Viene Rui Diaz Melgarejo; mùdase el Armada à la isla de Martin Garcia; baja Garay con socorro; sucede la muerte de los dos firmes amantes Yanduballo y Liropeya.

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Fortuna, por hablar de esta manera,
O hado, bien tomándolo sin dolo,
Favorece à Rodrigo, porque espera
La sin ventura gente en ese solo.
Ayudale con pròspera carrera,
Y con tus largos vientos, gran Eolo,
Que el zaratino ejército penando
Está, y á Dios suspiros enviando.

Y tù sosiega al mar, viejo Neptuno,
Y haz que su carrera llana sea,
Que toda aquesta Armada de consuno
A brazos con la muerte ya pelea:
Y dudo ya que escape ni solo uno,
De hambre no se halla ya quien vea.
Remèdielo, pues, Dios, que él solo puede,
Y aquel à quien él solo lo concede.

El capitan Rui Diaz aprestado,
Salió de San Vicente y tomò puerto
En Yumirí, que habemos ya tratado,
Dò vido del Armada el desconcierto.
Al Rio de la Plata enderezado,
El rumbo lleva à prisa, que està cierto,
Que Juan Ortiz padece; con su gente
Allega, pues, un dia prestamente.

El triste lamentar que allí hicieron,
Dés que en tanta miseria nos hallaron,
Aquel dolor y pena que sintieron,
Las làgrimas que todos derramaron,
No quiero referir: mas que vinieron
A tiempo que á llorar nos ayudaron;
Tambien con sus regalos ayudaban
A muchos, que la vida ya dejaban.

Con su venida todos resucitan,
Que viendo la miseria tan crecida,
A dar de lo que tienen bien se incitan,
Por volver de la muerte à alguno à vida:
Con esto ya las fuerzas se habilítan
De aquellos que la muerte de vencida
Llevaba, y si Rodrigo no viniera,
Sin duda todo el resto pereciera.

Del isla San Gabriel sale el Armada,
Con nuestro buen Rodrigo en la demanda,
De la Martin García, así nombrada,
Que està por cima de esta y à su banda.
En breve y poco espacio fué tomada,
A dó el Adelantado luego manda
Salir á tierra á todos, porque quiere
Poblar en esta isla si pudiere.

El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Porque de la rabiosa se recela,
A nuestro Adelantado por consejo
Que le despache dá en la caravela.
Con ella, y con un mal bergantinejo,
Se hace el buen Rui Diaz á la vela,
Al preso Abarorì lleva consigo,
Que promete guiarle como amigo.

A mi me cupo en suerte esta jornada,
Que de saber y ver muy deseoso,
Jamas dejé de entrar cualquiera entrada,
Aunque fuese el peligro temeroso.
En una isla muy fèrtil y poblada
Abarorì nos mete muy gozoso:
Entramos por un brazo, no calando
Los remos, que las yerbas van tocando.

Salieron à nosotros embijados
Catorce ó quince indios diligentes,
Con arcos y con flechas denodados,
Mostrándose gallardos y valientes.
Por tierra entre las yerbas emboscados,
Pintados de colores diferentes.
Andaban levantado voceria,
Cubiertos de muy rica plumeria.

Por este brazo estrecho, y chico rio
Llegamos con favor de la marea
A la primera casa, y al buhio,
Que es dicho Tabobá, de paja y nea.
Los indios luego salen con gran brio,
Con arcos y con flechas de pelea,
Y viendo los rescates acudieron,
Y mucho bastimento nos vendieron.

De à poco dicen, vamos adelante,
Que todo lo de aquí ya está gastado.
Diciendo aquesto muestran tal semblante,
Que encubren lo que tienen ordenado.
Estaba el enemigo tan pujante,
Que dudo del cristiano acobardado,
Por su fuerza tener tan consumida,
Que pueda escabullir libre con vida.

En esto de la casa hubo salido
Desnudo macilento por el llano,
Un mozo del Armada conocido,
Que Vargas se llamaba, trugillano.
Salió à la baraunda y al ruìdo;
Trajeronle al navío por la mano,
A dó le confesè, y en aquel dia
Entrò al universal camino y via.

Cristoval, indio amigo, que viniera
De allà del Yumirí en nuestra Armada,
Cautivo estaba aquì, y cuenta diera
De la traicion que entre estos està armada.
De seis cautivos que hay, este dijera:
Y siendoles la paga ya entregada,
Trajeronlos, y fueles prometido
Que el precio à mas traer serà subido.

Entre ellos fuè este dia rescatado
El buen Domingo Larez, muy prudente,
Hombre de gran juicio y recatado,
De Huete natural, de noble gente.
Diònos aviso él, que està ordenado
De hacernos la guerra el dia siguiente:
Nosotros estuvimos contratando
Con los indios, y en vela siempre estando.

Salìmonos de aquí, que se temia
Que el indio se pusiese en emboscada,
Diciendo que à las bocas estarìa.
Y cierto fué la cosa bien pensada:
Que à no salir muy mal sucedería,
Pues siendo la mañana ya llegada,
Los indios à dó estabamos vinieron,
Y á Mora y á Loria nos trajeron.

En el barco pequeño se ha metido
El maiz, y captivos referidos;
En breve á nuestra Armada se ha venido,
A dó de hambre estan desflaquecidos:
Y à haberse esta comida detenido,
De hambre fueran todos perecidos.
Mas Dios remedia el tiempo peligroso,
Con mano de Señor tan poderoso.

Pues llega la comida y los cautivos,
Y salen al encuentro luego todos:
Estaban ya diez menos de los vivos,
Y aquestos de dos mil suertes y modos.
Los padres con los hijos son esquivos,
Los unos y los otros como lodos
Los rostros; manos, pies, todos temblando,
Los ojos hácia el cielo levantando.

Algun vigor cobraron dèsque vieron
El socorro que viene de comida;
Con làgrimas los presos recibieron,
Que su vida juzgaban por perdida.
En el pequeño barco se volvieron,
Y dice Juan Ortiz, que por la vida
Conviene aventurar vida de suerte,
Que no ponga temor la misma muerte.

Mas visto no conviene se acometa
Aquello que hacerse es imposible,
Y que el lugar y tiempo nos aprieta
A tomar el consejo convenible:
El buen Rodrigo à todos se sujeta,
Y dice: "Juan Ortiz cosa terrible
Nos manda, mas yo cierto aquì prometo
De estar à vuestro gusto muy sujeto."

Unánime y conforme es la sentencia
De todos, que no se entre al Riachuelo:
Que bien se tiene cierta y firme ciencia,
Que todo ha de acabar con crudo duelo.
Esto nos enseñò ya la experiencia,
Pos dó se determina, que de vuelo
A los Timbús se vaya: con contento,
De aquì tendimos vela presto al viento.

Trabajo no pequeño se pasaba,
Que la gente sin fuerzas no podía
Tomar remo, que el viento nos faltaba,
Y á veces por la proa sacudia.
El temor de la hambre apresuraba,
Esfuérzase quien fuerzas no tenia:
Navegando una noche à la mañana
Llegamos á una gente Cherandiana.

Salieron á nosotros prestamente,
Que en esto del rescate estan cursados.
Delante de nosotros diligente,
Pescaba cada cual muchos pescados:
Ninguno en los vender era inocente,
Que son en el vender muy porfiados.
Despues mucho maiz en abundancia
Trajeron por gozar de la ganancia.

Beguas de la otra banda conocieron
La cosa del rescate que pasaba,
A gran priesa á nosotros acudieron,
Temiendo que el rescate se acababa.
Rescatan todo aquello que trajeron,
Y mas, dicen, en casa les quedaba:
A Gaboto de aquí presto se llega,
Por dó el Carcarañà se estiende y riega.

Pasando de Gaboto, à poco trecho
El rio Juan de Oyolas se ha tomado:
Por él se entró, que es rio muy estrecho,
De vientos y tormentas resguardado.
Atraviesa este rio bien derecho
Al Paraná; y las islas que ha formado
Habitan los Timbús, gente amorosa,
Sagaz, astuta, fuerte y bellicosa.

Al Paraná saliendo caudaloso,
Tres leguas se camina bien cabales:
El Paraná venia muy furioso,
Los tristes navegantes muy mortales.
Del soldado pequeño y del grandioso
Las fuerzas eran todas casi iguales,
Y aun cierto que à la clara bien se vía,
Que el pequeño mas ànimo tenia.

Del capitan Garay certificaron
Los indios, que aquí vino con su gente,
Las huellas de caballos nos mostraron,
Por dó dimos la vuelta prestamente;
Y en tierra los soldados que saltaron,
Cojeron la comida que al presente
Hallaron, que aun no estaba sazonada,
Y apenas con la espiga bien formada.

Volver quiero á tratar un poco agora
Del falso Yamandú, nuestro cartero.
Salió de San Gabriel con la traidora
Y mala condicion de carnicero:
Adonde el Zapicano està de mora
Se và, por ser con él particionero;
Aunque no se hallò en la triste guerra,
Que al venir se ha tardado de su tierra.

Este indio, ya hemos dicho, que es sabido,
Astuto, muy sagaz y hechicero;
En todas las naciones es tenido
Por lumbre, por espejo y por lucero.
A mis própios oidos yo le he oido
Decir á este lenguaz y gran parlero:
"El sol alumbra à oriente y occidente,
Así yo Yamandú, toda la gente."

Pues siendo con las cartas despachado,
Tratò con Zapican, que las tenia
Guardadas, hasta ver en que ha parado
Un negocio que arriba pretendia:
El cual era, que tiene concertado
Con un indio Terú, el cual vendria
A dar en Santa-Fé con otras manos,
Queriendose vengar de los cristianos.

E hízolo el Terù, que con su gente
Haciendo para aquesto llamamiento,
Se fuè á Santa-Fé: mas de repente
Volvió huyendo en busca de su asiento.
Los mancebos pelean fuertemente,
Los indios llevan de ello el escarmiento,
Y viendo Yamandú que nada ha hecho,
Con las cartas se va à Garay derecho.

Del capitan Garay fué recibido
Mejor el mensagero, que lo fuera,
Si hubiera sin las cartas parecido,
Aunque él por no culpado se fingiera:
Mas viendo el Capitan como ha venido,
Y que puede volver à dò saliera,
Tratòle bien è hízole gran fiesta,
Y tórnale à enviar con la respuesta.

Ya vuelve Yamandù con mas cuidado,
Que tuvo con las cartas, pues pensaba
Guardarlas para sí: mas ha acordado
Urdir otra, pues esta no cuajaba.
En tanto que la urde este malvado,
Tratemos de Garay, que procuraba
Bajar con muchas balsas y comida,
Dejando à Santa-Fé bien guarnecida.

Partió con treinta mozos valerosos,
Y veinte y un caballos, y servicio
En balsas: y los mozos deseosos
De guerra, que la tienen por oficio,
Procuran, que en los indios enojosos,
Se ofresca al crudo Marte sacrificio,
De aquel Terú vengando la osadia,
Con triste y carnicera anatomia.

Son islas, por aquí en este parage,
De grandes bastimentos abastadas,
De muy hermosas tierras y boscage,
Y de indios Guaranies bien pobladas
El falso Yamandú de mal corage:
Aquí tienen sus gentes rancheadas,
Terú, Añanguazúu, Maracopá,
Y en otras mas abajo, Tabobá.

Entraron por las islas: entendiendo
Poder hacer la guerra, los caballos
Metieron: mas los indios van huyendo,
Que no pueden los mozos alcanzallos.
Entre los verdes bosques se ascondiendo
Se meten, que imposible es el hallallos,
Sino es al sin ventura, que guardada
La suerte le está ahora desdichada.

Con gran solicitud en su caballo
Entre aquestos mancebos se señala
En andar por las islas Caravallo,
Y así por las espesura hiende y tala
En medio de una selva, y Yanduballo
Halló con Liropeya, su zagala:
La bella Liropeya reposaba
Y el bravo Yanduballo la guardaba.

El mozo, que no vió á la doncella,
En el indio enristró su fuerte lanza,
El cual se levantó como centella,
Un salto dá y el golpe no le alcanza.
Afierra con el mozo, y aun perdella
La lanza pienza el mozo, que abalanza
El indio sobre él, por dó al ruido
La moza despertó, y pone partido.

Al punto que á la lanza mano echaba
El indio, Liropeya ha recordado;
Mirando á Yanduballo, así hablaba:
"Deja, por Dios amigo, ese soldado,
Un solo vencimiento te quedaba,
Mas ha de ser de un indio señalado,
Que muy diferente es aquesa empresa,
Para cumplir con migo la promesa."

Diciendo Liropeya estas razones,
El bravo Yanduballo muy modesto
Soltó la lanza, y hace las acciones,
Y á Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
Y muévele tambien el bello gesto
De Liropeya, y baja del caballo,
Y siéntase á la par de Yanduballo.

El indio le contó que un año habia
Que andaba á Liropeya tan rendido,
Que libertad ni seso no tenia,
Y que le ha la doncella prometido,
Que si cinco caciques le vencia,
Que al punto será luego su marido.
El tener de español una centella
No quiere, por quedar con la doncella.

Mas viendo el firme amor de estos amantes,
Licencia les pidió para irse luego,
Dejándoles muy firmes y costantes
En las brasas de amor, y vivo fuego.
Dos tiros de herron no fué distantes,
Con furia revolvió, de amores ciego;
Pensando de llevar por dama esclava,
Al indio con la lanza cruda clava.

Yanduballo cayéra en tierra frio,
La triste Liropeya desmayada;
El mozo con crecido desvario
A la moza habló, que está turbada:
"Volved en vos, le dice, ya amor mio,
Que esta ventura estaba á mi guardada,
Que ser tan lindo, bello y soberano,
No habia de gozarlo aquel pagano."

La moza, con ardid y fingimiento,
Al cristiano rogó no se apartase
De allí, si la queria dar contento,
Sin que primero al muerto sepultase;
Y que concluso ya el enterramiento
Con él en el caballo la llevase.
Procurando el mancebo placer darle,
Al muerto determina de enterrarle.

El hoyo no tenia medio hecho,
Cuando la Liropeya con la espada
Del mozo se ha herido por el pecho;
De suerte que la media atravesada,
Quedó diciendo: "haz tambien el lecho
En que esté juntamente sepultada
Con Yanduballo aquesta sin ventura,
En una misma huesa y sepultura."

Lo que el triste mancebo sentiria
Contemple cada cual de amor herido.
Estaba muy suspenso qué haria,
Y cien veces matarse allí ha querido.
En esto oyó sonar gran gritería:
Dejando al uno y otro allí tendido,
A la grita acudió con grande priesa,
Y sale de la selva verde espesa.

Aquesta Liropeya en hermosura
En toda aquesta tierra era estremada:
Al vivo retratada su figura
De pluma vide yo muy apropiada:
Y vide lamentar su desventura,
Conclusa Caravallo su jornada
Diciendo, que aunque muerta estaba bella,
Y tal, como un lucero y clara estrella.

Mil veces se maldijo el desdichado,
Por ver que fué la causa de la muerte
De Liropeya, andando tan penado,
Que mal siempre decia de su suerte.
"¡Ay triste! por saber que fuí culpado
De un caso tan extraño, triste y fuerte,
Tendrè, hasta morir, pavor y espanto,
Y siempre viviré en amargo llanto."

Salió pues de la selva Caravallo
A la grita y estruendo que sonaba,
Y vido que la gente de á caballo
A gran priesa en las balsas se embarcaba.
No curan ya mas tiempo de esperallo,
Que de su vida ya no se esperaba,
Teniendo por muy cierto que habia sido
Cautivo de los indios, y comido.

Mas viendole venir, alegremente
El capitan y gente le esperaron:
Allega, y embarcóse con la gente,
Y á priesa de aquel sitio se levaron.
Entróse por un rio que de frente
Está, y á tierra firme atravesaron,
A dó está de Gaboto la gran torre,
Por dó el Carcarañá se estiende y corre.

En tanto que Garay aquí esperaba,
Y en tierra sus caballos saca, y gente,
El capitan Rui Diaz se levaba
De donde le dejamos prestamente.
Volviendo hácia abajo, atravesaba
Acaso Yamandú que está de frente:
Allí nos dieron nueva muy entera,
Que en el Carcarañá Garay espera.

Con esta nueva cierta, á grande priesa
Bajamos hácia el rio Juan de Ayolas:
No se tiene temor de la traviesa
Del gran rio Paraná, ni de sus olas:
Que el bien, que en la tornada se interesa,
Lo facilita todo: mas no á solas
Nos vemos, cuando viene anocheciendo,
Que los Timbues vienen muy corriendo.

Despues cuando ya Febo caminando
Volvia con sus carros presuroso,
Los campos con sus rayos matizando
De rojo, verde, y blanco luminoso,
Llegaron los Timbues pregonando,
"Comprad de mi, que vendo mas gracioso."
Y tanto regatean, que en Sevilla
Podrian imprimir nueva cartilla.

En tanto que la cosa así pasaba,
Desde el Carcarañá nos ha enviado
Una carta Garay, en que avisaba
Que estaba en Sancti Spiritus parado.
Al viento vela en popa se entregaba,
Y no se ha á Sancti Spiritus llegado,
Cuando Garay por tierra y á caballo
Asoma, y aquí un poco he de dejallo.

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CANTO DECIMO-TERCIO.

Entra Rui Diaz en el Carcarañà, baja à Martin Garcia, pretende Yamandú dar en la isla, padece Garay naufragio en el Uruguay.

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Jamas fortuna dió contentamiento
Que no fuese mezclado con dolores;
De á donde el disfavor es fundamento
De todo buen suceso de favores.
Tambien el favorido pensamiento,
Por fin muy cierto tiene disfavores,
Por lo cual Salomon, sigue, decia,
El dia de tristeza al de alegría.

¡Cuanto dolor, tristeza y amargura,
Y cuanto sobresalto ha pasado
La gente zaratina sin ventura!
Pues quien con atencion bien lo ha notado
Verá, que al mayor mal en coyuntura
Un buen suceso ò gusto ha acompañado:
Que no haber de esta suerte sucedido,
Hubiera el resto Zárate perdido.

¡Qué pena, qué dolor no mitigára
El ver al buen Garay por aquel llano!
La barbara nacion que se juntaba,
No pudiera escaparse de su mano.
Si el bravo y crudo Marte se hallára
Con tal gente de guerra, tan ufano
Y altivo se sintiera, que en la tierra
A todos los mortales diera guerra.

La trompa y atambor les ayudaba,
Los caballos calor iban tomando:
Contento grande, cierto, que causaba
Aquesta gente allí escaramuzando.
Rui Diaz con los suyos lo miraba,
Viniendo su viage navegando;
Y llegando dó aquesto se hacia
Mandó soltar la flaca artillería.

Al fin tomaron puerto, y recontada
La cosa de una parte á otra pedida,
La carga de las balsas descargada,
Caray parte en demanda de comida.
El Melgarejo sale desplegada
Con gran placer su vela y descogida.
En tanto que uno baja y otro queda
Me fuerza Yamandú vuelva la rueda.

Llegado este tacaño con las cartas
Al isla, con placer fué recibido;
El Juan Ortiz le dió cuchillos, sartas,
Y de paño de grana un buen vestido.
De dádivas y dones fueron hartas
Sus manos, por pensar lo ha merecido,
Y él pretende entregarse á suelta rienda
En vida del cristiano y de hacienda.

Pues tiene la traicion así ordenada,
Que dadas estas cartas, vuelva luego
Al rio Igapopé, que es la morada
De un indio, que se dice Grande Fuego,
Y de otros que allí viven de coplada,
Con Aguazó, que es guia de este juego.
Allí tiene la cosa de ordenarse
Por dó el cartero dá priesa á tornarse.

Y dice: "volveré yo con comida,
Que así con mis amigos lo he ordenado,
Aquesta cosa quiero sea sabida,
Porque en vernos ninguno sea alterado:
Que aquesta tierra toda está rendida
A mi diccion, é yo la he sujetado."
Con esto Yamandú se suelta en breve,
Y con mas brevedad volver se atreve.

Con diez ú once canoas esquifadas
La vuelta dá el malvado, procurando
Que no esten las personas recatadas,
Mas antes las ocupa rescatando.
No quiero referir, pues, cuan turbadas
Lo estaban, segun supe, y cuan temblando:
Mas con todo se dieron tanta maña,
Que no quajó el cartero su maraña.

En un fuerte la gente recogida,
Porque de esta traicion tienen aviso,
De todo lo posible guarnecida,
Salió el indio que estaba ya arrepiso.
De humos gran señal ha parecido
El rio arriba, y luego de improviso
Los indios que en la gente dar pensaban,
Con gran priesa á su isla se tornaban.

Quedaron los cristianos, como cuando
Levanta un huracan muy espantoso
Las olas en la mar, y vá bufando
El viento con un impetu furioso:
El piloto sagaz está temblando,
Vencido del trabajo y temeroso:
Mas viendo que el peligro está pasado,
Veréisle presumir del esforzado.

O como aquel mancebo que ha cogido
El toro furibundo entre sus manos,
Que siendo de la muerte escabullido,
Huyendo á pura pata por los llanos,
Blasona de la maña que ha tenido,
Y hace en talanquera fieros vanos.
No menos nuestras gentes aquí estaban,
Y al moro muerto gran lanzada daban.

Rui Diaz, como dije, navegando
Salió de Sancti Spiritus, y viene
En breve dó le estaban esperando.
A mi me ha parecido me conviene
Quedarme con Garay que và triunfando,
Y Zárate que hambre siempre tiene.
Rui Diaz Melgarejo, pues, allega
Al isla, y la comida les entrega.

Garay de á dó digimos sale á priesa
Con su gente, y las balsas que llevaba,
Lo que en esta salida le interesa
Es el buscar comida que faltaba.
Tambien se procuraba hacer presa
En el falso Terú que allí moraba:
Y oid lo que sucede un dia de Ramos,
Que de vista es el cuento que contamos.

Por un pequeño rio de boscage
Las balsas y la barca caminaban,
Cuando vimos venir un gran salvage.
La canoa en que viene gobernaban,
Al parecer, dos ninfas de buen trage;
En vièndonos á priesa se tornaba:
Y désque al Paraná grande llegaron,
En medio de un remanso se pararon.

Allí nos esperaron grande pieza;
Y así como la barca hubo llegado,
El salvage se estira y endereza,
Y un escudo grandísimo ha embrazado:
Por yelmo un cuero de anta en la cabeza,
El escudo era concha de pescado,
Y el baston que este bárbaro tenia,
Servir de antena en nave bien podia.

Hablando con soberbia encrudecida,
Pregunta por aquel que tiene cargo
Del Armada, que dice que la vida
Le tiene de quitar con fin amargo:
Y dice: "no penseis que fué huida
La mia, por salir aquí á lo largo,
Que quise aquí sacaros al anchura,
Por dar á todos ancha sepultura."

Queria arremeter el can rabioso,
Y en esto dos pelotas le tiraron;
La popa nos volvieron sin reposo
Las faunas, y espantados nos dejaron,
Que con un dulce canto armonioso
A priesa de nosotros se apartaron,
Y á muchos el sentido enternecieron,
Y en un punto de vista se perdieron.

En esto un bergantin vimos venia,
El cual á Santa Fé ha descendido,
Y viendo que Garay bajado habia,
En seguimiento suyo habia venido.
Con socorro el Teniente se le envia
De la Asumpcion, que aquesto hubo subido:
Juntòse con nosotros el navio,
Y dimos en un hondo y chico rio.

El navío à la boca se ha quedado
Con toda la mas gente del Armada:
El Capitan con veinte dentro ha entrado
En la barca de todo pertrechada:
Por tierra los caballos hubo echado,
Del gran Terú se busca la morada:
Hallóse, mas sus indios, al estruendo,
Con mugeres é hijos van huyendo.

Las balsas aquí cargan de comida;
La gente de á caballo vá por tierra
Siguiendo la victoria conocida,
Con ánimo y codicia de la guerra.
Abscóndese la gente dolorida,
Que el temor del caballo la destierra:
Saquea el Español allí las casas,
Y en un punto veréislas hechas brasas.

El Capitan de aquí presto saliendo
Penoso, por no haberle indio parado,
Sus balsas y su gente recogiendo,
A Añanguazú acomete, indio afamado.
Los indios son valientes, y al estruendo
Salieron con esfuerzo denodado,
Y siendo preguntados ¿porque huyen:?
Con la razon del uno así concluyen.

"Dejadnos ya, que estamos temerosos,
Y contra vuestras fuerzas no podemos:
Y vosotros, sobrinos animosos,
A los mancebos dicen, ¿qué os hacemos?
Mirad que á nuestros hijos amorosos
Criar, ni sustentar ya no podemos,
Pues carga de mugeres tan penosa
No espera á vuestra diestra poderosa."

Diciendo aquesto, estaban muy metidos
En un atolladar y gran pantano:
Garay no permitió fuesen heridos,
Que mas de uno probar quiso la mano.
Causaban gran dolor los doloridos,
Que mugeres é hijos por el llano
Sin órden, á gran priesa, iban huyendo,
So tierra lo que tienen abscondiendo.

De aquí el rio abajo navegando,
El Armada se sale á remo y vela:
Un temporal se viene levantando,
Que las yerbas del campo arranca y vuela.
Del isla grande priesa me estan dando,
Que parece la gente se recela.
Pues vamos allá agora, que esta Armada
Aquí queda segura rancheada.

El isla parecia que se hundia,
Y el cielo que venia de caida.
El sud-oeste, viento que corria
Con una fuerza grande desmedida,
Los árboles y piedras conmovia
Por dó la gente andaba dolorida:
Porque tanto ruido levantaba
El viento, que al infierno figuraba.

De dos naves que habia del Armada,
No quiere perdonar esta tormenta
A alguna; que á la zabra que cargada
Està de la comida, la revienta,
Y la abre por cien partes: mas varada
Aquesta fué en el isla; la otra avienta
A tierra firme, y tan metida queda,
Que dudo en algun tiempo salir pueda.

Pues dime, Juan Ortiz: ¡no te conmueve
El ver aquestos trances peligrosos!
¡O duro corazon! á quien no mueve
El temor de los fines sospechosos.
No vemos ser prudente el que se atreve
A perder lo ganado en los dudosos
Y peligrosos casos: lo mas cierto
Es ir siempre á buscar seguro puerto.

A nuestra Armada vuelvo, que metida
Quedaba en un juncal y una ensenada,
La cual halló segura su guarida:
Y el bergantin, tomando una enconada,
Del otra banda está, que de caida,
Allí, por se abrigar, hizo parada,
A dó con Cherandies ha tratado,
Y el tiempo que allí estuvo, rescatado.

Garay con los Beaguas de otra banda
Muy gran trato y rescates ha tenido:
A Caytuá, cacique, dice y manda,
(Pues, para aqueste fin ha descendido)
Que diga á los Beguaes, como él anda
En busca de cristianos, que ha sabido
Que tienen muchos ellos en su tierra,
Habidos de rescate, y no de guerra.

Aqueste Caytuá es comarcano
Al pueblo Santa Fé, y muy vecino:
Garay le trata bien como á su hermano,
Y así con gran contento con él vino.
El cacique no anduvo paso en vano,
Que yendo á los Beguaes de camino,
Cuatro cristianos trajo rescatados
Por anzuelos y espejos muy quebrados.

De aquí salió Garay: con el navio,
Que está de la otra banda, se ha juntado.
Despáchale á la isla por el rio,
Que dicen de las Palmas, afamado.
No vá de bastimentos tan vacio,
Que al fin le han de decir: "bien seais venido:"
Que están como los pollos ya piando,
Y solo por comida suspirando.

El Armada se vá por un estero
Que llaman de Beguaes, que no lleva
La fuerza y la corriente del primero,
A quien él vá á buscar á que le beba:
Y tanto vá sin él á cual postrero,
Que en mas de veinte leguas no le prueba;
Al cabo, porque en breve yo me sume,
Aqueste el Paraná se le consume.

Yendo por este estero navegando
Diez dias, que los tiempos no ayudaban,
Por tierra los soldados van cazando,
Que muy poco las balsas caminaban.
De noche estan con liñas esperando,
Pescando de los peces que picaban:
Aquí pica el Patí, allí el Armado,
Aquí tambien el Blanco y el Dorado.

En una bella noche muy serena,
Habiendo el sueño dado ya sus puertas
A los que nuestra cama era el arena,
Estando centinelas muy alertas,
Con grande dulcedumbre una Sirena
Comenzó de cantar; y cierto, ciertas
Y humanas parecian sus canciones,
Bastantes á mover mil corazones.

Es tan ameno y bello este parage,
Que las hijas de Pierio bien podrian
Dejar de Tracia el monte y su boscage,
Que aquí mas soledad cierto tendrian.
Y aquellos que siguiesen su lenguage
En breve de sus ciencias mas sabrian,
Y en metro y dulce verso el casto coro
Al mundo descubriera su tesoro.

Aquí la gran maldad la Filomena
Lamenta de Teseo, su cuñado,
Con su lengua arpada bien resuena,
Y con canto suave y agraciado
Publica á todo el mundo su gran pena,
Y dice: "pues la lengua me has cortado,
Aquesta gran maldad, cruda tirana,
Labrando contaré toda á mi hermana."

Aquí la sacra fuente cabalina
Sus cristalinas aguas vierte y riega:
Aquí la gran Minerva á la contina
Sus tesoros reparte y los entrega
A todos con largueza muy benina;
Y aquí muy de ordinario en esta vega
La bella y casta Diosa se pasea,
Y con sus compañeras se recrea.

Mas al isla conviene dar la vuelta,
Dejando aquesta Armada en este punto.
Pasada la tormenta y revuelta,
Segun digimos ya en breve trasunto,
El bergantin que fuera á vela suelta,
Llegando toma puerto luego junto,
Y dando de nosotros nueva cierta,
La cosa de esta suerte se concierta.

En busca de Garay luego volvieron
Aqueste bergantin y Melgarejo,
Y aquellos que al presente adolecieron
Llevaron, y mugeres, y es consejo,
Que allá en el Uruguay (adonde fueron)
Se pueble, donde hubiere el aparejo;
Que para los navios está cierto,
Que muy cerca hallará seguro puerto.

Llegados á la punta de este rio,
Quedóse el bergantin grande esperando;
El otro atravesó, que vá vacio,
Garay en esto viene navegando.
En breve se encontró con el navio,
Que estaba en una vuelta ya esperando:
La noche se apresura, el viejo Apolo
Nos huye, y viene airado el grande Eolo.

En un punto vereis que se levanta
Un sur tan riguroso, que atormenta
Con su grave furor cualquiera planta,
Y fuera del lugar propio la abrenta.
El Armada se afierra bien y planta,
El bergantin del lado no se absenta,
Con cabos, guindaletas amarrados,
Estan todos del viento contrastados.

El otro que esperando habia quedado,
Cargado de mugeres, como vido,
El cielo todo andar alborotado,
Camina el rio arriba, y ha tenido
Ventura en se mudar; que haber tardado,
La carga hubiera toda sumergido:
Mas no pudiera ser, que en el Armada
Jamas vide muger ser mal parada.

En tanto que venia el sur bravoso,
Huyendo con presteza su fiereza,
El capitan Rui Diaz valeroso
Caminaba el rio arriba sin pereza.
Lloraran las mugeres sin reposo,
Pensando ya fenece su belleza,
Y que ha de ser á peces entregada,
Y en vida só las aguas sepultada.

Garay en una isla empantanada,
Que dicen por renombre de la Espera,
Tenia ya su gente rancheada;
Del bergantin no sale gente fuera.
La enojosa tormenta, pues, pasada,
Al punto que la noche se viniera,
Las balsas desamparan este puesto,
Y oid lo que sucede, pues, de aquesto.

Desta isla dó digo que salieron
Las balsas, se atraviesa la corriente
Del rio, que Uruguay, indios pusieron
Por nombre: tierra firme está de frente;
Las balsas allá van, mas no pudieron
Las olas contrastar, que no consiente
La fuerza del canal remo ni pala,
Que todo lo abandona y lo desvala.

El sur se ha levantado en este punto,
Y hace que el canal ande alterado,
El corriente con fuerza viene junto,
Y el sur, lo que corre encontra, ha hinchado,
¡Ay Dios! que en este punto yo barrunto,
Que el dia de mi fin es ya llegado.
La barca se nos iba trastornando,
Las balsas todas siete trabucando.

Al dia del postrer juicio figuraba
Aquel naufragio nuestro doloroso.
Cual indio de la balsa se arrojaba
Por ir nadando á tierra codicioso;
Cual vuelve dó la balsa se anegaba
En busca del Señor que está lloroso.
Las indias dicen todas que llamemos
A nuestro Dios, pues todos perecemos.

Los caballos ya sueltos van nadando.
Y no tienen peligro, sino afierra
El cabo en parte alguna, que colgando
Le llevan por el agua hasta tierra.
La barca sale en salvo, y descargando
La ropa y aderentes de la guerra,
En busca de las balsas torna á prisa,
A donde todos andan sin camisa.

El que es buen nadador, aunque con miedo,
Al agua desnudandose se arroja:
Quien no sabe nadar estáse quedo,
Y en la balsa metido bien se moja.
Mas ya yo de nadar hablar no puedo:
La gente sale á tierra dó se aloja,
Tendida por la fria y dura arena:
Dejemoslos, que entiendan en su cena.

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CANTO DECIMO-CUARTO.