The Project Gutenberg eBook of Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares.

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, ó de los Césares.

Editor: Pedro de Angelis


Release date: September 14, 2004 [eBook #13458]
Most recently updated: October 28, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/13458

Credits: Produced by Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. This file was produced from images generously made available by the Bibliothèque nationale de France (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DERROTEROS Y VIAGES À LA CIUDAD ENCANTADA, Ó DE LOS CÉSARES. ***
DERROTEROS Y VIAGES

A LA

Ciudad Encantada, ó de los Césares.

QUE
SE CREIA EXISTIESE EN LA CORDILLERA,
AL SUD
DE VALDIVIA.

Primera Edicion.

BUENOS-AIRES.
IMPRENTA DEL ESTADO, 1836.

DISCURSO PRELIMINAR

A LAS
NOTICIAS Y DERROTEROS
DE LA
CIUDAD DE LOS CESARES.

Pocas páginas ofrece la história, de un carácter tan singular como las que le preparamos en las noticias relativas á la Ciudad de los Césares. Sin mas datos que los que engendraba la ignorancia en unas pocas cabezas exaltadas, se exploraron con una afanosa diligencia los puntos mas inaccesibles de la gran Cordillera, para descubrir los vestigios de una poblacion misteriosa, que todos describian, y nadie habia podido alcanzar.

En aquel siglo de ilusiones, en que muchas se habian realizado, la imaginacion vagaba sin freno en el campo interminable de las quimeras, y entre las privaciones y los peligros, se alimentaban los hombres de lo que mas simpatizaba con sus ideas, ó halagaba sus esperanzas. El espectáculo inesperado de tantas riquezas, amontonadas en los templos y palacios de los Incas, avivó los deseos y pervirtió el juicio de esos felices aventureros, que no contentos con los frutos opimos de sus victorias, se prometian multiplicarlos, ensanchando la esfera de sus conquistas.

El contraste entre la abundancia de los metales preciosos en América, y su escasez, tan comun en aquel tiempo en Europa, y mas especialmente en España, explica esta sed inextinguible de oro en los que marchaban bajo los pendones de Cortes y Pizarro. La disciplina militar no era entonces tan severa que enfrenase la licencia del soldado, y escarmentase la prevaricacion de los gefes. Nervio principal del poder de los reyes, y ciegos instrumentos de sus venganzas, los egércitos disfrutaban de la impunidad con que suele recompensarse esta clase de servicios, y ninguna barrera era capaz de contener el brazo de esos indómitos satélites del despotismo. Si hay quien lo dude, contemple la suerte de Roma, profanada por los soldados de un general de Carlos V, casi en la misma época en que sus demas caudillos anegaban en sangre á regiones enteras del Nuevo Mundo.

Ninguna de las pasiones nobles, que suelen agitar el corazon de un guerrero, templó esa sórdida ambicion de riquezas, que cegaba los hombres, y los hacia insensibles á los mismos males que sufrian. Los planes que se frustraban eran facilmente reemplazados por otros no menos efímeros y fantásticos; y las últimas empresas sobrepujaban casi siempre en temeridad á las que las habian precedido. No contentos con lo mucho que habian disipado, buscaban nuevos recursos para fomentar su natural propension á los gustos frívolos, cuando no era á los vicios ruinosos.

Bajo el imperio de estas ilusiones, acogian todas las esperanzas, prestaban el oido á todas las sugestiones, y estaban siempre dispuestos á arrostrar los mayores peligros, cuando se les presentaban en un camino que podia conducirlos á la fortuna. Es opinion general de los escritores que han tratado del descubrimiento del Rio de la Plata, que lo que mas influyó en atraerle un número considerable y escogido de conquistadores, fué el nombre. Ni el fin trágico de Solis, ni el número y la ferocidad de los indígenas, ni el hambre que habia diezmado á una porcion de sus propios compatriotas, fueron bastantes á retraerlos de un país que los brindaba con fáciles adquisiciones. Pero pronto reconocian su error, y el vácio que dejaba este desengaño hubiera sido abrumante, si no hubiesen tenido á su disposicion un Dorado y los Césares para llenarlo.

Estas dos voces, que son ahora sin sentido para nosotros, fueron entonces el alma de muchas y ruinosas empresas. Los gobiernos de Lima, Buenos Aires y Chile, distrayéndose de las atenciones que los rodeaban, tendian la vista hácia estas poblaciones misteriosas, reiterando sus conatos para alcanzarlas; y las noticias que circulaban sobre su existencia, eran tan circunstanciadas y concordes, que arrancaban el convencimiento. Se empezó por repetir lo que otros decian, y se acabó por hablar como testigos oculares.

De los Césares sobre todo se discurria con la mayor precision y evidencia. Eran ciudades opulentas, fundadas, segun opinaban algunos, por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demas pueblos que destruyeron los Araucanos en 1599; ó segun otros, por los restos de las tripulaciones de los buques naufragados en el estrecho de Magallanes. "La ciudad principal, (puesto que se contaban hasta tres) estaba en medio de la laguna de Payegué, cerca de un estero llamado Llanquecó, muy correntoso y profundo. Tenia murallas con fosos, rebellines y una sola entrada, protegida por un puente levadizo y artilleria. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas, cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas en asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones de buché, ó bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada. Hablaban, un idioma ininteligible á los españoles y á los indios; pero las marcas de que se servian para herrar su ganado eran como las de España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que mas sembraban era ají, de que hacian un vasto comercio con sus vecinos. Acostumbran tener un sentinela en un cerro inmediato para impedir el paso á los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas estas precauciones, no habian podido lograr su objeto, y algunos indios y españoles se habian acercado á la ciudad hasta oir el tañido de las campanas!"

Estas y otras declaraciones que hacian, bajo de juramento, los individuos llamados á ilustrar á los gobiernos sobre la Gran Noticia, (tal era entonces el nombre que se daba á este pretendido descubrimiento) excitaron el celo de las autoridades, y la mas viva curiosidad del público. Este fervor, y los proyectos de expediciones que le fueron consiguientes, empezaron con el siglo XVII, y continuaron hasta el año de 1781, en que la Corte de España encargó al Gobierno de Chile de tomar en consideracion las propuestas del capitan D. Manuel Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para emprender la conquista de los Césares. Con este motivo se pasaron al Fiscal de aquel reino nueve volúmenes de autos, que se conservaban en los archivos, para que aconsejase las medidas que le pareciesen mas conducentes á llenar los objetos consultados. Este magistrado procedió en su exámen con los principios del criterio legal, que no duda de lo que se apoya en declaraciones juradas, explícitas, concordes y terminantes. Las objeciones que se hacian contra estos asertos le parecieron cavilaciones de hombres acostumbrados á dudar de las cosas mas evidentes. Puso en cotejo la incredulidad con que se oyeron los vaticinios de Colon sobre la existencia de un nuevo mundo; los muchos é importantes descubrimientos debidos á las solas indicaciones de los indios, y buscó en la historia de los naufrágios célebres una explicacion fácil al orígen de estas poblaciones ocultas.

Hay errores que merecen ser escusados, y en los que pueden incidir los espíritus mas rectos y juiciosos: tal nos parece el del Fiscal de Chile. Su convencimiento es completo: no solo creia en los Césares, sino que se esforzaba á que todos les creyesen.—Con semejantes atestaciones, exclamaba en su entusiasmo, parece que ya no debe dudarse de la existencia de aquellas poblaciones. Y realmente ¡cuan peligroso seria en un juez un sistema de investigacion llevado hasta la incredulidad y el escepticismo! ¡Cuan insuperables serian las trabas que opondria al curso de la justicia una conciencia incontentable, que desconfiase de la razon, y protestase contra sus fallos!…

No eran hombres vulgares los PP. Mascardi, Cardiel y Lozano, y todos ellos participaron de este engaño, trabajando con ahinco para generalizarlo. Uno de ellos fué víctima de su celo apostólico:—los otros estaban dispuestos á imitarle, por la persuasion en que estaban de hallar un pueblo, falto de los auxilios de la religion, aunque viviese en la comodidad y la abundancia.

Sin embargo, esta justificacion de un error que ya no es posible disfrazar, debo esparcir dudas sobre muchos hechos históricos, por mas auténticos y calificados que sean. Hay épocas en que la razon se ofusca al contemplar objetos nuevos é inusitados; y expuesto el hombre mas juicioso á una serie continua de impresiones violentas, deja de analizarlas, y baja insensiblemente al nivel de las inteligencias vulgares, que todo lo ponderan y admiran. Para cumplir con el precepto del sábio, nil admirari, se necesita estar en el pleno egercicio de sus facultades, y haber contraido cierto hábito de dominar sus sentidos, siempre propensos á fascinar, y á engañarse. ¡Cuan distantes estaban los conquistadores de América de este estado de sosiego! Para ellos todo era motivo de arrebato. El espectáculo de un nuevo mundo, de pueblos nuevos, de nuevas costumbres, y mas que todo, esas fuentes inagotables de riquezas, que brotaban por todas partes con mas prontitud que el mismo deseo de poseerlas, mantenian á los hombres en una dulce y perpetua extasis. Sin tomar el opio como los musulmanes, probaban las mismas sensaciones, y les costaba trabajo arrancarse de ellas.

Con estas disposiciones se forjaron tantas mentiras, y se formaron espedientes para acreditarlas. Los casos mas inverósimiles, los sucesos mas extraños, las declaraciones evidentemente falsas y absurdas, encontraban siempre testigos, y un escribano para certificarlas. El que quisiera recopilar estos embustes, formaria una obra voluminosa, y talvez divertida. Garcilaso, el menos crédulo de sus contemporáneos, no ha podido sustraerse de este embeleso; ya exagerando la sabiduria de las antiguas instituciones del Perú; ya sus tesoros, ya la fecundidad de su territorio. Le habian quedado algunas dudas sobre la magnitud extraordinaria de un rábano del valle de Cuçapá, del que habia oido hablar vagamente, y se encontró en Córdoba con un caballero español, que acompañaba al Gobernador de Chile cuando se trató de reconocer y probar este hecho. Este español le dijo, "á fé de caballero hijodalgo, no solo ví cinco caballos atados á las ramas del rábano, sino que comí de él, y lo hallé muy tierno."

Con este motivo le habló tambien de un melon del mismo valle de Ica, que pesaba cuatro arrobas y tres libras, y del que se tomó fé y testimonio ante escribano!—De este modo cundia el fraude por obra de aquellos mismos que debian atajarlo, y se sorprendia la conciencia pública hasta en los documentos auténticos.

La poca instruccion que reinaba en las clases privilegiadas, favorecia estas imposturas, y hacia mas dificil su manifestacion. La geografia, que debió haber adelantado en proporcion de los descubrimientos, quedaba estacionaria; y solo al cabo de muchos años se pensó en reconocer lo que habia sido ocupado. De conformidad á los primeros informes sobre la localidad de los Césares, los geógrafos los habian colocado en una abra de la Cordillera Nevada, entre los 45 y 50 grados de latitud austral: y no obstante, habia gefes que preguntaban por la Gran Noticia á los indios Chiquitos, y otros que la buscaban en las riberas del Atlantico! La gravedad con que el Fiscal de Chile funda su dictámen en 1782, prueba que hasta entonces conservó todo su crédito esta patraña.

La solicitud del capitan Orejuela, que dió mérito á este informe, puede haber sido dictada por un exceso de candor, ó por un cálculo de malicia. En ambos casos tiene el mérito de haber dejado concentrado en un solo foco las varias opiniones que se han vertido sobre este asunto, y cuya lectura es mas que suficiente para clasificarlas.

De los distintos papeles á que se refiere el Fiscal de Chile, hemos extractado lo que nos ha parecido mas conducente á formar el juicio del público, relegando al olvido muchos pequeños detalles que nada hubieran añadido á su convencimiento.—Estos documentos nos han sido franqueados, parte por el Sr. Coronel D. José Maria Cabrer, y parte por el Sr. Dr. D. Saturnino Segurola, cuya liberalidad y benevolencia solo podemos retribuir con este testimonio estéril de nuestro agradecimiento.

Buenos Aires, 28 de Enero de 1336.

PEDRO DE ANGELIS

DERROTERO

De un viage desde Buenos Aires á los Césares, por el Tandil y el Volcan, rumbo de sud-oeste, comunicado á la corte de Madrid, en 1707, por Silvestre Antonio de Roxas, que vivió muchos años entre los indios Peguenches.

Los Indios de esta tierra se diferencian algo en la lengua de los Pampas del Tandil ó del Volcan. Dirigiéndose al sud-oeste hasta la sierra Guamini, que dista de Buenos Aires ciento y sesenta leguas, se atraviesan sesenta leguas de bosques, en que habitan los indios Mayuluches, gente muy belicosa, y crecida, pero amiga de los españoles.

Al salir de dichos bosques se siguen treinta leguas de travesía, sin pasto ni agua, y se lleva desde el Guamini el rumbo del poniente. Al fin de dicha travesía se llega á un rio muy caudaloso y hondo, llamado de las Barrancas: tiene pasos conocidos por donde se puede vadear.

De dicho rio se siguen cincuenta leguas al poniente, de tierras estériles y medanosas, hasta el rio Tunuyan. Entre los dos rios habitan los indios Picunches, que son muchos, y no se extienden sino entre ambos rios.

De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas de travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un cerro muy alto, llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue, y es de minerales de cristal fino. Por lo dicho resultan, hasta el pié de la Cordillera, 330 leguas de camino: y las habrá á causa de los rodeos precisos para hallar las aguadas y pasos de los rios. Pero por un camino directo no puede haber tantas, si se considera que desde Buenos Aires á Mendoza hay menos de 300 leguas, abriendo algo mas el rumbo desde aquí casi al poniente con muchas sinuosidades; y el Payen, segun el rumbo de la Cordillera, queda al sur de Mendoza.

Prosigue el derrotero al sur, costeando la Cordillera hasta el valle de los Césares.

Caminando diez leguas, se llega al rio llamado San Pedro, y en medio de este camino, á las cinco leguas, está otro rio y cerro, llamado Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.

Cuatro leguas mas al sur, hácia el rio llamado de los Ciegos, por unos indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á comerciar con los Césares españoles.

Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas, se llega á los indios Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile.[1]

[Nota 1: Pocos años despues que anduvo el autor en aquella tierra, los indios Puelches se amotinaron, y mataron al doctrinero Jesuita. No se sabe si fueron muchos los culpados, pero sabiendo que entraba gente de Chiloé á castigarlos, desampararon su reduccion, y se huyeron: de modo que la expedicion de Chiloé no tuvo mas efecto que haber averiguado dicha huida.]

En la tierra de estos Puelches hay un rio hondo y grande, que tiene lavadero de oro. Caminando otras cuatro leguas hay un rio llamado de Azufre, porque sale de un cerro ó volcan, y contiene azufre.

Por el mismo rumbo, á las treinta leguas, se halla un rio muy grande y manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.

Es gente mansa y pacífica; usa flechas, ó arpones grandes, y hondas, que disparan con mucha violencia: hay en su tierra muchedumbre de guanacos que cazan para comer. Tienen muchos metales de plata, y solo usan del plomo romo, por lo suave y fácil de fundir. En dicho valle hay un cerro que tiene mucha piedra iman.

Desde dicho valle, costeando el rio, á las seis leguas se llega á un pontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar con los indios. Tres leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea el rio á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demas del año viene muy crecido.

En la otra banda de este rio grande está la ciudad de los Césares españoles, en un llano poblado, mas á lo largo que al cuadro, al modo de la planta de Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos, y casas de piedra labrada y bien techadas al modo de España: en las mas de ellas tienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son cristianos, que han sido reducidos por los dichos españoles. A las partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada, donde trabajan muchos minerales de oro y plata, y tambien cobre: por el sud-oeste y poniente, hácia la Cordillera, sus campos, con estancias de muchos ganados mayores y menores, y muchas chácaras, donde recogen con abundancia granos y hortalizas; adornadas de cedros, álamos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite, porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte de sur, como á dos leguas está la mar, que los provéen de pescado y marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y fresco, que la gente muere de pura vejez. No se conocen allí las mas de las enfermedades que hay en otras partes; solo faltan españoles para poblar y desentrañar tanta riqueza. Nadie debe creer exageracion lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis manos.

(Firmado.)—Silvestre Antonio de Roxas.

Dicho Silvestre se embarcó para Buenos Aires en los navios de D. José Ibarra, el año de 1714. La copia de su carta ó memorial está autorizada por D. Francisco Castejon, secretario de Su Magestad en la Junta de guerra del Perú, con fecha de 18 de Mayo de 1716, para remitirla al Presidente de Chile, de órden del Rey.

Los mas tienen por falso lo que contiene dicho informe. No me empeño en justificarlo; pero me inclino á que es cierto lo principal, de haber tal ciudad de españoles, mas hácia Buenos Aires, ó el estrecho de Magallanes, y lo fundo en las razones siguientes.

La primera es, que el autor, despues de referir al Rey su historia, asegurando que los Peguenches lo cautivaron en la campaña de Buenos Aires, yendo á una vaqueria con un D. Francisco Ladron de Guevara, á quien y á su comitiva mataron dichos indios, añade, que el haber salido de entre ellos, estimulado de su conciencia para morir entre cristianos, y restituirse á su patria, dejando las delicias del cacicazgo, fué tambien para informar de dicha ciudad al Rey Nuestro Señor, lastimándose mucho de la poca diligencia que para su descubrimiento hicieron en los tiempos pasados los Ministros, á quienes los Reyes, sus antecesores, le habian encargado.

Silvestre Antonio de Roxas no es nombre supuesto; porque D. Gaspar Izquierdo afirma que lo conoció en Cadiz, en tiempo que le comunicó en substancia lo mismo; y se lamentaba del poco caso que se habia hecho de materia tan importante. Que el dicho Roxas, aunque fué pobre de Buenos Aires, con dinero que heredó de un hijo suyo en Sevilla, habia comprado armas con que armar una compañía de soldados de á caballo para el dicho descubrimiento, y las volvió á vender.

Que no era imaginario dicho informe, se deduce de que su copia simple me la prestó en Chile D. Nicolas del Puerto, general que fué de Chiloé: quien me afirmó, que, en virtud de este informe, se escribió á los Césares, el año de 1719, por un Sr. Oidor, de quien era amanuense dicho D. Nicolas, y por órden de aquella Real Audiencia, una carta que un indio ofreció levar, y volver con la respuesta. Esta carta yo la ví, cuando el tal indio estuvo en esta ciudad de Buenos Aires á pedir á su Señoria algun socorro de caballos, que no se les dieron, y solo se le ofreció regalarle si conseguia carta de los Césares, y la traia á su Señoria antes de llevarla á Chile.

Que el dicho indio fuese embustero, es posible; pero D. Nicolas del Puerto cree que lo mataron los indios Puelches, ú otros; porque en la entrada que se hizo de Chiloé por el alzamiento de dichos Puelches, pareció en poder de un indio no conocido, la carta referida, que él reconoció en Chiloé por ser de su letra. Tambien me informó dicho D. Nicolas del Puerto, que en ocasion de hallarse en Chiloé, y en el estrecho de Magallanes, en un brazo de mar que entra tierra adentro, sacando los españoles de un navio que se le perdió, un indio de aquella tierra, á quien tomó aficion, le comunicó, con gran encargo del secreto, que por esta parte de la Cordillera habia un pueblo de españoles; pero que los indios no querian que se supiera, y que si sabian que él lo habia descubierto á algun español, lo matarian sin duda.

Dicho D. Nicolas del Puerto me hizo relacion de que este indio aseguraba, que aquel brazo de mar se juntaba á otro, que cree ser el estrecho de Magallanes, por donde facilmente se podia navegar á dicho pueblo de españoles.

Añade el mismo D. Nicolas, que los vecinos de Chiloé desean hacer el descubrimiento, sin embargo de lo necesario que seria rodear en la Cordillera para hallar un camino; pero que solo lo impide su mucha pobreza; y que le parece que se empeñarian en 2 ó 3000 pesos, si se les anticipáran para los avios del viage.

Las tradiciones que hay en Chile, de lo que declararon allí dos hombres que salieron de dicho pueblo, á los 30 años de fundado, acreditan que no es fábula, y se conforman con el derrotero de Silvestre Antonio de Roxas. Porque dicen, que habiéndose perdido el navío en la altura de 50 grados, salieron á tierra con lo que pudieron salvar y cargar; y caminaron seis ú ocho dias al nord-este, hasta un parage, donde se asentaron y poblaron, por haber sugetado allí, y rendídoseles mas de tres mil indios con sus familias.

Y suponiéndose, por via de argumento, que declinaron uno y medio grados del polo, quedaron en 48-1/2 de la equinoccial. Buenos Aires está en 34 grados, 36' y 39", la diferencia es 13 grados 53' y 21", que por ser el rumbo de nord-este al sud-oeste, con poca diferencia, viene como un tercio, y habria de distancia 31 grados, leguas poco mas ó menos. Si se atiende á las 48 leguas que Silvestre Antonio de Roxas pone desde el Payen hasta los Césares, caminando de norte á sur, con los 33 grados que refiere hay de Buenos Aires al Payen, no se diferencia mucho de lo que tendrá la mitad del camino, y de lo que aumenta el rumbo del poniente: porque lo demas que cae en las pampas, alejándose del sud-oeste, que es como quien endereza al mismo estrecho, queda del camino de dicho derrotero cerca de la mar, otro tanto cuanto hay por el cabo de San Antonio en la boca del Rio de la Plata.

Tambien se ignora si despues mudaron dichos dos hombres su poblacion mas al nordeste, porque entonces quedarian mas cerca de Buenos Aires de lo que estaban al principio.

Tambien se conforma la distancia que hay desde Mendoza hasta el cerro de Payen, con el viage que hizo al descubrimiento de dicho cerro, el año de 1701, D. Nicolas Francisco de Retoña; siendo corregidor de Mendoza; que los que fueron con él regulaban en menos de 150 leguas algunos, y otros en mas; estando cono está Mendoza al norte de los Césares, distaré 250 leguas de ellos.

En dicho año de 1701, entrando D. Juan de Mayorga á recoger ganado desde la Punta del sur, estando muy tierra adentro, se infiere llegaria hasta cerca de 100 leguas de los Césares. Aseguran en Mendoza, que fué á buscarle un indio de aquellas cercanias, trayéndole dos caballos ensillados á la gineta, y dijo eran de dos caballeros que habian salido de los Césares en busca de españoles, y que los indios de la faccion, de que era cacique, inadvertidamente los habian muerto.

Fuera de otras noticias confusas, que mal explicadas de unos en otros indios, han llegado en varios tiempos á Buenos Aires, este año de 1740, examiné con industria á un indio de los de la Cordillera de Chile, llamado Francisco, á quien los indios, que acá llamamos Césares, habian traido muy muchacho por esclavo. Preguntándole si era de las naciones Peguenches ó Puelches, ó de qué nacion; contestó, que lo sacaron de su tierra tan niño, que no se acuerda; sino que es muy tierra adentro, mas allá de los Peguenches y Puelches, haciendo la seña, como que es á la parte del sueste de los Puelches, y adentro de la Cordillera, que mira á Chiloé, aunque no sabe dar razon de dicho Chiloé.

Pero, preguntado si cerca de su tierra está la de los indios que llaman Césares; respondió, que estaban cerca de allí; pero mas cerca de Buenos Aires. Y preguntado, si en su tierra oyó decir que cerca de los indios Césares habia una poblacion de españoles; contestó, en propios términos, que era cierto que habia españoles, pero que estaban mas acá de los indios Césares, hácia la mar, y que la gente de aquellos parages, inmediatos á los Césares, tienen vacas y caballos, como los españoles de por acá. Añadió dicho indio, que los indios de aquellas partes no quieren que se oiga que hay tales españoles.

Esto indio lo conocí mucho, por haberme servido en el viage á Chile, á fines del año de 1738. Es de natural silencioso y sencillo, verídico en su proceder, y cuando diese tales respuestas de invencion suya, mal podria acaso acertar en circunstancias concordantes con la relacion del dicho Silvestre Antonio de Roxas; ni este, si fuese tan embustero, que hubiese en su fantasia fabricado su relacion tan adecuada á las tradiciones y á la razon que dá el dicho indio Francisco.

Se ha reparado en que Silvestre Antonio de Roxas no expresa en su informe qué modo de cristiandad, uso de sacramentos, y gobierno eclesiástico tienen los españoles Césares, ni qué república y leyes civiles observan; el vestuario y las armas que usan; obrages y otras circunstancias que calla; ni lo que discurren de los otros españoles de estas partes, de que talvez tendrán noticias tan dudosas y confusas como nosotros de ellos. Pero este reparo no me hace fuerza, considerando que dicho Roxas entraria por algun acaso á la tierra y ciudad de los Césares, como indio Peguenche, disimulado de los otros indios, y atendió solo á lo visible, sin detenerse en tales particularidades; y por la relacion tan sencilla que hace en su informe, se advierte que su cuidado se redujo á informar á Su Magestad ser cierto que habia tal ciudad de los Césares españoles.

Muchos, ó los mas creen imposible que sea cierta dicha relacion, arguyendo que de serlo hubieran salido dichos Césares en busca de otros españoles; pero se les responde que no es de maravillar esta omision en ellos, cuando la nuestra es mayor en no haberlos procurado buscar, sabiendo que hay distancia cierta hasta la costa del mar, que corre desde el estrecho de Magallanes hasta la Bahia de San Julian, en cuyo intermedio es preciso que estén, si no es fabulosa su existencia: y que es de persuadirse que los indios sus comarcanos les ponderarian que es imposible llegar por entre naciones bárbaras, y caminos inaccesibles, á abrir comunicaciones con los demas españoles de estos reynos: porque la política de los indios, aunque bárbaros, será engañarlos, para que no haya motivo de que los españoles los conquisten, y descubran las riquezas de que no quieren usar; lo que observan rigurosamente, solo por ocultarlas á los españoles: por conocer que ni dominacion, ni comercio han sido la epidemia de infinidad de indios que habitaban antes las tierras, que al presente tienen pobladas los españoles.

Tambien puede haber entre los tales Césares españoles la política natural de no descubrirse á quienes los domine, para que no alteren el modo de gobierno, y leyes municipales entre si acordadas, con que puede ser esten bien hallados: pues la parcialidad entre ellos dominante, mas querrá carecer de las útilidades que les podia proporcionar la sugecion al Rey de España, que decaer de la autoridad, que pueden pensar establecida en su descendencia.

Ni fuera temerario creer, que como lo hicieron los pocos que empezaron á restaurar de los moros el reyno de Aragon, hayan dichos españoles Césares fundado alguna, aunque muy pequeña monarquia, con tales fueros y libertades de los subditos, y limitaciones de la soberania, que aborrescan absolutamente en comun la novedad del gobierno, y de las leyes á que no estan acostumbrados.

Y suponiendo que aunque haya 350 leguas por mar de aquí al paraje que señala dicho derrotero, se podria á poca costa descubrir con un navio, y una falua en menos de tres meses de ida y vuelta, y salir de tantas dudas, no deja de ser notable el descuido que hay en esto: y aun cuando no fuese cierta la noticia de dichos Césares, podrian á la venida descubrir con una buena chalupa, las ensenadas y puertos que hay desde el Cabo de San Antonio al estrecho de Magallanes, y sí los dos grandes rios de las Barrancas y Tonuyan son navegables tierra adentro, con otras circunstancias que pueden ser muy importantes al servicio del Rey, y seguridad de esta parte de América: porque sin duda Su Magestad enviaria providencias para asegurar que en ningun tiempo cayesen en poder de extrangeros los puertos de San Julian, y otros que se descubriesen &a.

CARTA

Del Padre Jesuita José Cardiel, escrita al Señor Gobernador y Capitan General de Buenos Aires, sobre los descubrimientos de las tierras patagónicas, en lo que toca á los Césares (11 de Agosto de 1746.)

SEÑOR GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL,

Me alegraré que V.S. se halle con la cabal salud que mi deseo le solicita para universal bien de estas provincias.

Estando en esta nuestra estancia de Areco, retirado de la mision de españoles, que no pude proseguir mas que por 15 dias, á causa de la defensa ó guerra contra los indios, be recibido respuesta de mi Provincial á la carta que le escribí recien llegado del viage del mar, enviándole el diario del viage, y pidiéndole que informase al Consejo Real sobre el celoso y eficaz porte de V.S. acerca de dicho viage. Contiene la respuesta tres puntos: en el primero me dice estas formales palabras:—"Haré lo que dice el Sr. Gobernador, de escribir al Consejo, como Su Señoria lo merece, por su celo y eficacia en servicio de Dios, y del Rey; que quizá si no hubiese sido por él, nada se hubiera hecho. Yo me alegrára mucho de poder servir á V.S. en cosas de mayor monta; pues ademas de otros títulos milita en mi el de paisano."

En el segundo me pide, que ruegue á V.S. me dé una certificacion firmada de los gastos que los tres Padres hemos hecho en el viage, porque así conviene. Ruego á V.S., me haga este favor, como de su benevolencia lo espero: podrá venir esta certificacion con él que lleva esta carta, enviándola para eso al Colegio.

En el tercero me dice, atendiendo á mis deseos, que, "luego que halle coyuntura emprenderá el viage del Volcan, que es sierra distante de Buenos Aires como cien leguas al sud-oeste; para ver si allí hay forma y parage á propósito para formar un pueblo de indios serranos, que los Padres del de los Pampas tienen apalabrados; y penetrar desde allí á los célebres Patagones y Césares, hasta el estrecho de Magallanes. Porque habiéndose frustrado esta empresa por mar, por lo inhabitable de sus costas, como hemos visto, dice que no halla otro modo para esta tan famosa mision, por tantos años pretendida por el ánimo real, y del nuestro, sino principiando por dichos serranos, y prosiguiendo por sus inmediaciones á los inmediatos." Larga y tarda empresa, por cierto, si así se toma: mas pronta y eficáz la espero yo por la actividad, y celo cristiano y real de V.S., especialmente si V.S. considera bien lo que aquí dice.

Sabido es que el Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, entregó al Rey Católico la América con sus islas, haciéndole tutor de todos sus habitadores, para que como tal procurase su reduccion al cristianismo, con su poder, y con el egemplo de sus vasallos. Penetrado Su Magestad de esta obligacion, no cesa, por espacio de tres siglos, de hacer lo posible en cumplirla, ya despachando continuas cédulas á los Vireyes y Gobernadores, exhortándoles á lo mismo, y prometiéndoles favores á los que se esmerasen en este tan cristiano celo; ya premiando colmadamente á los que en este punto se han adelantado, como se puede ver en las historias de este Nuevo Mundo; ya enviando continuamente ministros evangélicos á su costa, y señalando en casi todas las provincias buen número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues ademas de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas y Mégico, en solo la provincia del Nuevo Reino, que comprende solamente desde Panamá hasta el reino de Quito, tiene pagados exclusivamente para este intento cuatrocientos soldados, con sus cabos respectivos, y con sueldo mayor que el de Buenos Aires: y en Buenos Aires tiene pagados para lo mismo cincuenta con su capitan; especificando que hayan de ser para escolta de los Padres Jesuitas de la mision de Magallanes y Patagones, que es de aquí al Estrecho. Todos estos soldados, de todas estas provincias, son para solos los misioneros Jesuitas, y no de otra religion. Los cincuenta de esta ciudad de Buenos Aires los señaló Su Magestad desde el año de 1684, de que no dejará de haber cédula en ese archivo; y manda Su Magestad que vayan siempre á obediencia de los misioneros. Así lo refiere D. Francisco Xavier Xarque, Dean de Albarracin, en la historia que escribió de los misioneros del Paraguay, y lo mismo manda que se efectúe en las demas provincias.

Acerca de estas tierras de Magallanes, ha puesto Su Magestad especial empeño; pues habrá poco mas de cuarenta años, que envio una mision entera para estas tierras, y en ella venian padres escogidos, de tierras frias, para que mejor pudiesen aguantar los frios de hácia el Estrecho. Una Condesa se hizo protectora especial de esta mision, dió varias alhajas para ella, que estan todavia depositadas; y el altar portátil, que en este viage marítimo hemos llevado, es uno de estos dones. Comenzóse á disponer el viage, señaláronse soldados, buscábanse viveres, y cuando no faltaba mas que caminar, lo deshizo todo el enemigo comun, por intereses particulares de algunos. No era vizcaino el Gobernador, ni tenia brios, eficacia, ni empeño de tal; que si los tuviera, poco hubiera podido Satanás.

Hasta ahora han estado todas esas miserables naciones en manos del demonio, cayendo cada dia al infierno. ¿Qué corazon cristiano lo podria sufrir, y siendo próximos nuestros redimidos con la sangre de un mismo Rey y Señor? Basta un rastro de cristiandad, sin ser necesario ser recoleto, para mover á compasion á cualquiera, haciéndole poner los medios posibles para ello; especialmente á los que tienen autoridad y poder para hacerlo. Nuestros padres, así de Chile, que es otra provincia, como de aquí, han empleado varios arbitrios; pero como para ello es menester el brazo seglar, y este ha faltado, tambien han faltado ellos.

Acerca de estas tierras hay mas especiales motivos, que acerca de otras, para procurar su conquista, así espiritual como temporal: porque ademas de haber, tierra adentro, naciones de indios labradores, segun se tiene noticia de los de á caballo comarcanos, y tambien de á pié; estas dos calidades de ser labradores, y de á pié, son, segun nos muestra la experiencia, mas favorables para recibir el Evangelio, que si fuesen de á caballo, ó vagabundos sin sementeras, que es casi imposible el convertirlos.

Ademas de esto digo, que hay graves fundamentos para creer que hay tambien poblaciones de españolea, y quizas con algunas minas de oro y plata, lo cual ha dudo motivo á la decantada ciudad de los Césares.

Los fundamentos son estos: el suplemento á la historia de España por Mariana, y los mapas modernos dicen, que el año de 1523, entraron por el estrecho de Magallanes, cuatro navios españoles: los tres se perdieron en el Estrecho, y el cuarto pasó á Lima. En 1526, fué la flota de Molucas: pereció en el Estrecho la capitana, y las demas pasaron á dichas islas. En 1535, entraron en dicho estrecho algunos navios, amotinóse allí el equipage, y los hicieron naufragar. En 1539, entraron otros tres navios: el primero naufragó, el otro volvió de arribada, y el tercero pasó. Despues, (no dicen en que año) D. Pedro Sarmiento llegó al Estrecho con cuatro navios para poblar, y hacer escala de los demas, como ahora pretendiamos nosotros. Antes del Estrecho, á la entrada, formó una poblacion con el nombre de Jesus; y en ella dejó 150 hombres de guarnicion. Mas adelante, en el centro del Estrecho, echó los fundamentos para una ciudad, con el nombre de San Felipe. Todos dicen, que en varios parages del Estrecho hay leña y agua dulce, y por eso haria allí esas dos poblaciones; las cuales cosas no se encontraron en las costas, antes del Estrecho en los puertos que hay: que si se encontraron con pastos y tierra de sembrar, yo juzgo que hubieran sembrado los españoles.

Pobló, pues, Sarmiento estos dos parages, y á poco tiempo, por las muchas calamidades, frio, hambre, y no venirle socorro, se volvió á España. Esto dice dicho suplemento y los mapas. ¿Qué se hizo, pues, de toda esta gente, que en tantos navios se perdió? Se ahogó toda? No por cierto, porque el Estrecho es muy angosto en partes: dicen aun los modernos que es de sola media legua, y por esto es cosa fácil el salvarse los naufragantes. Cuentan que de tres navios, habiéndose perdido los dos, y volviendo el uno, vió este á toda la gente en la orilla; que aunque le pedian que los llevase, no se atrevió á ello por falta de víveres y de buque, y con toda la gente de los demas navios perdidos sucederia lo mismo. Presúmese, pues, que toda esta gente habrá emparentado con los indios, y tendrán sus poblaciones á trescientas ó cuatrocientas leguas de aquí.

El que no se haya descubierto en tanto tiempo, no me hace fuerza; pues las Batuecas, en medio de España tan poblada por todas partes, estuvo tantos centenares de años, ó sin descubrirse ó con muy poca ó dudosa noticia de que hubiese tal gente. Y pocos años ha, en medio del reyno de Mégico, mucho mas poblado de cristianos que estas partes, se descubrió una nacion hasta política, de quien existian varias dudas de si la habria ó no. Y mas arriba de la Nueva Viscaya y del Nuevo Mégico, en donde los mapas antiguos ponen la gran ciudad de Quiriza, de quien se decian tantas ó mas ponderaciones que las que se hacen de los Césares, y á cuya empresa ó conquista fueron tropas españolas, y se volvian cansados de la dificultad, diciendo que estaba encantada (vulgaridad que dicen luego para cohonestar su falta de empeño y constancia), se descubrió la nacion de los Pitos, gente efectiva, que vive en ciudades con edificios altos de suelos, y este es el encanto. Con que habiendo aquí mas dificultades que en lo dicho, no debe hacer fuerza el que hasta ahora no se haya descubierto. Ni tampoco me hace fuerza lo que dicen algunos, que si hubiera tales Césares ó poblaciones, era imposible que alguno de ellos no hubiera venido acá: porque si ninguno de estas partes ha penetrado mas que doscientas leguas de aquí hasta el rio del Sauce, por las dificultades que se han ofrecido ¿qué estraño es que ellos, teniendo menos medios, y quizás sin caballos, no hayan podido penetrar hasta nosotros?

Pero vamos adelante, mostrando mas fundamentos. En la vida del santo Padre Nicolas Mascardi se dice, que siendo Rector del Colegio de Chiloé, ahora 60 ó 70 años, viendo que en el archivo de una ciudad de Chile habia una relacion de dos españoles, en que decian que habian salido huyendo del Estrecho por un homicidio que habia sucedido en una poblacion de españoles que en dicho parage habia, formada de la gente que se perdió en no navío que naufragó, y cotejando con esta relacion las noticias que daban los indios, se determinó á ir en busca de ellos. Encontró en el camino una nacion de indios, harto docil, que le pidió el bautismo. Pasó hácia el oriente. Salió al camino un cacique, que le dió una ropilla de grana, un peso de fierro, y un cuchillo con especiales labores en el puño, y le dijo: has de saber, que tantas dormidas de aquí (así cuentan las jornadas), hay una ciudad de españoles. Yo soy amigo de los de esta ciudad. Por la voz que corre de indios á indios, han sabido, que un sacerdote de los cristianos, anda por estas tierras: desean mucho que vayas allá; y para que creas que es verdad, me han dado estas señas. El padre no pudo penetrar allá, ni ellos pudieron juntarse con el padre por los indios enemigos. Envió dichas señas á Chile, y allí conocieron el cuchillo por su especial cabo, y dijeron que era del hijo del capitan tal (que no me acuerdo del nombre), que años habia te habia perdido con su navio en el Estrecho. Pasó adelante, donde le dijeron otros indios, que de otra ciudad habian salido en su busca dos españoles vestidos de blanco, que era el trage que allí todos usaban; y que llegando á una gran laguna, no pudieron pasar, y se volvieron. Tampoco pudo penetrar acá el padre. Dijeronle que mas adelante habia un muchacho, que habia estado algun tiempo en una de esas ciudades, y que sabia la lengua de los cristianos: llegó allá el padre, dió con el muchacho, y vió que sabia español, aunque pronunciaba mal. Prosiguió en busca de esta ciudad, y otros indios mas bárbaros lo mataron: aunque otros dicen que los mismos que lo guiaban por codicia de los abalorios que llevaba para ganar la voluntad de los que encontraba. Eran su escolta y su guia unos pobres indios traidores, como lo son de génio. Despues de la muerte de este padre, por las noticias que de él se adquirieron, resultó el venir la mision de que hablo arriba.

Hay mas: un cristiano español ó mixto, hizo una relacion, que anda por Buenos Aires, en que dice en suma, que llevándole cautivo, ó de otra forma, llegó á una de estas ciudades, de que cuenta grandezas, y que en cierto parage antes de llegar, habia un cerro de diamantes, y otro en otro parage de oro. Un corregidor del Perú, llamado Quiros ó Quiroga, cuenta en suma en su relacion, que siendo de diez años, estando en Amberes, se embarcó en un navio, y que caminando por las costas de Magallanes, mucho antes del Estrecho, y metiéndose con la lancha por un riacho, saltando á tierra, dieron con él, el piloto, y todos los de la lancha, unos hombres que los llevaron por tierra, y que llegaron á una gran laguna; que allí los metieron en una embarcacion, y aportaron á una isla en medio de ella, en donde habia una gran ciudad é iglesia, donde estuvieron tres dias; que no entendian la lengua; y que al partir les dieron dos cajoncitos de perlas, que se cogian en aquella laguna. Que por señas, y por nombrar Rey y Papa, entendieron que les decian que era para ellos: que el piloto como herege se las llevó para sí: que cresciendo, y siendo ya mozo, dió cuenta de todo al consejo, prometiendo señalar la costa del riacho, por donde entraron: que le señalaron cuatro navios; y que suscitándose en este tiempo la guerra del Emperador y Felipe V., se deshizo el viage, por lo cual pretendió un corregimiento, que consiguió en el Perú. Estas y otras muchas cosas dice en su relacion; y se asegura que murió poco há.

Añádese á esto lo que cuenta una cautiva, que llevada á muy distantes tierras, hácia el sud-oeste, encontró unas casas, y en ellas gente blanca y rubia; y que estando ella muy alegre, juzgando ser gente española, se le ahogó todo el contento, viendo que no les entendia palabra. Ademas de esto los indios estan continuamente diciendo, que hay tales poblaciones, y muchos de ellos convienen en que, en medio de una gran laguna hay una gran isla, y en ella desde la orilla se vé una gran poblacion, en la cual descuella mucho una casa muy grande, que piensan ser iglesia; y que otra pequeña está siempre echando humo, y que desde la orilla se oyen tocar campanas: y dicen que desde el volcan (de que hablé arriba) á donde dice, mi Provincial "que yo vaya" hay solamente seis dias de camino, al andar de ellos, que es lijero. Estos y otros fundamentos hay para creer que haya dichas poblaciones en este vasto espacio de 400 leguas. Creo que estas noticias estan mezcladas con muchas fabulas, mas habiéndose perdido tantos navios, no puede menos de haber algo de lo que se dice, y que por algo se dijo, pues que no hay mentira que no sea hija de algo. Lo de no entenderse la lengua es muy factible; siendo aquella poblacion del español corregidor, y la otra de la cautiva, de gente olandesa, ó inglesa; que tambien dicen que se han perdido en el Estrecho navios olandeses. La historia de Chile por el padre Ovalle trae algunos naufragios de ellos; y tambien puede ser que algunos españoles con el mucho tiempo, hayan perdido la lengua española, usando la que aprendieron de sus madres indias, con quienes se casaron los primeros. ¿Cuantos hay en el Paraguay, que no saben la lengua española? Y si se conserváran los primeros españoles que se casaron con las indias, sin que ningun europeo fuera allá, no se usára, ni se sabria ya otra lengua que la del indio, y aun con tanta mezcla de europeos, que cada dia van allá, la lengua que comunmente se usa, es la de los indios Guaranís, como en Viscaya la vascongada? ¡Oh cuanto me alegrára que V.S., sin hacer caso de algunos que quieren pasar por críticos y discretos, haciéndose incrédulos á todo, pusiese todo empeño en averiguar este punto, consiguiendo con su eficacia lo que otros no han podido! ¡Cuan deveras le serviria á V.S. en cosa que puede ser de tanto servicio de Dios, y del Rey! De Dios, pues si encontráramos españoles, estos, sin sacerdotes tantos años, estarán con muchos errores en la Fé y las costumbres, como el pueblo de las 400 casas, que dice el clerigo agradecido Ordoñez, que encontró hácia Filipinas, de un navio que habia naufragado 70 años antes, que tenian su cabildo é iglesia, á donde iban á rezar todos los dias de fiesta en lugar de misa, por no tener sacerdotes. Pero cada uno estaba casado con tres ó cuatro indias, diciendo que para multiplicarse, y poderse así defender de los indios enemigos, les era aquello lícito (¡qué de teólogos hace la depravada naturaleza!), y tenian otros varios errores. Sin hablar de la docilidad de los indios para el cristianismo, que en tanta variedad de naciones puede encontrar.

Este descubrimiento se podrá hacer con 300 paisanos de esta gente estanciera, sin gastos reales; llevando cada uno 5 ó 6 caballos, y otras tantas vacas, pues esta gente no gasta pan ni biscocho. Con caballos y vacas todo tienen, y con solo darles pólvora y bala, de 6 á 7 libras de cada cosa, (pues muchos usan lanza) estaba hecho el gasto. Porque acha, barretas, azadas, palas para hacer pozos á falta de agua, empalizadas para defensa de enemigos, &c; todos llevarian de sus casas, y cueros para pasar rios. Si yo, que soy conocido por estas partes, viniera á cada partido, y juntándome cada sargento mayor su gente, les hiciera una exhortacion, animándolos á la empresa, poniéndoles delante los grandes bienes que de ella se seguirian al servicio de Dios, del Rey, y aun el suyo propio, por lo que se podria hallar de preciosidades á trueque de cuentas de vidrio y otros abalorios, como las lograron los que descubrieron á Mégico y al Perú, y en caso de no hallarse esto, que los tendria V.S. muy en la memoria para sus aumentos; y mas si con esto se les leyese un papel en que V.S. les hiciese estas debidas promesas: si esto se hiciese, es factible, que sin mas aparato ni gastos, se conseguiria el intento. El viage deberia hacerse por Setiembre, porque de aquí hasta el rio del Sauce, por el verano, suele haber falta de agua, y aun de pastos. Desde ahí hasta el Estrecho, dicen les indios que en todas partes hay agua y pastos. Habria de durar seis á ocho meses, si se registrára bien todo: y para tantos meses eran menester cinco reses para cada uno, y con cabos que fuesen de empeño (que si no son escogidos, luego se cansarian), todo se conseguiria, y V.S., ademas del prémio que se le guardaria para la otra vida, lo tendria grande del Rey Nuestro Sr. Nosotros acá no buscamos sino la honra y servicio de Dios, de aquel gran Señor, á quien no correspondemos, sino haciendo mucho por Su Magestad, y con solo su honra y gloria estamos contentos.

Si á V.S. no le agrada este proyecto, ó si no tuviere efecto el juntar la gente de este modo, puede V.S. discurrir otro con gastos reales, ó á costa de particulares, que quieran entrar en la empresa. En todo estoy á las órdenes de V.S., que Dios guarde los años de mi deseo.—Estancia de Areco, y Agosto 11 de 1746.—B.L.M. de V.S. su mas afecto servidor y Capellan—

JOSE CARDIEL.

CAPITULO

De una carta del P. Pedro Lozano al P. Juan Alzola, sobre los Césares, que dicen están poblados en el estrecho de Magallanes.

Bien sé que en esta materia no faltan fundamentos que absolverian mi juicio de la nota de temerario; pues aquí me ha dicho el Sr. Rector, que en tu tiempo pasó por Córdoba un flamenco que habia salido de los Césares para Chile, porque habiéndose perdido su navio, fué á dar á aquella tierra, de donde lo llevó D. José Garro á Europa. Otros mozos se perdieron en la vaqueria, y fueron á dar á aquella laguna, en cuya orilla oyeron campanas. El año de 512, salieron, segun creo, por la Concepcion, algunos de dichos Césares, de los cuales uno entró en Chile en la Compañia; y aun en Chile parece se ha tenido por muy cierto que hay dichos Césares; pues aun el venerable padre Antonio Ruiz de Montoya, en un memorial que presentó á Felipe IV, despues de haber estado cuatro años en Madrid, y en el que responde á nueve calumnias contra esta provincia, rebatiendo la segunda, de que los padres ponen mal á los españoles con los indios, en uno de los párrafos en favor de los Padres, dice así:—A los Césares pretendieron conquistar los españoles. Entraron con grandioso aparato por sus tierras; pero escarmentados en los indios de Chile sus vecinos, no quisieron recibir el yugo. Y no hubo allí religioso de la Compañia, que les hablase mal é indujese á no recibir á los que pretendian conquistarles. Tengo en mi poder dicho memorial, que es de 11 hojas de á folio. Y el año de 1673, entró desde Chiloé el venerable padre Nicolas Mascardi, en busca de ellos; pero le martirizaron en el camino, y un papel que habrá 6 años me dió el padre Rillo, dice así:—"El año de 1711, por invierno, cuando está cerrada la Cordillera, salió á la ciudad de Chiloé, que cae de la otra parte de la Cordillera hácia el estrecho de Magallanes, uno de los Césares españoles, quien hizo relacion, de como en un ángulo de la Cordillera, que cae de esta banda, están situadas tres ciudades de españoles, de los navios que se perdieron en dicho estrecho de Magallanes, viniendo á poblar estas Indias en tiempo de Carlos V; que por eso los llaman Césares;" (relacion que dió un español antiguado), las cuales tres ciudades quiso llamar á una, y la mas populosa, los Hoyos, la otra el Muelle, y la tercera los Sauces. Distan segun los cosmógrafos, y por relacion del dicho, 160 leguas de la ciudad de Mendoza, 140 de la de San Juan Luis de Loyola, 190 de la de San Juan, 286 de Buenos Aires. De Chillan ciudad de la otra banda, de la Cordillera 130 leguas, y 10 de Calbuco, lugar de los Aucaes Chilenos. De manera que dichos Césares, segun esta nueva relacion, caen tierra adentro, en el centro de la serrania, distante de la costa de Magallanes lo que dichas ciudades, de la provincia de Cuyo, poco mas ó menos, segun ellas distan de la dicha costa. Por la parte del norte, donde está Mendoza, circunda á dichos Césares una laguna de muchas leguas, la que les sirve de fortificacion y muro contra las invasiones de los indios caribes, como son los Puelches, Muyuluques y otras naciones. Con algunas tienen contratadas embarcaciones, cambiando á los indios mieses, trigos, legumbres, y ropas, por vacas que pasan embarcadas por la laguna. No tienen otro metal que el de la plata, de que gozan en abundancia, y de él fabrican rejas de arado, cuchillos, ollas, &a. Este hombre César salió á una nacion de indios, que llaman, Cumas de Chiloé, y de allí lo dirigieron á dicha ciudad. Salió á pié, que no usan caballos, como las demas naciones de indios de aquellas serranias. Entróse en la compañia de dichos, en la provincia de Chile, y hoy es coadyutor. En este mismo año de 1711, el General D. Juan de Mayorga, vecino de Mendoza, sin tener noticia de la salida de dicho César, por estar cerrada la Cordillera, hizo y juntó gente en dichas tres ciudades de la provincia de Cuyo, por mandado del Gobernador y Presidente de Chile, D. Juan Francisco Uztariz, y entró por el mes de Setiembre de dicho año á descubrir dichos Césares, con una guia española, que los indios habian cautivado en las vaquerias; y habiendo este tenido noticia cierta de los Césares, por haberlos visto de lejos (aunque no se comunicó con ellos, porque los indios lo impedian), huido de su poder, dió esta noticia á dicho General Mayorga, quien pidió licencia á su Presidente para esta entrada. Y habiendo entrado, como llevo dicho, y dado la primera batalla á los indios, en el camino (donde tomó 200 piezas de las familias de los indios, mató hasta 30 indios guerreros, y apresó algunos), se le amotinó la gente española, diciendo, que los iba á entregar á la muerte, y hacerlos despojos de los bárbaros, y con esto se volvió sin efecto. Y habiendo dado tormento á un indio gandul de los apresados, para que confesase lo que sabia de los Césares, dijo, que sabia eran españoles, y que así los llamaban ellos: y por ser de esta parcialidad, que los habia visto, y que siete caciques con siete parcialidades estaban esperando á dicho General y su gente, mas acá de la sierra, para matarle con todos los suyos, debajo de palabra de amistad. Hasta aquí dicho papel, que, como dije, me dió el secretario Rillo, y que parece sea de letra del célebre padre Lezana. Pero sea de quien se fuere, lo cierto es, que, aunque no tan menudo en lo que refiere, discrepa poco en la substancia del de Villaruinas. Y que no se hayan hallado en tanto tiempo los Césares, no es prueba de que no los hay, como no lo fuera de que no habia Canárias, porque no se hubiesen descubierto hasta los años de 1200; ni que no habia Indias, el no haberse descubierto hasta los tiempos de Fernando el Católico; ni que no habia Batuecos, el no haberse descubierto hasta el reynado de Felipe II., y esto estando en el riñon de España. Con todo eso yo no lo creo, solo envié dicho papel, como antes dije á Vuestra Señoria Reverendísima, para que se entretuviese en el viage, para lo cual cualquier patraña sirve; pero esta no deja de tener su apariencia de verdad.

PEDRO LOZANO.

DERROTERO

Desde la ciudad de Buenos Aires hasta la de los Césares, que por otro nombre llaman la Ciudad Encantada, por el P. Tomas Falkner, jesuita. (1760.)

Llegando á la ciudad de la Santísima Trinidad, puerto de Santa Maria de Buenos Aires, y provincia del Rio de la Plata, se saldrá de ella, y se caminará por el camino abierto que hay de las carretas, que es el que traginan los de Buenos Aires á la sierra del Tandil. Hay de esta sierra en adelante indios que llaman Pampas: es un gentio que corre todas las campañas, los cuales suelen hacer algunas hostilidades en las gentes que salen á los campos á vaquear, y hacer faenas de sebo y grasa.

Distante de esta sierra, como cosa de 80 leguas, tirando para el poniente, se hallará otra sierra que llaman Guamini, que está por un lado distante del mar cosa de dos leguas: tiene esta sierra por la parte del norte una laguna de aguas permanentes muy grande, llamada Guamini, de donde toma el nombre la misma sierra. En esta laguna se suelen juntar hasta seiscientos, y ochocientos indios Pampas, de diferentes naciones, y solamente en el tiempo de cosecha de la algarroba, para hacer sus paces unos con otros, poniendo sus ranchos al rededor de la laguna, para entrar con tiempo al monte, que dista de allí como cosa de cuatro leguas poco mas; en cuyo monte hay mucha cantidad de algarroba, de donde se proveen para su mantenimiento, y para hacer la chicha para todo el año, que es la bebida usual que ellos estilan.

Desde esta laguna hasta pasar á la otra parte del monte, hay de travesía, por una parte, setenta leguas, en parte mas, y en parte menos: con la advertencia de que en medio de este monte habitan otros indios llamados Mayuluches, y serán como cuatro ó cinco mil por todos; los cuales salen á correr las campañas por la parte del poniente; y es gente muy belicosa, doméstica y amigos de los españoles.

Saliendo de este monte, tirando siempre hácia el poniente, se pasa por unas campañas dilatadas, cuya travesía es de treinta leguas, sin que se halle una gota de agua, por ser la tierra muy arenosa y estéril de todo pasto, donde apenas se encuentra tal cual árbol. Pasado dicha travesía, se halla un rio muy grande y hondo, que sale de la Cordillera grande de Chile, y vá dando vueltas, atravesando dichas campañas. Este rio es profundo, y lleno de barrancas muy ásperas en algunas partes, y por esta causa tiene sus pasos señalados, por donde se pueda vadear; que por eso es llamado rio de las Barrancas.

Pasado este rio, prosiguiendo por las dichas campañas estériles, siempre siguiendo el mismo rumbo, se encuentra otro rio llamado Tunuyán, distante uno de otro cincuenta leguas por algunas partes. Entre estos dos rios habitan otros indios llamados Picuncties; son en gran número, los mas bravos que hay en todas las campañas, 7 no se extienden á mas que entre los dos rios.

Saliendo de este rio, y siguiendo siempre el rumbo del poniente, se entra por una campaña llena de médanos muy fragosos y ásperos, tierra muy seca y estéril. Caminando por entre los médanos, como cosa de treinta leguas, se descubre, mirando al poniente, un cerro grande nevado, muy alto, en forma de columna, llamado el cerro de Payen. En dicho cerro están los indios Chiquillanes; que son muy domésticos y familiares con los españoles, y llegarán al número de dos ó tres mil indios. Tiene este cerro grande muchos cerros colorados al rededor, los cuales son todos de metales de oro muy rico, y al pié de este cerro grande, hay otro pequeño, que es de azogue, el cual se presenta como de un cristal muy fino.

Desde este cerro grande se dirige el rumbo al sur, y á cosa de cinco leguas se encuentra un rio, llamado el Rio Diamante: dicho así porque nace de un cerro negro, pasado de plata; y con muchos diamantes. Mas adelante de este cerro negro, como cosa de cinco leguas, se encuentra otro rio, llamado de San Pedro. Entre estos dos rios, esto es, entre el Diamante y el de San Pedro, habitan unos indios llamados Diamantinos, gente de que los mas de ellos son cristianos, que se huyeron de los pueblos españoles, por las violencias de los encomenderos. Son estos indios muy labradores, y serán en número de 400. Este rio de San Pedro es muy temido de toda clase de indios, por lo fragoso que es, y porque solo tiene unos pocos pasos, por cuanto lo mas del año está crecido.

Prosiguiendo siempre el mismo rumbo hácia el sur, á distancia de cuatro leguas, se encuentra otro riachuelo, que llaman Estero: llámase tambien el riachuelo de los Ciegos, por haber habitado allí en tiempos antiguos unos indios que se cegaron de resultas de un temporal grande que huvo de nieve. En este riachuelo ó estero habita una multitud de indios, que llaman Peguenches, cuyas armas son lanzas y alfanjes, que usan tambien todos los demas. Estos indios Peguenches corren hasta la Cordillera Nevada, por la parte del poniente, y por la parte del sur comercian con los Césares ó españoles.

Caminando siempre por el mismo rumbo, cosa de treinta leguas mas ó menos, se encuentran otros indios, llamados Puelches. Estos indios son muy altos y corpulentos, y tienen los ojos muy pequeños: son tan pocos, que no llegan á seiscientos, y son tambien muy parciales y amigos de los españoles, con quienes desean tener siempre trato. Esta gente está á la boca de un valle muy grande, de donde sale un rio muy caudoloso, llamado el rio Hondo, el cual es criadero. Dicho rio Hondo nace de la falda de unos cerros colorados muy ricos, pasados de oro, y mucho cobre campanil, que es la madre de dicho oro en grano. Estos indios tienen su Cura ó Párroco, el cual depende del Obispo de Chile, siendo los mas de ellos cristianos.

Prosiguiendo siempre al propio rumbo del sur, se encuentra, como á distancia de tres leguas, otro rio que llaman el Rio del Azufre, por tenerlo en abundancia; y este rio, nace de la raiz de un volcan. Caminando el mismo rumbo, como cosa de treinta leguas ó algo mas, se encuentra otro rio grande, muy ancho, y muy apacible en sus corrientes; y este rio nace en la Cordillera de un valle grande espacioso, y muy alegre, en donde están y habitan los indios Césares. Es una gente muy crecida y agigantada, tanto, que por el tamaño del cuerpo no pueden andar á caballo sino á pié. Estos indios son los verdaderos Césares; que los que vulgarmente llaman así, no son sino españoles, que anduvieron perdidos en aquella costa, y que habitan junto al rio que sale del valle, en las inmediaciones de los indios Césares; y por la cercania que tienen á esta nacion, les dan vulgarmente el mismo nombre, no porque en la realidad lo sean. Estos indios Césares es gente mansa y apacible: las armas que usan son flechas grandes, ó arpones, con que se guarecen y matan la caza, que son los guanacos que hay abundantes en aquellas tierras. Tambien usan estos indios de la honda con que tiran una piedra con gran violencia; y estos indios son los que trabajan en los metales de plomo romo, y lo funden á fuego; y el modo que tienen de fundir así los metales como el plomo, es diferente del nuestro, porque nosotros los españoles lo fundimos en hornillos, y ellos lo funden en otra fábrica que llaman guayras.

En el dicho valle grande y espacioso, donde habitan estos indios Césares, hay un cerro grande muy alto y derecho, y al pié de este cerro, se encuentra un cerrillo negro muy relumbrante, que parece tener metal de plata, y es de piedra iman muy fina, y hay piedras del tamaño de tres cuartas; y si se buscase, se hallarian mas grandes; que es cosa de admiracion. Estos indios no trabajan sino en este metal, por ser suave y blando, y no explotan los otros metales ricos de plata: lo uno, porque no los saben fabricar, y lo otro porque no hay azogue, y por esta causa no hacen aprecio de metales mas ricos, aunque hay muchísimos.

Saliendo de adentro del dicho valle, por la orilla del rio grande, como cosa de 6 leguas abajo, se halla el paso, ó portezuela por donde llegan los españoles que habitan de la otra parte del rio, con sus embarcaciones pequeñas, que no tienen otras; y como cosa de tres leguas mas abajo, se halla el paso por donde vadean los de á caballo, por el tiempo de cuaresma, como tengo referido, por estar lo mas del año muy crecido el dicho rio.

* * * * *

Descripcion de la ciudad de los Españoles.

Esta ciudad, que llaman la Ciudad Encantada, está en la otra parte de dicho rio grande que he referido, poblada en un llano, y fabricada mas á lo largo que en cuadro, casi en la misma planta que la de Buenos Aires. Tiene esta ciudad muy hermosos edificios de templos, y casas de piedra labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España. En las mas de ellas tienen los españoles indios cristianos para la asistencia de sus casas y haciendas, á quienes los propios españoles, con su educacion han reducido á nuestra Sta. Fé Católica. Tiene dicha ciudad, por la parte del poniente y del norte, la Cordillera Nevada, en la cual han abierto dichos españoles muchísimos minerales de oro y de cobre, y estan continuamente explotando dichos metales.

Tambien tiene esta ciudad, por la parte del sur hasta el oriente, dilatadas campañas, donde tienen los vecinos y habitadores sus estancias de ganados mayores y menores, que son muchísimos; y heredades para su recreo, con mucha abundancia de todo género de granos y hortaliza: adornadas dichas heredades, con sus alamedas de diferentes árboles frutales, que cada una de ellas es un paraiso. Solo carecen de viñas y olivares, por no tener sarmiento para plantarlos.

Tambien tienen por la parte del sur los habitadores de esta ciudad, cosa de dos leguas poco mas, la mar vecina, de donde se proveen de rico pescado y marisco para el mantenimiento de todo el invierno. Y finalmente, por no ser molesto en esta descripcion, digo que es el mejor temperamento, y mas benévolo que se halla en toda la América, porque parece un segundo paraiso terrenal, segun la abundancia de sus arboledas, ya de cipreses, cedros, pinos de dos géneros; ya de naranjos, robles y palmas, y abundancia de diferentes frutas muy sabrosa: y es tierra tan sana que la gente muere de puro vieja, y no de enfermedades, porque el clima de aquella tierra no consiente achaque ninguno, por ser la tierra muy fresca, por la vecindad que tiene de las sierras nevadas. Solo falta gente española para poblarla, y desentrañar tanta riqueza, que está oculta en aquel país; por lo que ninguno se admire de cuantos á sus manos llegase este manifiesto, porque todo lo que aquí vá referido, no es ponderacion, ni exageracion alguna, sino la pura verdad de lo que hay y es, como que yo mismo lo he andado, lo he visto y tocado por mis manos. Tiene de jurisdiccion dicha ciudad 260 leguas, mas que menos &a.