aquí Zárate halla, dó su gente
Aloja: que los indios escondidos
Vacios los dejaron prestamente.
De á poco con cautela son venidos,
Con cruces en las manos de repente,
Diciendo, que huyeron temerosos,
Y de la cruda muerte recelosos.

Al Capitan decían y culpaban,
Porque nunca avisó de su venida,
Que dias hà que todos deseaban
A los cristianos ver, que conocida
Su bondad y valor, determinaban
La tierra esté al cristiano sometida;
Y porque ellos esto conocian,
Las cruces en señal de ello traian.

Al Capitan con esto procuraban
Entretener los indios, pretendiendo
Hacer así mejor lo que ordenaban,
Y andaban con gran priesa y maña urdiendo.
En tanto que la junta concertaban,
El Capitan su farsa conociendo,
Un fuerte ha fabricado muy aina
De brava palizada, y de fagina.

Apenas está el fuerte fabricado,
Y las paredes del no medio hechas
Estaban, cuando el campo se ha quajado
De los indios, que vienen por sus trechas,
Gran grita y alarido han levantado,
El aire y tierra cubren con las flechas.
La guerra fué sangrienta y bien reñida,
Mas huye, al fin, el indio de vencida.

Los muertos y heridos muchos fueron
De parte de los indios, porque habia
Ochenta arcabuceros que hicieron
Como gente española de valía.
De tres ó cuatro vivos que cogieron,
Traidos acá al fuerte, se sabía
Que los indios llevaban en los brazos
A sus casas los hechos ya pedazos.

De los nuestros quedaron mal heridos
Algunos, pero pocos de esta guerra:
Los indios á gran priesa son metidos
Por la espesura grande de la sierra.
De á pocos dias fueron descendidos,
Bajando el capitan á ver la tierra;
Y á quince que en el fuerte se quedaron,
Las cabras, como dice, acorralaron.

La tierra toda junta se ha juntado
Haciendo para el caso llamamiento,
A los quince del fuerte han apretado
Y puesto en confusion y gran tormento:
Muy grandes baterias les han dado,
La cosa andaba en mucho rompimiento,
Cuando dando la vuelta los cristianos
Del fuerte se retiran los Paganos.

El Capitan estuvo allí tres dias
Rehaciendo su gente; y como viese
Que el estar mas allí, por todas vias,
Dañoso era, ordenóse que se fuese
En busca del Virrey y compañías,
Que no se sabe de él á dó estuviese.
Mas él, tan gran camino vá haciendo,
Que sin poder errar le van siguiendo.

De presto todos juntos se juntaron,
Y dando ya la vuelta presurosos
Con el buen Presidente se encontraron,
De que todos se hallan muy gozosos.
A sus casas alegres se tornaron,
Aunque todos venian perdidosos:
D. Diego de Mendoza tambien viene,
Y oid en otro canto el fin que tiene.

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CANTO DECIMO-SEPTIMO.

En este canto se trata de la muerte y justicia que hizo el Virrey D. Francisco de Toledo, de D. Diego de Mendoza en Potosì, y del gran Señor Topamaro en el Cuzco.

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Aquel es de valor y grande estima
Que sabe con prudencia gobernarse:
Diremos con razon tener la prima
Aquel que vemos sabe resguardarse
Con gran maña en el arte de la esgrima,
Y à su tiempo procura señalarse:
Aquí apuntando el golpe por lindo arte,
Y al fin haciendo el lance en otra parte.

Aunque el Virrey la causa publicaba
De su salida ser el Chiriguana,
Y al principio de aquesto se trataba,
En Don Diego de dar tiene mas gana.
Y así al punto luego se tornaba,
Sabiendo Santa Cruz estaba llana;
Que no estando la causa sosegada
Allá fuera el Virrey de mano armada.

Bien claro se mostró, pues prevenia
Al Perú, y á las demas gobernaciones,
Que à priesa á todas partes escribia
De Don Diego las vanas pretensiones.
La nueva á Tucuman presto venia,
Que mas vuelan los tres que unos halcones:
Tambien allega al Rio de la Plata
Dó Juan Ortiz echaba la bravata.

Responde con soberbia al mensagero,
Mostrandole desnudo el viejo pecho,
Que diga à Don Francisco, que harnero
Lo tiene por servir al Rey, bien hecho:
Y que tiene de ser siempre el primero
Dó fuere menester ser de provecho:
Que estan muy enseñadas ya sus manos
A derramar la sangre de tiranos.

Mas no fueran bastantes, si bajàra
Don Diego, sus bravatas y sus fieros,
Que mucha gente moza le ayudàra,
Que al fin eran antiguos compañeros:
Y así la cosa acaso le obligára
A buscar su remedio, y agujeros
A donde se meter à priesa listo,
Que no estaba en la tierra muy bien quisto.

Mas no tuvo Don Diego tal designo,
Que puso en el Virrey toda esperanza,
Que habrà de perdonar su desatino,
Y así sale con esta confianza:
Y no ha bien concluido su camino,
Y à Diego Gomez vido que le alcanza;
Que preso le traìan, y á recado,
De que à Don Diego mucho le ha pesado.

D. Francisco saliendo de la guerra,
A Potosì se fué, que deseaba
Juntar los naturales de la tierra,
Porque esto al Gran Filipo le importaba:
De los valles los trajo, y de la sierra,
Y en breve mucho número ha juntado,
Y pòneles la tasa en los jornales
Del trabajo y labor de los metales.

Los indios son en grande muchedumbre,
Que nunca acabaremos describillos:
Difieren en los trajes y costumbre,
Y asì se diferencian sus aillos;
Subidos en los altos de la cumbre
Del cerro, acà parecen pajarillos:
Sacando allì el metal de sus mineros,
Acà al pueblo lo bajan en carneros.

Los ingénios los muelen muy aina,
Por muy graciosa traza y artificio;
Y hecho ya el metal cual pura harina,
Se hace con azogue el beneficio.
En breve sale piña y plata fina,
Y muchas veces hace bien su oficio
El azogue, quedando tan entero
Segun y como estaba de primero.

El grande laberinto, que de Creta
Es dicho, con razon puede llamarse
El cerro Potosí, à dó una veta
A muchos enriquece; y engañarse
A otro fuerza tanto, que te meta
En ella hasta vivo sepultarse;
Quedando sò la tierra sepultado
A vueltas de la plata que ha buscado.

Estando aquì el Virrey, D. Diego viene
Al asiento llamado de Tomina,
A dó un Corregidor, que el pueblo tiene,
Al punto que lo vè con èl camina,
Prendiendole, que quiere que se suene
Que èl mismo á le prender se determina:
A Potosì lo lleva diligente,
Y el pobre de D. Diego và doliente.

A las casas reales fuè llevado,
A dò està la Real Hacienda, y plata;
Allì lo tienen preso, y á recado,
En tanto que su causa se vé y trata.
No estuvo muchos dias, que acabado
En breve su negocio, no dilata
D. Francisco el castigo que queria
Hacer, segun entiende convenia.

La villa Potosí alborotada
Vereis andar la gente dolorosa;
Sabido la sentencia estaba dada,
Y que la ejecucion era forzosa,
Decian "¡Ha de ser ejecutada
La sentencia de muerte rigurosa!"
Algunos se metieron de por medio,
Mas nunca pudo darse algun remedio.

Al fin, pues, en la plaza fabricaron
Un famoso cadalso muy de presto,
Y al pobre de D. Diego le sacaron
Subido en una mula muy de presto.
Al tablado llegando, celebraron
Su muerte, con dolor y luto puesto;
Sintiendo pena de ello y gran mancilla
Los galanes y damas de la Villa.

Tambien á Diego Gomez, el que habia
Al triste caballero aconsejado,
Colgaron; y lo mismo aqueste dia
Al Avila hicieran, que sacado
Con estos tambien fuè, y ya queria
El verdugo colgarle: encaramado
Estuvo en los postreros escalones,
Y à grande priesa viene el de Quiñones.

A no llegar con priesa y diligencia
Perdiera sin falta Avila la vida;
Que el verdugo ejecuta la sentencia
Si no viene Quiñones de corrida.
Por señal el bordon de Su Excelencia
Traia, que es señal muy conocida;
Perdonan al que està medio difunto,
Y parece nacer en aquel punto.

En su túnica y soga muy revuelto,
Pensando ser vision y que soñaba,
A la cárcel ha sido luego vuelto
En tanto que su causa se trataba:
Al fin saliò de à poco libre y suelto,
Y de gozo y placer no se hallaba;
Que es burla muy pesada y que espanta
Verse un hombre la soga à la garganta.

Si solo imaginar un sentenciado
Que habia de morir al otro dia,
Le hizo que el cabello sea tornado
De negro, blanco, luego encanecìa:[76]
Quien se vido en la escala levantado,
Y al verdugo que echarle ya queria,
Diremos que ha probado el trago fuerte
De la descomunal y cruda muerte.

¡O muerte, cuan amarga es tu memoria!
Al hombre que en sus varios bienes fia,
De Reyes, y no Reyes has victoria.
De noche nos combates y de dia,
En esta vida triste transitoria,
Que al tiempo mas florido se desvia.
Habiamos de tenerte por espejo,
Por regla, por medida, y por consejo.

Aquel santo consejo celebrado,
Que dice, del morir nos acordemos
En todas nuestras obras bien notado,
Seguro que in æternum no pequemos,
En nuestro cristianismo consagrado,
Creido, y aun sabido bien tenemos,
Que ataja la memoria del tormento
Y muerte, y gloria al malo pensamiento.

No finjo santidad ni hipocresía,
Que sè soy pecador desconocido:
Mas digo que en el tiempo que tenía
La muerte al ojo, siendo muy sabido,
Que de hambre morian cada dia,
En la parte que arriba he referido,
Tenia la conciencia tan medida,
Cual nunca jamas tuve yo en mi vida.

La muerte de si tiene dar tristeza,
Por no saber el hombre el paradero:
Que si deste se tiene la certeza
Alegre es aquel trance y placentero:
Dejar un mundo tal, y tal vileza
Habia de dar gozo muy entero,
Y en lugar de tristeza gran consuelo,
Pues vemos que salimos de este suelo.

Una generacion muestra contento
Al tiempo de la muerte, y hace fiesta,
En lugar del funesto sentimiento,
Que hace la española gente mesta.
Si se tuviese el buen conocimiento
De aquesta triste vida tan funesta,
Con la muerte contento se tenia
Tomándola por gozo y alegria.

Julio Solino cuenta una costumbre
De aquellos hiperbóreos tan nombrados;
Empero estos carecen de la lumbre
De Fé: aquestos, dice, que cansados
De vivir, y teniendo pesadumbre
De ver tardar la muerte, muy untados
Con cierta uncion, habiendo bien comido,
Pecando así, se dan fin dolorido.

En Tomahavi vide una estrañeza,
Que es digna de contarse de camino:
En un pantano grande de llaneza
De tierra, está temblando de contino,
A dò llegando perros, sin pereza
Bailando como recio torbellino,
Se arrojan en la fuente dó se cuecen,
Y vivos con su baile alli perecen.

Parece que el morir les dà contento,
Y asì muestran querer aquella muerte,
Y vemos frecuentarse aquel asiento
De perros, y morir de aquella suerte.
Yo vide aquesto propio que aquì cuento,
Que por juzgar el caso yo por fuerte,
A verlo fuí, y los perros que allá fueron
Bailando ví, en la fuente perecieron.

El cisne, blanco, bello, dicen; suele
Cantar cuando la muerte le es vecina,
Que dejar esta vida no le duele,
Teniéndola por triste y por maligna.
Razon es, pues, mas justa se consuele
El hombre racional, que à Dios se inclina,
A quien, si vive bien, tiene guardada
Allà en el cielo Dios mejor posada.[77]

Pues vemos que no es cierta y duradera
La ciudad que habitamos sin firmeza,
Busquemos la que es firme y verdadera,
Que dure para siempre en gran alteza.
La muerte viene á priesa muy ligera,
No es justo espante al bueno su fiereza.
Temerla es natural, mas sea de suerte
La vida, que no pese de la muerte.

Sabìa bien la vida que habia hecho
El vaso de eleccion, y deseoso
De ver á Jesu-Cristo satisfecho,
Que muriendo tenia gran reposo:
Pedia con instancia ser desecho,
Y disuelto del cuerpo trabajoso,
Creyendo gozaria en guadio eterno
A Cristo, sumo bien, con fin superno.

Pero, aquel que no sabe ni está cierto,
Mas antes con razon muy temeroso
Lo que ha de ser de si despues de muerto,
Con la vida se halla muy gozoso.
Así lo experimenta quien concierto
No tiene en su vivienda: el virtuoso
No huye de la muerte, cuando entiende
Que en ella hallarà lo que pretende.

Pregunten à los Màrtires gloriosos
De los falsos tiranos afligidos,
Si iban à la muerte muy gozosos
En verse por Jesus ser perseguidos.
No estaban de su prémio recelosos,
Mas con firme esperanza guarnecidos,
Creian les estaba aparejada
La corona de gloria consumada.

Esta hizo al pastor, aunque primero
Por divino secreto fué librado
De la càrcel, que esté como cordero
Humilde á aquel nerónico mandado:
La misma à su querido compañero
Le convida à que sea degollado;
Y como acá en su vida ellos se amaron
En la muerte tampoco se apartaron.

Esta à Bartolomè hizo que diese
Por su Señor la vida y el pellejo:
Esta al buen Andres hizo muriese
En una cruz, con ser ya cano y viejo:
Esta hizo à Santiago que volviese
Otra vez à Judea, donde aparejo
Hallò de conseguir la merecida
Corona que tenia prometida.

Aquesta à los Apòstoles gloriosos
Les hizo que sufriesen con contento
La muerte, y á los monges religiosos
Hacía se privasen del sustento.
¡Qué de santos estàn ahora gozosos
Que por esta sufrieron gran tormento!
Que dà muy gran esfuerzo à la buena alma
Tener allà en la gloria prémio y palma.

El indio Topamaro no sabia
Despues de muerto el fin de su jornada,
Y tanto de la muerte se temia,
Que diera al de Toledo sugetada
La vida á servidumbre, aunque tenia
En otro tiempo fuerza señalada.
Mas el proverbio, y vulgo dice y grita,
Que viva la gallina con pepita.

Aqueste en Vilcabamba residia
Con Incas, y valientes compañeros;
Y como por Señor èl se tenia,
Formaba allà sus leyes y sus fueros.
A cristianos jamas él ofendia,
Ni supe que hiciese desafueros:
En sus tierras se estaba retirado,
Y de los suyos era respetado.

Algunos de los cuales acudian
Al reino del Perú y sus poblados:
Con ellos muchos indios se metian
En Vilcabamba, siendo maltratados
De aquellos españoles que servian:
Que muchos suelen ser desatinados
De tal suerte en mandarles lo que quieren,
Que hacen que los indios desesperen.

D. Francisco, que siempre procuraba
En el real servicio señalarse:
Como supo que este indio se jactaba
De ser Señor, acuerda de tornarse
De Potosí, y al Cuzco se bajaba;
Y sabiendo podia confiarse
De Loyola, esta empresa le ha nombrado,
Y en breve mucha gente le ha entregado.

Martin Garcìa Loyola, caballero
Era del hábito de Calatraba,
Discreto, afable, sábio, compañero:
En cosas de justicia se mostraba
Con grande rectitud muy justiciero;
De remiso ninguno le notaba,
Porque, de mas de ser sabio y prudente,
Es vivo como azogue y diligente.

Saliendo á la conquista ha padecido
Grandìsimos trabajos y fatigas:
En gran tiempo no hubieron parecido
Los indios, aunque son mas que hormigas.
Loyola, porque vé el campo afligido,[78]
Siguiendo aquestas gentes enemigas,
Con solos dos soldados parte un dia,
Con un esfuerzo grande y osadia.

En luengo un grande rio caudaloso
Con sus dos compañeros fué bajando
Tres dias, y en un prado verde umbroso
Que el rio con sosiego va bañando,
Metido en una choza al valeroso
Topamaro le ha hallado reposando,
Sin gente, que no saben la venida
Del Capitan Loyola á su guarida.

Una cadena le echa á la garganta
De fino oro, muy rica y bien labrada:
El Inca luego al punto se levanta,
Sintiendo de esto pena muy sobrada.
Loyola con sus dos victoria canta,
Juzgando por dichosa tal entrada:
Rio arriba se vuelve placentero,
Triunfando del cautivo y prisionero.

Saliò de Vilcabamba victorioso,
Y en la ciudad del Cuzco entra triunfando
Del triste Topamaro doloroso,
Que su miseria viene lamentando.
Hallóse él de Toledo tan gozoso,
Y el caso de tal suerte exagerando,
Que al licenciado Polo, su teniente,
Le dice le deguelle prestamente.

El licenciado Polo le responde,
Que no quiere èl hacer esa torpeza:
Que no halla derecho, ni por donde
A aquel Inca cortarle la cabeza;
Y que si causa él tiene, y no la absconde,
Se la muestre, y harálo sin pereza:
Mas sin otro recado, que no quiere
Ponerse al riesgo y mal que le viniere.

El Virrey replicó, que lo hiciese
Como justicia suya, y su teniente:
El Polo se resume en que escribiese
De su mano el mandato, y que se asiente;
Que no quiere algun tiempo le pidiese
Del Inca aquella muerte algun pariente.
El Virrey ordenó luego un escrito
Del Inca publicando su delito.

Al punto que se supo de su muerte,
Que ejecutarse manda, se juntaron
En breve tanta gente de su suerte,
Que toda la ciudad alborotaron.
Y aunque fué rogado, estuvo fuerte
El Virrey, que con él no aprovecharon
Los frailes, y un Obispo que decia,
Que á España à Topamaro llevaria.

Al fin en una mula le sacaron,
Con un pregon su culpa publicando,
Que los indios por èl se levantaron,
Aquesto iba el verdugo pregonando.
Tantos indios en esto se juntaron,
El Cuzco de tal suerte alborotando,
Que necesario fuè que le rogasen
Al Inca que mandase que callasen.

Allà en el cadalso pues subido,
El Inca en alto levantó la mano,
Al punto el alboroto y el ruido
Cesó: porque veais si aquel pagano
De sus indios sería bien temido.
En esto determina ser cristiano:
Bautìzale un Obispo que está al lado,
Y al punto la cabeza le han cortado.

Fué tanto el alarido y vocería
Que los indios entonces levantaban,
Que el mundo parecía se hundìa
Y las cosas ya todas se acababan.
En tanto este negocio sucedía.
Los tristes zaratinos lo pasaban
Allá en nuestro Argentino de tal suerte,
Que el mal allí menor era la muerte.

De su hambre y desastres trataremos,
Siquiera porque alguno haga memoria
De piedad, y á Dios le rogaremos,
Que tenga à los finados en su gloria;
Y en esto de esta hambre hablaremos,
Como á quien cupo parte de la historia;
Que tal me vide à veces, que rabiaba
Por comer, mas comida no hallaba.

Y así probé manjares, y guisados
Jamas de hombres humanos conocidos.
Allì fueron los monos celebrados
Por cabritos, y mas enternecidos,
Tigres, osos, leones, desusados
Manjares, de la hambre convencidos.
Comiamos: empero tal me via,
Que con la hambre pura no dormía.

Viniendo de la iglesia una mañana,
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me ha llamado,
En una isla dò antes la tirana
Le habia à su marido sepultado,
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro habia en el Armada
De gran precio y valor para su dueño,
Llamado entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le matò de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño:
Mostràndolo me dice: "¿què haremos?"
Yo dije: "asad, Señora, y comeremos."

Comímonos el perro con secreto,
Aunque ella su negocio exageraba
Por malo: mas yo dije, que el precepto
De no hurtar, jamas se quebrantaba
En casos semejantes; que el concepto
Muy bien en la escritura se esplicaba;
Que entre los sabios es muy ordinario
Carecer de la ley lo necesario.

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